• Por AlohaCriticón

EL ÚLTIMO SHOW (2006)

Dirección: Robert Altman.

Intérpretes: Kevin Kline, Meryl Streep, Garrison Keillor, Lindsay Lohan.

Película basada en un programa radiofónico de Garrison Keillor, quien también escribe el guión del film.

La trama gira en torno a la realización de la última emisión de radio de “El Show de América”, por el que pasan las hermanas Johnson (Meryl Streep y Lily Tomlin), quienes forman un dúo de country, o Dusty (Woody Harrelson) y Lefty (John C. Reilly), los Viejos Vaqueros, una pareja de cowboys cantantes.

Póstuma entrega de Robert Altman, director amante de las historias corales que siempre apuntaba más que disparaba y que aquí básicamente realiza un homenaje nostálgico al legendario Grand Ole Opry, revestido por un presuntuoso drama fantástico-crepuscular escasamente desarrollado y algunos apuntes de humor que no provocan demasiadas sonrisas.

Garrison Keillor, el creador del programa radiofónico que se traslada a la gran pantalla, es lo mejor de la película, principalmente porque lo único que hace es un remedo de su trabajo profesional, tanto presenta a los artistas como canta o anuncia productos de todo tipo.

Los demás personajes están diseñados de forma inútil, con actores desperdiciados totalmente interpretando unos diálogos patéticos dentro de un guión presuntuoso sin dirección ni enfoque, en el que la falta de una trama de peso se solapa con actuaciones de country y country gospel más o menos escuchables, y unas divagaciones petulantes-surreales de tono melancólico sobre la familia, el fin, la muerte.

Kevin Kline, en plan detective de cine negro de los años 40, es el introductor de la película con voz en off, y realmente no se sabe qué pinta su personaje en ella más allá de la profesión que ejerce en la misma. Los demás por lo menos cantan de vez en cuando.

Las apariciones espectrales de Virginia Madsen, enfundada en una gabardina blanca, como ángel a lo Michael Landon en “Autopista hacia el cielo” y en plan liberador mortal, se presumen en principio como misteriosas y acaban resultando un chiste malo.

Ni como homenaje serio al Grand Ole Opry, en donde actuaron grandes mitos del country como Johnny Cash, Patsy Cline, Roy Acuff o Hank Williams, vale este sinsentido.

Enlaces

Meryl Streep

Kevin Kline

Lindsay Lohan

Woody Harrelson

John C. Reilly

Virginia Madsen

Tommy Lee Jones

Sensacional puesta en escena en este homenaje al mundo de la radio y a un programa mítico. La mirada siempre crítica y, en no pocas ocasiones, corrosiva de Robert Altman recae sobre el último show de América, la última emisión de la WLT. La última película del último rebelde. La despedida de quien supo que no podría convencer a la muerte.

EL ÚLTIMO SHOW

“Era el último espectáculo. Todos los sabían, pero nadie lo decía. La gente del medio oeste cree que si ignora las malas noticias, éstas desaparecen. Pero yo no soy del medio oeste…”.

De alguna manera –posiblemente, de ésta- Robert Altman se despidió de los cinéfilos. Lo hizo trabajando en la preproducción de un nuevo proyecto que jamás vería las luces del rodaje. También, como no podía ser de otro modo, con esta frase que se extrae de un contexto que arremete frontalmente contra la utilización vana y sin sentido de las voces en off. Imposible resistirse a la tentación de criticar un tipo de cine, el de los últimos años, en el que cualquier técnica narrativa, argumento e incluso género son válidos para introducir la dichosa vocecita. Paradójicamente, él la emplea con meticulosa precisión, de forma puntual, para poner en los labios (en off) del famoso detective del serial radiofónico, absurdas observaciones sobre la enigmática femme fatale de su trama.

En realidad, un gesto que no sorprende en un provocador nato. Recordemos que sólo él se atrevió a frivolizar sobre la guerra de Vietnam cuando esta temática todavía no se había puesto de moda; a cuestionar el sistema sanitario estadounidense, en Salud; a desmitificar al legendario Philip Marlowe de Raymond Chandler, en Un Largo Adiós; abofetear el eje central de la industria cinematográfica, en El Juego de Hollywood; romper con la aureola romántica que rodea a los jugadores, en California Split; satirizar los festivales de música country, en Nashvill; mostrar la superficialidad de las celebraciones, en Un Día de Boda; destruir el magnetismo impenetrablemente mágico del jazz, en Kansas City; capturar con objetivo cínico y certero el American way of life que tantas veces llamó su atención…. ganarse a pulso el calificativo de rebelde.

Es posible que A Prairie Home Companion (verdadero título de esta película y nombre de un programa real que se emite desde 1.974) sólo sea la excusa perfecta para reunir sobre el escenario, por última vez, las grandes pasiones que abonaron su filmografía. Las deliciosas canciones de estilo country. Las historias cruzadas que alimentan su marcada vocación hacia los repartos corales. Sus excelentes cualidades en la dirección de actores. Los larguísimos planos-secuencia que persiguen la frenética actividad de los diversos personajes, para alcanzarles, a veces, en circuitos intransitables. Los diálogos atropellados, que se superponen para crear una falsa sensación de naturalidad improvisada que nunca ha existido dentro de su cine. Y las continuas referencias pictóricas, que recrearon la escena de “La Última Cena” en MASH, o el retrato del desnudo de Madeleine Stowe en Vidas Cruzadas. Una constante que, a modo de cuadro de museo, los amantes de la Historia del Arte hallarán fácilmente en El Último Show.

Precisamente, la fascinación y la admiración que Altman sintió por la pintura, hicieron que se decidiera a dirigir una biografía sobre Van Gogh, Vincent y Theo, que se encuadró en el apartado de “historias raras y minoritarias” en el que se encuentran otras de sus películas, como Tres en un Diván, que contó con la colaboración de Glenda Jackson, o Quinteto, en la que intervino Fernando Rey. Ésas que sólo Dios y él entendieron. La esencia de una manifiesta irregularidad cinematográfica que estuvo presidida por su afán de acaparar múltiples y variados campos, y por su intención obsesiva encaminada a la destrucción de ideales preconcebidos que emanan del propio universo que teje el celuloide.

En esta ocasión, los exquisitos números musicales, que se ofrecen en directo, se alternan con los disparatados anuncios de Garrison Keillor, quien publicita la multifuncionalidad de la cinta aislante, las increíbles propiedades de las pizzas Príncipe, en tono operístico, y alaba a las auténticas patrocinadoras: las galletas de leche en polvo que van en caja azul. La verdad es que cualquier estupidez suena a gloria, si es cantada en inglés.

La cultura del espectáculo (única conocida por los norteamericanos) despliega su encanto. Entre bastidores, en un cálido ambiente familiar, comenzamos a adorar a los protagonistas (todos principales) que sólo parecen atender al guión que dicta su propio pensamiento. Entradas y salidas anárquicas. Momentos delirantes. Conversaciones mezcladas. Planos interminables.

Ése es Robert Altman. El cineasta de situaciones, que no de mensajes moralizantes ni profundos, que ofrece su última función. El descubridor de actores como Robin Williams (Popeye), o Clive Owen (Gosford Park), que se vuelve a rodear, como siempre lo hizo, de un reparto de extraordinaria calidad. El poseedor de un estilo único en insuperable, inconfundible e insólito que sólo cabe admirar.

¿Alan Rudolph? ¿Paul Thomas Anderson? ¿Luis García Berlanga?

No. He dicho: único e insuperable.

M.I. Tornero

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