• Por AlohaCriticón

el abuelo cartel critica

EL ABUELO (1998)

Director: José Luis Garci.

Intérpretes: Fernando Fernán Gómez, Cayetana Guillén Cuervo, Rafael Alonso, Agustín González.

Don Rodrigo de Arista Potestad (Fernando Fernán Gómez), conde de Albrit, señor de Jerusa y de Polán, es un anciano noble que retorna de América a su pueblo natal, en donde compartirá vivencias con su nuera y sus dos nietas, intentando descubrir cual de ellas es la legítima hija de su hijo fallecido y su verdadera nieta.

Si hay algo que la obtención de un Oscar suele otorgar a aquellos directores que

gozan de la inmensa fortuna –y/o mérito- de alcanzarlo (y ése es el caso de

Garci, que lo consiguió –a la mejor película en lengua no inglesa- con Volver a

empezar, en 1981), es la posibilidad de hacer, a partir de ese momento, aquellas

películas que quieren hacer, y, además, hacerlas de la forma en que quieren

hacerlas: o sea, ese mirlo blanco, o maravilloso sueño, que atiende al nombre de

libertad creativa –aunque, a veces, el sueño dorado termine convirtiéndose en

una espantosa pesadilla: es el caso en que el autor termina siendo el esclavo de

su propio estilo, de sus propias formas (pero son éstas disquisiciones que se

escapan del limitado objeto de estas líneas)-. Garci, consciente del

privilegio, y, como hombre inteligente, buen sabedor de cuán absurdo sería el no

aprovecharlo, lo ha exprimido a conciencia, y, en ese aspecto, “El abuelo”

constituye paradigma señero (para lo mejor y para lo peor) de lo que su cine es

y representa: en cualquier caso, un empeño y un producto muy, muy personales.

El abuelo es una película ambiciosa, tremendamente ambiciosa –algo poco habitual

por los pagos de nuestra cinematografía: no todos pueden ni quieren…-; un film

de aliento amplio, con una historia de empaque y profundidad –basada en un

relato de uno de los más insignes novelistas del XIX español, Benito Pérez

Galdós-, y en la que, al hilo de un episodio familiar de fuerte carga dramática

(hasta alcanzar cotas de verdadero desgarramiento), asistimos a un espléndido

retrato de un mundo decadente (el de la aristocracia terrateniente de las

postrimerías del siglo), cuyos códigos éticos –con el honor como santo y seña- y

pilares de sustentación para su funcionamiento –la desigualdad de nacimiento

llevada hasta el borde de la tumba, como base de todo el sistema social y

económico-, están empezando a desmoronarse, cuando no entrando en barrena de

manera alarmantemente rauda.

Y Garci nos brinda la historia sin escatimar medios en ninguno de los rubros

técnicos ni artísticos: se toma su tiempo, sin que la posibilidad de que el

metraje se alargue en exceso le preocupe lo más mínimo, y no tiene problema

alguno en adoptar un tempo tranquilo y premeditadamente demorado, el más acorde

al retrato de ese mundo en que la trama se desenvuelve; despliega esa trama en

una diversidad (y riqueza) de escenarios, tanto interiores como exteriores,

descomunal y bellísima –además de maravillosamente bien fotografiada (excelente

el trabajo de Raúl Pérez Cubero en ese apartado); y cuenta con un conjunto de

intérpretes soberbio, no sólo por la calidad individualmente contemplada de

todos y cada uno de sus componentes, sino por el perfecto ajuste de cada uno de

ellos a los requerimientos de su personaje, ya sean éstos principales o

secundarios (y en tal consideración incluyo a Cayetana Guillén Cuervo, que cubre

con suficiencia las exigencias de su altiva y algo seca condesa Lucrecia

Richmond, pese a que cupiera pensar que se trataría de una elección más influida

por condicionantes afectivos que estrictamente profesionales).

De todos modos, si hay un actor que brilla sobremanera por encima de los demás,

y no sólo por el carácter absolutamente protagónico de su personaje, el conde de

Albrit, ése no es otro que el simpar Fernando Fernán-Gómez, grande entre los

grandes, que suma con ésta a su inmenso catálogo de soberbias creaciones

actorales una más, y de las mejores, sin ningún género de dudas. Si ya su

presencia física determina una exhibición imponente –con sus ropones negros y

su luenga barba rojicana enmarcando un rostro surcado de mil y una arrugas, en

el que destacan por encima de todo dos ojos de brillo luciferino-, su despliegue

declamatorio y gestual, cargados de un histrionismo que los excesos del

personaje le reclaman con toda propiedad, alcanza un nivel sobresaliente a lo

largo de toda su actuación, si bien llega a alcanzar algunas puntas de altura

ciertamente vertiginosa: la secuencia en la que el conde reprocha ácidamente a

su círculo de “amistades” de Gerusa el intento de recluirlo en un monasterio

cercano, con un “repaso” pormenorizado para las lindezas de cada uno de ellos

(esa voz de ultratumba, bramando cual trueno restallante, sobre un silencio de

pasmo) constituye todo un curso de intepretación y bien vale por toda una

película.

En suma, una actuación extraordinaria para una película notable: no faltan en

ella, no obstante, algunos apuntes de lo que el peor Garci también es capaz de

ofrecernos –la ñoñería en la concepción (y desarrollo de la actuación) de los

personajes infantiles, las dos nietas del conde, cuyo constante plañir lastimero

y bobalicón (a lo que contribuye un doblaje infame) termina haciéndose

exasperante; o la falta de habilidad en el despliegue de un contrapunto

humorístico al dramatismo que recorre el nervio central de la trama, a través

del personaje de Pío Coronado, que, pese al notable trabajo de Rafael Alonso,

resulta un tanto torpe y deslavazado-; pero terminan constituyéndose en

elementos que no llegan a restar, desde la perspectiva de una valoración global,

excesivos puntos a una producción de enorme calidad. No deja de tener su mérito

que una historia que, a cargo del alguien con menos pericia, hubiera podido

terminar, perfectamente, resultando plúmbea y soporífera, se nos pase en un

suspiro (de dos horas largas, pero suspiro, al fin y a la postre…): en ese

sentido, Garci da en la tecla y consigue, con “El abuelo”, uno de sus films más

celebrados e interesantes –y no resta a tal consideración un ápice de su validez

el hecho de que, incapaz de resistir el embate del “ciclón Almodóvar”, con la

celebrada (y maravillosa) Todo sobre mi madre, la cosecha final de los numerosos

Goya a que optaba (hasta un total de diez) se viera, finalmente, limitada a uno

solo (el de su actor protagonista).Manuel Márquez

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José Luis Garci

Fernando Fernán Gómez

Rafael Alonso

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