• Por AlohaCriticón

EL JARDINERO FIEL (2005)

Dirección: Fernando Meirelles.

Intérpretes: Ralph Fiennes, Rachel Weisz, Bill Nighy, Danny Huston.

En Kenya es asesinada brutalmente una activista llamada Tessa Quayle (Rachel Weisz). El sospechoso es un médico que ha huido tras haber matado a la mujer en un crimen pasional. Justin Quayle (Ralph Fiennes), su viudo, intentará descubrir la verdad de su fallecimiento y de una conspiración en torno a un escándalo en la industria farmacéutica.

Adaptando una novela de John Le Carré, maestro en la construcción de complejas intrigas políticas, el guionista Jeffrey Caine y Fernando Meirelles, director brasileño que logró revelarse internacionalmente con el estiloso drama urbano-criminal “Ciudad de Dios”, consiguen desarrollar con suficiente tensión (y también con reflexión) un thriller psicológico de ambiente africano de notable nivel, el cual pivota en los clásicos asuntos conspirativos y demás tejemanejes de corruptas altas esferas, sumidero en muchas ocasiones de fabulaciones gratuitas y estereotipos sociales maniqueístas, con tratamiento superficial sociopolítico plasmado en demagógicas confluencias culturales y aspectos sociales en los que la mayoría de la gente con dos dedos de frente se supone que tiene que estar de acuerdo.

Junto a estos asuntos la película también tiene espacio para la pesquisa-paranoia detectivesca en torno a la relación romántica de las dos estrellas, para la intriga política con diatriba con estilo thriller de los años 70, y para el muestrario social del escenario físico y humano en que se despliega la acción.

A base de flashbacks la narración, siempre con el aspecto visual audaz (aunque a veces sobrecargado y demasiado esteticista) de Meirelles, ayudado de manera brillante por el operador César Charlone (muy gustoso de la cámara al hombro y cierto barroquismo de raíz expresionista), se alimenta del impacto sensitivo del personaje de Ralph Fiennes, quien ofrece una interpretación bastante sólida en el papel de esposo en busca de descubrimientos y clarificaciones personales, emocionales y sociopolíticas, tras la muerte de su mujer, personaje un tanto divergente con su forma y manera de pensar y actuar.

Al lado de Fiennes encontramos a la subestimada Rachel Weisz, quien como siempre realiza una válida interpretación, lo mismo que hacen todos los secundarios, en especial Richard McCabe.

Enlaces

Fernando Meirelles

Ralph Fiennes

Rachel Weisz

Bill Nighy

La globalización no sólo es una nueva tendencia económica nacida del hiperdesarrollo del capitalismo, tampoco podemos decir que su influencia sea tan sólo mediática: la globalización es una manifestación de la sociedad humana, una etapa más del enorme y trágico camino que ha recorrido el hombre en su construcción de una comunidad, en su evolución histórica hacia la ansiada sociedad perfecta.

La llamada “aldea global” es un término poético, literario, que significa la gran sociedad humana. Si nacimos de una pangea física, si al principio de los tiempos todos los continentes eran uno sólo, ahora parece que estamos construyendo esta misma idea, pero de forma social, más que física. Sin embargo, la globalización se está construyendo y, como todo al principio de su gestación, nace de un conflicto, en este caso más social y cultural que económico. Si el mercado liberal ha conseguido crear un pensamiento único que se define por el consumismo, no ocurre lo mismo con la mentalidad, pues aún estamos muy lejos de comprender lo que ocurre en nuestra periferia, por más que éste último término, el de periferia, sea ya lo suficientemente ilustrativo y despectivo como para ilustrar nuestra indiferencia a todo aquello que no comprendemos, o ni siquiera intentamos comprender.

El cine aún se está acostumbrando a la globalización, aunque parece que su original vocación universalista hace que sea el medio ideal para aunar cualquier tendencia o estilo que surja en cualquier parte del mundo. Aún así, todavía nos movemos con parámetros estilísticos propios de nuestra cultura occidental, y en el cine siempre sentimos una especie de incomodidad ante otras cinematografías que nos muestran imágenes alejadas de nuestros patrones artísticos. Con esto me refiero a que, normalmente, una película de Clint Eastwood, por ejemplo, causa menor extrañeza visual que un film iraní. Pero no sólo no estamos familiarizados con las películas de la periferia, y por periferia me refiero a Oriente Próximo, China e India, principalmente, sino que tenemos una carencia abrumadora relacionada con el cine africano. Apenas existen muestras de una cinematografía exclusivamente africana, con películas producidas, escritas y dirigidas por africanos. Nuestra visión del continente bascula entre la pobreza social y la inestabilidad política que nos ofrecen los telediarios, las exóticas imágenes de los documentales sobre naturaleza y la melancolía visual del cine colonialista.

Una película como “El jardinero fiel”, de presupuestos occidentales, con una trama occidental (basada en el subgénero del espionaje) y unos personajes esencialmente occidentales, es, sin embargo, una muestra veraz, que no realista, de los que nosotros podríamos contemplar si fuéramos a Kenya. De la película se ha destacado la apuesta visual arriesgada que muestra un continente sucio, desarraigado, tremendamente desasosegante para el espectador burgués de occidente. Y se ha asociado esta voluntad artística a la dirección nerviosa, por momentos desconcertante, de Fernando Meirelles, un brasileño que ya realizó una impactante película, “Ciudad de Dios (Cidade de Deus)” (2002), donde su poder visual terminaba por imponerse por encima de su pretendida denuncia social, de tal manera que al final de la película se comenta más el prodigioso plano de arranque y su banda sonora, y olvidamos la miseria social y la violencia que esconden las favelas brasileñas. Este no es el caso de, a mi entender, su última película, donde si que existe una clara vinculación entre lo que muestran las imágenes y su mensaje argumental. Por eso no estoy de acuerdo en asociar a su estilo un mero exhibicionismo de videoclip, en el que no interesa más que el impacto de la imagen, sino que me parece que encierra una mirada personal sobre lo que narra.

Las imágenes compulsivas de la cámara en mano de Fernando Meirelles obedecen más a una crónica de tipo periodístico que a una ficción de espionaje. El uso efectivo del flash-back funciona como la construcción de una historia a partir de las evidencias, de tal manera que todas las imágenes son como pistas, como fuentes que necesitamos para construir la historia. Su estilo no es tan fragmentario como el de Alejandro González Iñarritu en “21 gramos (21 grams)” (2003), sino que es necesario para construir una trama y, con ello, atrapar al espectador. Es decir, que la película es una apuesta decidida por el poder cinematográfico de la imagen, más que el de las palabras, de ahí que los protagonistas no tengan largos parlamentos, sino replicas que vienen a completar lo que el director muestra a través de su cámara.

Esa es la enorme importancia de la base argumental de la película, cuya adaptación de una novela de John Le Carré por parte del guionista Jeffrey Caine crea un perfecto equilibrio con la composición visual del director, en la que forma y contenido quedan perfectamente unidos. La manera de lograrlo es la de partir de esa crónica que pretende averiguar una muerte misteriosa. El proceso de averiguación del protagonista, que es la parte política, se ve potenciado por el aspecto documentalista de los encuadres, los cuales muestran Kenya en toda su realidad, en toda la realidad que puede observar el personaje interpretado por Ralph Fiennes: si éste observa una barriada marginal, la cámara no se esconde, sino que sigue su itinerario con la misma crudeza que uno puede sentir al caminar por ese lugar. Se crea un contacto muy directo entre lo contemplado por el protagonista y lo sentido por el espectador, de tal forma que el estilo atrapa nuestra atención. Como muy bien ha escrito Hilario J. Rodríguez: “No existe una contradicción entre lo que pretende decir y lo que pretende mostrar”.

El resultado es una película poderosa en su impacto visual, en la construcción de una nueva imagen del subdesarrollo del Tercer Mundo, una imagen más impactante y didáctica, que quiere inquietar al espectador con la visualización de lo real, de lo que verdaderamente existe en el continente africano. Gracias a esta película el espectador occidental puede tener una nueva iconografía de África, más cruda e inquietante, pero también necesaria para crear una idea mucho más completa de lo que ocurre en los países alejados del bienestar occidental. A lo que ayuda, además, la certera trama farmacéutica, que crea ese mensaje necesario para despertar las conciencias. Por todo ello, la visualización de El jardinero fiel resulta un espectáculo emocionante y edificante.

Victor Rivas Morente

Tessa Quayle, esposa del diplomático Británico Justin Quayle, ha sido

asesinada en un desértico paraje de la republica africana de Kenya. Se

desconocen los motivos del homicidio, aunque las únicas pistas que el ahora

viudo Sr. Quayle puede seguir yacen en una red de potentados empresarios de

dos compañías farmacéuticas europeas que operan en la zona, a los que su

mujer se oponía vehementemente.

Fernando Meirelles regresa a la propuesta visual que plasmó en Cidade de

Deus (2002) un avezado enfoque videoclipero y pseudo-documental, que en este

caso particular construye más un documento de denuncia que una simple cinta

de suspenso.

Trabajo eficaz el de Jeffrey Cain en la adaptación de la novela del afamado

autor Británico John Le Carré, con una lograda construcción de personajes, y

resaltando el estilo detectivesco de la compleja trama de corrupción,

chantaje y crimen de altas esferas, situada en el continente negro.

La cinta denota también las virtudes histriónicas de la pareja protagonista,

con breves pero memorables intervenciones de la bella y talentosa Rachel

Weisz como el eje central de la obra, al igual que el afligido personaje de

Ralph Fiennes y su vana búsqueda por la verdad.

Admirable y osada propuesta, en una época de indudable resurgimiento del

cine político, The Constant Gardener sobresale en su plausible argumento,

narrado de manera singular y poco convencional por el talentoso cineasta

brasilero y su idónea puesta en escena, respaldada por un sólido guión, una

fastuosa fotografía, una correcta banda sonora y sobre todo por la ya

nombrada excelsitud en labores interpretativas.Pierluigi Puccini

Adaptación del best seller escrito por John Le Carré, llevando a la pantalla una de sus historias complejas, crudas y reales, es “El jardinero fiel” una obra pausa de la cinematografía audaz y tajante, que nos brinda una óptica no muy satisfactoria , que sin llegar a ser precisamente ficción se aposenta en la pupila del espectador para de esta manera abrir paso a la reflexión.

El filme me ha parecido un obra separada por facetas, el problema principal es que los bloques y fases no se desenvuelven a mi perspectiva de forma muy correcta, nos sobrecargamos de escenas insuficientes y algunas insípidas, con rodeos nefastos que no son muy convincentes, sin embargo su trama es sólida pero un poco ambivalente, entre las conjeturas sociales, políticas y éticas, hasta el fondo principal que es la relación amorosa de los protagonistas.

No me refiero a que el filme sea malo, sin embargo es demasiado pausado su desarrollo, como me temo es su obra homónima y autóctona de donde se ha sustraído este relato, los flashbacks han sido usados correctamente, aunque algunos no tengan el completo derecho de llevar el prefijo “flash”, pues preferiría darles el nombre de etapas, algo más respectivo a mi parecer, sin embargo su montaje se sobrelleva sin mucho problema y el guión se mantiene constante, el director Fernando Mierelles hace un intento honorable de combinar y amalgamar correctamente ambos contenidos de la cinta, se arriesga por un ángulo reflexivo que para muchos será sorpresivamente aburrido, es necesario tener que involucrarse como espectador para así sentir empatía no sólo con el protagonista sino también con el pueblo de África, nos hallamos ante una especie de documental encubierto, para avispar a las mentes ávidas e invitarlas a un razonamiento interesante.

Una película con momentos drásticos y muchos otros sutiles, es un producto que intenta comunicarnos lo que acontece allá afuera, lugares que muchos de nosotros lejos de desconocer olvidamos su existencia, vidas que ignoramos, tolo lo ajeno a nuestra rutina diaria, el filme es un golpe duro, humanizando a quien lo visione.

Todo posible gracias a las actuaciones de su reparto, Rachel Weisz sobresale contundentemente, emana una adrenalina y dedicación absorbente, es una de sus mejores actuaciones hasta el momento, mientras que Ralph Fiennes no decepciona a su público; lo que me ha parecido curioso es lo metafórico de su titulo, que es aplicable a la vida en general, lo que es cultivar una existencia, un hogar, pero sobre todo serle fiel a lo que se a sembrado.

En conjunto todo se desarrolla favorablemente, la escenografía y la fotografía son apreciables y la banda sonora envolvente, triste y aflictiva, cumplen con su cometido favorablemente.

El final no llega a condensarme todas las expectativas, uno se queda con ganas de más, saber y ver más, pero es un corte excepcional, pues a pesar de cargar con algunos de los tópicos más comunes del género que se hallaba decaído, el filme sobrevuela sobre otras producciones de sensiblería.

Para concluir debo decir que aunque intrépido es este producto no es del todo innovador, pero efectivamente consta de una perspectiva loable, la cual nos señala los intereses mundiales que deben ser modificados, nos ayuda a recapitular en nuestros valores y la ética existente, sin embargo nos hace sentir un poco inferiores ante tanta problemática que sin estar completamente exentos de ella no llega a ser alcanzable o modificable dentro de nuestras vidas.

Lucio Rogelio Avila Moreno

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Fernando Meirelles

Ralph Fiennes

Rachel Weisz

Bill Nighy


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