• Por AlohaCriticón

CUANDO HIERVE LA SANGRE (1959)

Dirección: John Sturges.

Intérpretes: Frank Sinatra, Gina Lollobrigida, Steve McQueen, Peter Lawford.

En los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial, Birmania se convierte

en el campo de batalla de diversas escaramuzas entre las tropas aliadas y

el ejército nipón. Al frente de las primeras se destaca el capitán Tom

Reynolds (Frank Sinatra).

El instinto agresivo de Reynolds, apoyado por el capitán inglés De Mortimer

(Richard Jonson), hará que sus discutidas operaciones sean criticadas por

los mandos superiores.

“Se ha dicho que NUNCA hombres libres de todas partes han debido tanto a

TAN POCOS.” He aquí el germen del título original que encabeza esta

producción de Metro Goldwyn Mayer.

John Sturges, autor entre otras producciones de “La gran evasión” (1963),

plantea en esta cinta un drama enclavado en el género bélico, pero

aderezado (y edulcorado) por un episodio romántico protagonizado por el

físico apabullante de Gina Lollobrigida.

Rodada un año antes de uno de sus mayores éxitos, la adaptación

(u “occidentalización”) de “Los siete samuráis” (1954) de Kurosawa,

Sturges regresa a otro escenario ya consagrado en el séptimo arte gracias

a las andanzas del Oficial Charles Nelson (Errol Flynn) en “Objetivo

Birmania” (1945).

Para ello, el director estadounidense adapta un best seller de Tom T.

Chamales, ayudándose del guionista que anteriormente le había

construido “Conspiración de silencio” (1954), Millard Kaufman, junto con un

elenco muy sólido y atractivo para el público, del que destacan las breves

pero contundentes actuaciones de Steve McQueen y Charles Bronson, que repetirían

posteriormente con Sturges de manera frecuente.

También Sinatra volvería a trabajar con Sturges en “Tres sargentos”

(1962), remake de “Gunga Din” (1939), producida por el crooner y a mayor

gloria del famoso “Rat Pack”.

“Cuando hierve la sangre” tiene rasgos de buen cine de guerra, pero queda

frenada su progresión por la historia de amor que sirve de vehículo de

lucimiento de la Lollobrigida y, por tanto, no llega en ningún momento al

elevado nivel dejado por la mencionada obra de Raoul Walsh.

Aún así, quedan grabados destellos de guión (Sinatra: “Sabes, las

películas lo tienen todo malentendido, un cigarrillo sabe fatal cuando estás

herido”); y la aportación de un McQueen que, conduciendo un jeep militar,

ya apuntaba maneras para posteriormente inmortalizar en “Bullit” (1968) la

célebre secuencia de la persecución de coches por las calles de San

Francisco.

Alberto Alcázar

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