• Por Antonio Méndez

el diablo viste de prada cartel poster
Dirección: David Frankel.
Intérpretes: Meryl Streep, Anne Hathaway, Stanley Tucci, Emily Blunt.

Película basada en una novela de Lauren Weisberger (“El Diablo Viste De Prada”, RBA). Con guión de Aline Brosh McKenna (“27 Vestidos”, “Morning Glory”).

Sinopsis

Andy Sachs (Anne Hathaway) es la nueva asistente de Miranda Priestly (Meryl Streep), famosa editora de una importante e influyente revista de modas neoyorquina. El divismo de su temida jefa pronto chocará con la forma de actuar y pensar de la joven.

Crítica

el-diablo-viste-de-prada”El diablo viste de Prada” es una película basada en una novela que Lauren Weisberger escribió teniendo en mente a Anna Eintour, la editora de Vogue. El resultado tendría que deparar mucho más que un lucimiento intepretativo-glamouroso de Meryl Streep, actriz que borda un papel modulado con acierto en muy diversos rangos, ya sea ofertando aposturas devilescas y tiránicas como trazos humorísticos dentro de una cruel y calculadora actitud profesional.

Su personaje, en confluencia con el de una bisoña Anne Hathaway azorada en su honestidad e identidad personal, se convierte en el eje básico de una historia que no se eleva de la superficialidad y no incide en la sátira de un ambiente artístico y laboral retratado de forma caricaturesca con tiranteces jerárquicas y ridículas preferencias estéticas.

Tampoco remonta con suficiencia el trillado aspecto melodramatico con el que termina revistiéndose un cuento de hadas de alta costura con aspiraciones de estilización a lo George Cukor.

el diablo viste de prada critica reviewAl margen de la actuación de Meryl Streep, lo más sugerente dentro de una insípida historia con reminiscencias de variados títulos, entre ellos “Una cara con ángel” de Stanley Donen, “Armas de mujer”, “Pretty Woman” e incluso la teleserie dirigida ocasionalmente por Frankel “Sexo en Nueva York”, son algunos diálogos y frases de cierta acidez, un tempo más o menos adecuado, la valía interpretativa de Emily Blunt, la maduración como actriz de la “princesa” Anne Hathaway (toda una estrella en alza) y una sofisticación visual que no desagradaría al colorista Vincente Minnelli.

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Meryl Streep
Anne Hathaway
Stanley Tucci
Emily Blunt
Gisele Bündchen


¿Quién puede resistir el ver a Meryl Streep vestida de Prada? Pues yo no, es inevitable oponer resistencia al porte de esta gran actriz, pues es sencillamente la indicada para el papel de la insaciable Miranda Priestly, famosa editora de la revista de modas más importante y conocida en Nueva York.

Me ha parecido una buena opción para el espectador visionar esta cinta inclinada hacia la moda y las marcas de renombre pero distanciándose de las pasarelas, apegándose a una trama que se inclina hacia las personas encontradas detrás de los escritorios y corriendo por las calles de Nueva York enloquecidamente, una óptica quizá menos comercial pero indudablemente inteligente, pues a pesar de alejarnos de los desfiles de moda e instalarnos en los asuntos internos de la compañía, la elegancia queda presente, así como el ingenio y el talento.

Nos encontramos ante un filme que no ataca ni favorece realmente a todos aquellos movimientos sensacionalistas que demandan e indican la forma de vestir, pues no cuestiona la iconografía que representa el vestirse según las tendencias del momento, pero tampoco juzga o resiente a la belleza interior, la cinta se encuentra en un punto neutral que se define paulatinamente al pasar los minutos, sin embargo esto sólo es el inicio de una gran trama que se nota entretenida, fugaz e interesante.

“El Diablo Viste de Prada” cuenta con un guión intrépido, esto no sólo por estar basado en el best-seller “The Devil wears Prada” escrito por Lauren Weisberger, ex-asistente de la intocable Anna Wintour, directora de la famosa revista “Vogue”, sino también por el magnífico dibujo de sus personajes y el delineamiento del pesado ritmo laboral que se lleva en estas instituciones, asunto que sin mucho interés nos lleva a hojear alguna vez aquellas bizarras revistas de renombre, sin preguntarnos lo que se esconde detrás de aquellas páginas.

La historia nos cuenta sobre una chica nueva en el contexto laboral, en busca de un buen trabajo en algún periódico como escritora, sin embargo ha sido vinculada a un ambiente que no se esperaba y para el cual no se encontraba preparada: “El mundo de la moda”, universo que gira al contorno de la imagen superficial de las personas, el saber vestir según lo que se encuentra en boga, la gallardía y lozanía de cada una de las marcar famosas en este ámbito (Prada, Manolo Blahnik, Dior, Dolce & Gabbana, Roberto Cavalli, Oscar de la Renta, Gucci, Chanel, Calvin Klein, Versace, Louis Vuitton, Hermès, entre muchas otras más), por tal razón los que se encuentran vinculados de alguna manera con este medio podrán disfrutar del espectáculo, aunque también los neófitos en el asunto catarán un platillo quizá desconocido para sus paladares, no obstante esto no evitará que logre agradarles.

La mayor virtud del filme indudablemente se remite a la inigualable Meryl Streep, cuya interpretación es sublime, sin decaer en su trabajo se mantiene en la cima; también tenemos a su complemento ideal para esta cinta, Anne Hathaway, una chica cuyo talento evoluciona, convirtiéndose en una de las grandes promesas de Hollywood. Ambas actrices embellecidas indudablemente por un vestuario impecable y elegante, el desfile de modas se lleva por toda la filmación.

El montaje se nota acertado y su tempo eficaz, los minutos se pasan volando a pesar de su duración un poco extensa, el director David Frankel supo amalgamar el drama con la comedia, un éxito poco conseguido en estos días.

Quizá “El diablo viste de Prada” no sea un título digerible para todos, esto tal vez por el debate ancestral entre la belleza interna y la externa, sin embargo un aspecto muy rescatable de esta película es que se expande más allá de esta cuestión, instalándose en otros puntos como lo es el equilibrio laboral, social, emocional y familiar que tenemos que llevar las personas en nuestra vida cotidiana, un aspecto ya conocido pero no de forma sutilmente discutida.

Eso es todo…

Lucio Rogelio Avila Moreno

Hay momentos en los que el Cine es sinónimo de Magia, y la magia del cine abre puertas que son infranqueables para muchos mortales. Por cierto, ¿Cómo se escribe “Gabbana”?.

Es incuestionable que la novela en la que se basa esta película estaba predestinada al éxito en el mercado estadounidense, incluso antes de ser escrita.

Tengamos en cuenta que su autora, Lauren Weisberger, fue asistente personal de Anne Wintour, la influyente editora de la revista Vogue en su versión americana, y que la historia –supuestamente- iba destinada a destruir el mito creado alrededor de tan poderosa dama en el ámbito periodístico. Algo parecido a lo que podría suceder con la aparición de una posible novela en la que a un redactor del diario El Mundo se le suelta la lengua con respecto a las andanzas del incombustible Pedro J. Ramírez (¡!), (aunque, -no nos engañemos- en este país, quien realmente “vende” es un camarero de la costa que conoce a Julián Muñoz). En este sentido, no es de extrañar que la película que aquí comentamos se aguardase como el agua de mayo en los USA. Además, ésta viene avalada por el director de algunos de los mejores episodios de la famosa serie de televisión Sexo en Nueva York…. Pero otra cosa muy distinta es lo que esta historia pueda significar para el público español. Para mí, absolutamente nada. Una indiferencia que viene motivada, en gran medida, por las torpes y tristes armas con las que David Frankel ha contado para llevarla a la pantalla.

* Se recurre a un reclamo siempre efectivo en cine: la transformación de patitos feos en bellas mariposas, presente en una infinidad de películas de todos los géneros, desde la mítica My Fair Lady hasta otras más actuales y mucho menos gloriosas como Pretty Woman, Alguien como tú, Nunca me han besado, Sabrina y sus amores…. en las que lo difícil no es “el después”; lo verdaderamente complicado es hacer creer que alguien como Julia Ormond es una chica del montón. Anne Hathaway ya es una experta en este tipo de papeles, recordemos aquél en el que una insignificante estudiante de San Francisco se convierte en Princesa por Sorpresa, bajo las órdenes, y al amparo de Julie Andrews. En esta ocasión, las órdenes –que no el amparo- provienen del mismísimo diablo, que viste de Prada y muestra debilidad por las colecciones de Oscar de La Renta.

Me temo que es aquí donde la puerta que da paso al mundo de la moda se nos cierra en las narices. Lo único que se ofrece es eso: la mención de algunos diseñadores de prestigio internacional. No hay más. Y la magia no regresa, ni siquiera con

* la utilización del estilo screw-ball comedy, al que se acude debido, quizás, al tono satírico que adopta la narración de la novela, y que se caracteriza por la introducción de diálogos de ritmo vertiginoso que resultan punzantes. Un estilo que alcanzó su máxima expresión en la Luna Nueva de Howard Hawks, también presente en el Juan Nadie de Frank Capra, y un invento que a este director le funciona sólo a medias. Si bien es cierto que muchos de los monólogos de Meryl Streep llegan a marear, concluyen con un gracioso y acertado “esto es todo” y se traducen en notas que ni siquiera la eficiente secretaria de Hércules Poirot podría memorizar; no es menos ciertos que, en todos ellos, se manifiesta la existencia de

* un guión deficiente, que incurre sistemáticamente en el chiste fácil, y que sólo consigue provocar una leve sonrisa. Un guión que se matiza con situaciones insulsas, tan divertidas como archiconocidas, y que cae en el gravísimo error de frivolizar con temas demasiado serios. No es admisible que la protagonista sea tachada de “gorda” por usar una talla 38, tampoco recalcar que la 38 es, en realidad, la 40, ni mostrar un personaje que sigue una dieta que consiste en “no comer nada y, cuando estás a punto de desfallecer, tomar un quesito”. Por no hablar de la duda, más que razonable, que asalta al ver a Cenicienta en el baile, con un vestido que no pasa de la talla 34. ¡Famosa 34¡, en el King Kong de Peter Jackson se insiste en cinco ocasiones en que éste es el tamaño de Naomi Watts: una infantil talla 34.

En definitiva, un guión que busca desesperadamente el apoyo de los elementos técnicos para poder brillar. Un apartado en el que pudo destacar

* la fotografía, de indudable buena calidad, pero muy alejada del glamour que supo conseguir Jeff Cronenweth en una deliciosa comedia llamada Abajo el Amor. Un “toque” que se echa de menos en esta película. Pero, quizás, el gran fallo se encuentre en

* el argumento, inconsistente, que no se acerca al mundo de la moda, ni al del periodismo especializado en ella, ni al negocio que genera. Aquí no hay una crítica de nada, sólo una burda conferencia sobre el color azul y cómo la idea de un gran diseñador llega hasta un mercadillo. Unas pinceladas tan tímidas como el cameo de Valentino (¿era realmente él?) en la semana de la moda de París. De esta manera, no se entiende por qué “un millón de chicas mataría por ese puesto”, a no ser por el bolso de 1.900 dólares, los tacones de andamio de Manolo Blahnik y los ropajes que se obtienen gratis, muy apropiados para patearse la ciudad intentando conseguir un filete de ternera para la jefa. Tampoco tiene sentido que el “NY Mirror” acepte a una redactora que, en su trabajo anterior, sólo buscó cafés calientes. En realidad, un argumento que se centra únicamente en las excentricidades de Miranda, ésas que son comunes y afines a todos los jefes del mundo (¡cuántas novelas saldrían!), y que obligan a dirigir todas las miradas hacia

* un casting irregular, que mezcla actores de televisión (el protagonista de El Guardián) y secundarios mediocres con la maravillosa Meryl Cruella de Vil, en un papel por el que podría obtener otra merecidísima nominación a los Oscar. Un reparto en el que también llama la atención la frescura de la actriz Emily Blunt, increíblemente buena, tanto en el puesto de jefa escayolada (Sigourney Weaver), como en el de chica para todo: “¿una coca cola?, ¿una servidora?” (Joan Cusack); actuaciones memorables de la ya clásica Armas de Mujer.

Y ésta es la historia de una comedia destinada a un público poco exigente, diseñada para el lucimiento de una grandísima actriz. Un claro ejemplo en el que una actuación consigue salvar el barco.

Marta Soria

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