• Por AlohaCriticón

EL TERCER HOMBRE (1949)

Director: Carol Reed.

Intérpretes: Joseph Cotten, Trevor Howard, Alida Vallli, Orson Welles.

En el período de posguerra, un escritor americano llamado Holly Martins (Joseph Cotten) llega a Viena para descubrir que su mejor amigo Harry Lime (Orson Welles) ha fallecido en un extraño accidente de tráfico.

Una cítara suena, música de Anton Karas. Este es el punto de partida de la enredada trama que nos es narrada de forma extraordinaria por Carol Reed, alcanzando un punto entre intrigante y perturbador en la sublime atmósfera de la bella ciudad centroeuropea en la que se desarrolla la acción de esta película.

Firmada por Carol Reed, “El tercer hombre”, que no es una adaptación de ninguna novela de Graham Greene, sino que éste escribió originalmente el guión a petición del productor Alexander Korda, bien podría estar rubricada por Orson Welles, ya que si él no estuvo detrás de la cámara, bien su presencia sirvió de influencia para inyectar la inspiración precisa al director inglés para la realización de un admirable film, dotado con la fascinante capacidad visual del genial autor americano, caracterizada por su expresivo repertorio de luces, sombras y angulaciones, que ornamentan sutilmente un film de lúcido barroquismo.Aparte de sus indudables valores técnicos, este film ofrece quizá la mejor presentación que se ha hecho de un personaje en la historia del cine, la aparición de Harry Lime, con la iluminada cara de un sardónico Welles ante la sorpresiva mirada de Cotten, es realmente prodigiosa, un momento cumbre de esta obra maestra, junto a la absorbente persecución por los sumideros vieneses.

Las interpretaciones son de primer orden. Joseph Cotten es un actor magistral, poco valorado, su figura ha sido protagonista en un buen número de obras maestras. Además de “El tercer hombre”, hemos disfrutado de su talento en “Ciudadano Kane” de Welles, “La sombra de una duda” de Alfred Hitchcock, “Luz de gas” de George Cukor, esa fantasía maravillosa que es “Jennie” de William Dieterle, o en “Niágara” de Henry Hathaway, junto a Marilyn Monroe.

Trevor Howard es un sensacional actor inglés que siempre cumple perfectamente con un magisterio interpretativo pleno de distinción, imborrable en esa obra magna llamada “Breve encuentro” de David Lean.

Alida Valli, el personaje femenino del film, conseguiría con su actuación de fiel amante su elevación al estrellato, posteriormente refrendada por su colaboración con Visconti en “Senso”.

Y para terminar, el irrepetible Orson Welles, cuya poderosa presencia logra empequeñecer al más grande de los actores que aparezca a su lado en escena. Sus intervenciones son siempre un buen aliciente para cualquier película (y eso que para financiar sus proyectos apareció en un montón de bodrios europeos), no digamos ya en este gran título, sin duda alguna, el techo de un director, Carol Reed, que antes ya había mostrado sus buenas aptitudes en estupendos trabajos como “Larga es la noche” o “El ídolo caído”.

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Orson Welles

Joseph Cotten

Sería inútil intentar una aproximación a esta obra de Carol Reed sin agotar en primera instancia el tópico que le sobresale a pesar de cualquier esfuerzo en contrario: la presencia desbordante del gran Orson Welles. Con seguridad, muy pocas veces una actuación de reparto ha contaminado tan vivamente un film, aún desde la descripción que el resto de los personajes hacen continuamente de Harry Lime. Es que en la gran mayoría del metraje de la película, la creación del Welles está en off, escondida, al acecho, y, sin embargo, absolutamente presente. La atmósfera que respira el film parece condenada a contentarse con los vestigios del aire exhalado por Lime en las cloacas de Viena.

Welles aparece en esta película sólo en su faz actoral. Y es tan grande su intervención, tan desmedidamente alocada, que induce a una inmediata admiración. No importa la nula moral que abandera su criatura, no basta con acompañar el desarrollo de la historia y comprobar, paso a paso, la abominación que ésta provoca. Es tan fuerte el personaje que, desde el punto de vista de la estructura del relato, invierte los roles de la narración clásica: el verdadero protagonista, Holly Martins (Joseph Cotten, amigo personal de Welles y ex miembro del Mercury Theatre, excelente actor que tuvo la “mala fortuna” de compartir cartel en más de una oportunidad con su camarada), culmina tratando de impedir el acceso de Lime al objeto de su deseo – hacerse rico a costa de la vida ajena, adulterando penicilina – lo cual lo convierte, a su propio pesar y paradójicamente, en antagonista. Y tamaña ascendencia del “malo” sobre el “bueno” no se debe tan sólo a la presencia física – magnética y potente por sí misma -, de Orson Welles: se debe, más bien, a una de sus más grandes actuaciones para la pantalla; sólo equiparable, quizás, a ese otro monstruo que crearía más tarde – en 1958- para su film “Sed de Mal”, el Capitán de Policía Hank Quinlan.

Las enciclopedias deberían rezar “Orson Welles” como una de las acepciones de la palabra “genio”. Todo lo hacía bien. Y en esta película queda más que comprobado que además de haber sido uno de los más grandes directores de la historia del cine, fue un enorme actor.

A esta altura de la crítica, y luego de releer lo escrito, hagamos una confesión con intenciones rectificativas. Nada alcanzaría para agotar el tópico que nos preocupaba en el primer párrafo: “El Tercer Hombre” es una película de Welles. Aún con guión de Graham Greene (con la colaboración de Alexander Korda), producción de David. O Selznick, las cítaras de Anton Karas para la sugerente banda de sonido, la oscarizada fotografía de Robert Krasker, y un cast con nombres de la talla del mencionado Joseph Cotten, Alida Valli y Trevor Howard… hablamos de una película de Welles!!!

Es que la forma del film presenta, por ejemplo, tomas en profundidad de campo, una puesta de cámara rica en angulaciones estéticas y descriptivas, una azarosa ambigüedad que acompaña a algunos de los personajes y muchos síntomas más de la particular forma de hacer cine del director de “Citizen Kane”.

El primer plano del rostro iluminado de Harry Lime al ser descubierto por su amigo Holly Martins es, sin dudas, uno de los íconos representativos del séptimo arte. La persecución subterránea, la escena de la rueda gigante, la descripción de la sociedad austriaca que traza el villano (“Hace más de quinientos años que viven en paz y en democracia… ¿y qué hicieron?: inventaron el reloj cu-cú”) son picos de calidad muy arduos de echar en el olvido.

Es una película casi perfecta. La media estrella que le falta a su calificación es caprichosa y obedece a un solo motivo: los créditos no dicen “Orson Welles” a continuación de “Directed by:”.

Raúl Bellomusto

La vieja y una vez hermosa Viena, ahora derruida en escombros por la guerra;

la prosa de Graham Greene; el hermoso blanco y negro expresionista de Robert

Krasker; el apasionante y resonante sonido de la citara de Antón Karas; la

teatralidad y barroquismo de Sir Carol Reed; y un par de colosos, amigos en

la vida real, Orson Welles y Joseph Cotten. Todo lo anterior puede ser

resumido en una sola palabra, simple y llana antología, y de ella esta

formado cada rollo, cada palabra e imagen de este monumental e imperecedero

paradigma del cine negro.

Como un encargo especial del afamado productor británico Alexander Korda al

novelista Graham Greene, así nació “El Tercer Hombre”, una vorágine de

intriga y traición bajo la penumbra de la caótica Viena de la posguerra.

Poco o nada pueden agregar mis palabras sobre una obra tan debatida,

estudiada y disfrutada hasta el cansancio por escolares, críticos y

cinéfilos, entre los que me cuento. La cinta no es más ni menos que una

pequeña gran capsula de tiempo, poseedora de una docena de genialidades, que

deleitaran hasta la saciedad a cualquier ser humano que aprecie el arte

cinematográfico. Sólo observando sus magnéticos encuadres; escuchando sus

sagaces diálogos; o admirando la belleza y candidez de Alida Valli, además

de la calidad interpretativa de Trevor Howard, Bernard Lee, y sobre todo la

de el magnifico dúo del cuasi luciferino Orson Welles y el desencantado y

carismático Joseph Cotten; elevando a esta cinta a la categoría en que sigue

estando después de casi sesenta años, como uno de los filmes más geniales de

la historia del séptimo arte, si no me creen, solo fíjense en la toma que

cierra la obra, pura poesía en blanco y negro.Pierluigi Puccini

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