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Tal efecto se produce gracias a sus artesanales melodías de cautivación creciente y espíritu psicodélico, elegantes texturas hipnótico-espaciales, atmosféricas, iterativas y trémulas guitarras, retazos noise-pop, sutiles arreglos electrónicos, algún ritmo lo Madchester y sobre todo, la eteréa, dulce y sensual voz de Kaitlyn Ni Donovan, constantes reiteradas a lo largo de todo el disco de este grupo estadouniense procedente de Portland.
Lo mejor del álbum se encuentra en sus inicios, con cortes tan meritorios como “Sun Baby” o “Invitation”, canciones que seguramente aprecien los querentes a los sonidos noventeros “shoegaze” (etiqueta boba donde las haya acuñada por la inefable prensa británica que básicamente es lo mismo que el dream pop estadounidense), siempre con los ojos en el suelecito y en los pedales para crear los diferentes efectos sónicos que caracterizan su música de ascendencia lisérgica. |  |
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