• Por Antonio Méndez

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Dirección: Joseph L. Mankiewicz.
Intérpretes: Jeanne Crain, Kirk Douglas, Ann Sothern, Linda Darnell.

Película basada en una novela de John Klempner. Con guión de Vera Caspary (“Se Busca Una Mujer”, “Ambición De Mujer”) y Joseph L. Mankiewicz (“Eva Al Desnudo”, “Las Llaves Del Reino”).

Tres mujeres llamadas Deborah (Jeanne Crain), Rita (Ann Sothern) y Lora May (Linda Darnell) reciben una carta de Addie, una amiga común que les indica que se ha fugado con uno de sus maridos. La duda surge entre el trío femenino, preocupado en conocer la identidad del esposo infiel.

Película infravalorada, excelente, de Joseph L. Mankiewicz con un brillante guión co-escrito por Vera Caspary y el propio director.

Mediante el empleo de una serie de flashbacks (recurso narrativo recurrente en su autor), vamos descubriendo las intrincadas interacciones de confusos personajes en el contexto de una pequeña villa provinciana, mostrando con mordacidad sus complejos y miedos, ideas vitales, costumbres sociales y relaciones profesionales.

carta-a-tres-esposas-critica-fotoLo de menos para Mankiewicz es la esclaración de la infidelidad, sino el embite cáustico e ingenioso a los ridículos valores de unos personajes magistralmente definidos, ahogados en la superficialidad, la vacuidad de la apariencia material o la mediocridad intelectual del “american way of life”.

Por esa razón no elige como escenario un lugar cosmopolita, sino una pequeña localidad enraizada en los usuales modales y ambiciones del ciudadano medio del lugar.

Dentro de la ilustre pléyade de intérpretes, destaca una cautivadora e imponente Linda Darnell, quien mantuvo un tormentoso romance con su director.

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Joseph L. Mankiewicz
Kirk Douglas
Linda Darnell
Jeanne Crain
Ann Sothern
Celeste Holm


Siguiendo los consejos de Louis Mayer, Joseph L. Mankiewicz “gateó mucho antes de empezar a andar”. Lo que quiere decir que, antes de dirigir, realizó importantes trabajos de producción para la Metro, y se afianzó como uno de los mejores guionistas de los años 30, cultivando todos los géneros y destacando como dialoguista. El prestigioso “gateo” le valió el reconocimiento del Hollywood de la época, consiguiendo una nominación a los Oscar como productor de Historias de Philadelphia de George Cukor y otro por el guión de Skippy en 1.931.

Su primera película tras las cámaras, El Castillo de Dragonwyck, le llega en 1.946 al enfermar el irónico, delicado, elegante y sutil Erns Lubitsch; iniciando con ella una meteórica y exitosa carrera que le convierte en el cineasta imprescindible que nunca concibió una buena película sin el sustento de una historia sólida. Dicho con sus propias palabras: “La diferencia entre la vida real y las películas es que un guión tiene que tener sentido. La vida no”.

Sentido, ironía, mordacidad, buen humor y encanto se dan cita en esta deliciosa comedia de 1.949, con la que obtiene sus dos primeros Oscars (dirección y guión adaptado). Después, vendrían títulos míticos en la historia del cine, como Eva al Desnudo (ganó otras dos estatuillas), La Condesa Descalza o La Huella, su último metraje.

En Carta a Tres Esposas, adaptación de un relato de John Klempner, los autores contemporáneos, -empeñados en incorporar voces en off en sus películas-, encontrarán una lección magistral sobre cómo aplicarlas. Según se desprende de este excelente referente, ésta, básicamente, se limita a la introducción de escenas, encauzando el argumento y definiendo el backstory de los personajes. En ningún momento la narración omnipresente compite con las imágenes ni les resta protagonismo. Sabe cómo intervenir y, sobre todo, cuándo no hacerlo. Su misión es completar, nunca interrumpir ni redundar. Sin duda alguna, el equilibrio que no alcanzó el aclamado Todd Field al malograr la adaptación de Juegos Secretos.

Otro de los grandes atractivos de esta película reside en el acertado empleo del flashback, al que se recurre por las exigencias que provienen del propio guión. Según la novela, Addie Rose no asiste a la merienda anual de caridad, fallando a sus tres mejores amigas. En su defecto, les hace llegar una carta de despedida, en la que, además, les comunica que ¡se ha fugado con el marido de una de ellas!. Las tres protagonistas rememoran sus vidas conyugales con la finalidad de averiguar la terrible verdad: ¿con cuál?. Otra extraordinaria lección cinematográfica que justifica la elección de una determinada técnica por necesidades derivadas de la producción, no por el mero capricho de hacerlo; actitud muy del gusto de los directores actuales.

Por otra parte, el plantel de actores supera la más optimista de las expectativas. Las expresiones de Linda Darnell resultan memorables; la aparente frivolidad de Jeanne Crain, plausible; y la interpretación de Ann Sothern, encarnando a la prototípica americana trabajadora de finales de los años cuarenta, inmejorable. Mientras tanto, la réplica masculina no se hace de esperar, siendo representada por el comedido y certero trabajo de Jeffrey Lynn, el magnífico debut de Paul Douglas y la inestimable presencia escénica del incalificablemente bueno Kirk.

El toque maestro se redondea con algunos fotogramas que obligan a amar el cine (las miradas que dirigen las tres esposas a la cabina telefónica cuando el barco se aleja), con situaciones inverosímiles destinadas a provocar la carcajada del espectador más exigente (la cena protagonizada por los estrafalarios patrocinadores radiofónicos), con escenas dotadas de una conmovedora carga dramática (el desesperado monólogo que muestra la transformación de Debby), una impresionante fotografía en blanco y negro que difumina el humo de los cigarrillos, una detallista y mimosa dirección artística y los exquisitos diálogos, imposibles e impensables en cualquier filme reciente.

Aunque, quizás, lo que realmente sorprende en la narración de las diferentes historias, trazadas en perpendicular, es la visión que se arroja sobre el enigmático personaje principal y la negativa de Mankiewicz a abordar explícitamente la infidelidad. Unos aspectos tan significativos como fáciles de explicar. Sólo hay que pensar que Addie no es más que el toque de atención que requieren los amores dormidos, la ilusión que impide la desidia sentimental. Algo que, desoyendo la advertencia que escucharemos al principio, claro que tiene mucho que ver conmigo….. o con usted.

Marta Soria

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