• Por AlohaCriticón

ladron de bicicletas cartel critica ladri di bicicletteLADRON DE BICICLETAS (1948)

Director: Vittorio de Sica.

Intérpretes: Lamberto Maggiorani, Enzo Staiola, Lionella Corelli, Elena Altieri.

Antonio Ricci (Lamberto Maggiorani) es un hombre humilde que se encuentra en espera de alguna oferta de empleo para aliviar su precaria situación económica.

Un buen día le proponen un trabajo para pegar carteles con un único requisito: la posesión de una bicicleta. Ilusionado, retorna feliz a su hogar, en donde le esperan su mujer Maria (Lianella Carell) y su hijo Bruno (Enzo Staiola), entusiasmados con la noticia traída por Antonio.

Lamentablemente, el primer día de trabajo, un delincuente le roba la bicicleta. Desesperado, Antonio, junto a Bruno, iniciará la búsqueda del ladrón con la intención de recuperar el empleo.

Un hito del cine mundial y uno de los máximos exponentes del denominado neorrealismo italiano. La sencilla historia que se relata en “Ladrón de bicicletas” deviene extraordinaria por su conmovedora capacidad poética expuesta en un severo verismo dramático.

La dirección de Vittorio de Sica y el guión de Cesare Zabattini, pareja que anteriormente ya había realizado otra obra maestra del género, “El Limpiabotas” de 1946, y que realizarán posteriormente otras películas magníficas, entre las que se encuentran “Milagro En Milán” (1951) o “Umberto D” (1952) , introducen al espectador en la desesperada búsqueda de una bicicleta, medio fundamental de trabajo y en consecuencia de vida de un hombre y su familia, interpretado magistralmente por Lamberto Maggiorani, actor no profesional como es característico en este tipo de proyectos, con la lastimera compañía de su pequeño hijo.

Entre ellos se entabla una estrecha relación llena de ternura, humor amargo y angustia vital de dolorosas consecuencias, filtrada por una correspondencia de miradas, caricias y rostros afligidos entre el hijo y un padre que, al borde del abatimiento y la desesperación, no tiene más remedio que traicionar su sentido de la responsabilidad por el empuje de su instinto de la supervivencia, con un desenlace de nefasta suerte.

El llanto de un niño consecuente es el terrible llanto de la pobreza y de la miseria, de la desigualdad y la penuria, que hace transformar ante sus ojos la figura de su padre de héroe a villano.

Maravillosamente fotografiada en un crudo blanco y negro, casi en tono documental, “Ladrón de Bicicletas” crea un acerado fresco de la posguerra italiana lleno de personajes que, perdidos en su anonimato, impregnan sus carencias por las pobladas y vívidas calles romanas.

Una obra maestra del séptimo arte y una joya testimonial.

Contiene Spoiler

Casi toda Europa queda totalmente destrozada concluida la Segunda Guerra Mundial, la que le significó, además, grandes pérdidas humanas y la aparición de grandes masas de indigentes y desocupados. El hambre, la escasez de alimentos, la pobreza, la miseria, la desesperación son elementos que se repetirán tras años de cruentas guerras. Italia no es ajena a este contexto, y menos aún cuando ha tomado parte activa de los conflictos. En esta situación posfascista hace su aparición el neorrealismo italiano, un movimiento cinematográfico que se encargará de rescatar las piezas cotidianas de la realidad italiana.

Muchos historiadores del cine sostienen que el neorrealismo italiano fue más que un movimiento de naturaleza histórica. Afirman que se configuró como el cine naciente de una nueva actitud ante la realidad, como el arte de lo pobre y de lo austero, como el cine donde las virtudes testimoniales resaltan. Ladrón de bicicletas (1946) de Vittorio De Sica es muestra de este cine nuevo, hecho de argumentos casuales creados sobre la marcha del film, rodado en la calles de Roma con actores no profesionales.

Ladrón de bicicletas cuenta la historia de un trabajador infeliz a la búsqueda de su bicicleta robada. Nos visualiza una continua acción en búsqueda del objeto perdido que para este obrero es tan importante como su vida. A la par, aparece en escena su hijo, un niño, también trabajador, que formará parte de la trama casi en su totalidad, y que será, al final del relato, el testigo de la humillación por la que pasa su padre al ser atrapado por robarse una bicicleta para su propio trabajo.

El neorrealismo italiano es importante para el nuevo curso del cine europeo, que a partir de esos momentos volverá su mirada hacia la realidad con nuevos ojos. Las influencias no se hacen esperar en este continente ni en otros; así, películas como Camino a Casa (1999) de Zhang Yimou y Niños del cielo (1998) de Majid Majidi son obras maestras con tendencias neorrealistas.

En la primera, Camino a Casa filmada en China es una historia que se inicia con el retorno de un hombre de negocios a su pueblo, en el inhóspito norte de China. Su padre acaba de morir, y su madre quiere enterrarlo según las antiguas tradiciones. Mientras preparan la compleja ceremonia, el hombre recuerda el delicadísimo ritual de seducción a través del cual su madre, una bella e ingenua campesina, ganó para siempre el corazón de su padre, un joven maestro que sufrió persecución política. Su matrimonio fue el primero no concertado del lugar.

Por otro lado, Niños del cielo rodada en Irán es el relato de Alí, un estudiante aplicado proveniente de una familia que sufre serios problemas económicos. Un día, mientras hace los mandados para ayudar a su madre enferma, el pequeño pierde accidentalmente el único par de zapatos de su hermana. Esto se constituye en un gravísimo doble problema, ya que su padre, a quien Alí también ayuda, no se encuentra en condiciones de comprarle otros y además, de enterarse, le aplicaría un severo castigo. Ante esto, el pobre niño sólo se preocupa por conseguir zapatos nuevos y hará lo imposible por el amor que le tiene a su hermana.

En estos films los planos generales son los que predominan, que como en Ladrón de bicicletas se utilizan para describir la realidad de un contexto, en todos, por supuesto, diferente: Ladrón de bicicletas compone una Italia destrozada con un mercado negro en aumento, desempleados esperando un empleo y cientos de trabajadores movilizándose en bicicletas o en buses públicos. Camino a casa evoca las tradiciones casi perdidas de un pueblo chino muy alejado de la ciudad. Y Niños del cielo configura una ciudad iraní donde se muestran las dos caras de la moneda, la zona rica y la zona pobre, en esta última donde se desarrollará la mayor parte de la historia. Todas estas películas presentan un esquema básico. Las historias fluyen en zonas humildes y son contadas con planos amplios y prolongados. Los diálogos cumplen una función meramente informativa, no son aquellos argumentos filosóficos que lanzan los actores hollywoodenses para impresionar al público. La realidad contada a través de estas películas ya de por si impresiona y eso basta.

En estos tres films los móviles por los que se sostienen los hechos aparecen desde el comienzo. En Ladrón de bicicletas: la primera secuencia es la del obrero que consigue un empleo, pero al que le hacen hincapié de la necesidad de una bicicleta para realizar la labor, sino no podrá. En Camino a casa: el plano primero es la del camino con el cual se llega al pequeño pueblo chino. Y en Niños del cielo: el plano primero es la de un costurero zursando unas zapatillas de niña.

Como vemos, son historias simples, lo más cercano a un cine marginal pero con relatos muy humanos, donde el tema del amor se hace presente en cada momento. En Ladrón de bicicletas: se presenta la relación de padre e hijo que se estrechará con el paso del tiempo y gracias a las circunstancias. En Camino a casa: se expone la relación de dos jóvenes enamorados, aunque antes y al final de esta historia aparece el sentimiento entre madre e hijo, y lo que hace él para complacerla. En Niños del cielo: se vislumbra el amor entre dos hermanos y el cariño que siente hacia sus padres.

De estas películas podremos rescatar el lado testimonial que a modo de documental se nos exponen las realidades cotidianas de un pueblo, ciudad o país en un contexto determinado. Por ejemplo, en Ladrón de bicicletas: es una búsqueda a un acercamiento, con toda la espontaneidad posible, y la reflexión del caso hacia un presente, hacia el hombre común, hacia el mundo que los rodea. En el resto de los films sucede lo mismo. En Camino a casa: se retrata las tradiciones de un pueblo chino casi en el olvido y el amor casi imposible que rompe con las costumbres y parece desencajar en el contexto. En Niños del cielo: perfilada desde la mirada de unos niños la historia gira de un modo subliminal como una denuncia a una sociedad machista y de costumbre caducas.

Las influencias del cine neorrealista se hacen notar hasta en los finales de las películas Camino a casa y Niños del cielo. En Ladrón de bicicletas, Vittorio de Sica termina su obra con la toma detrás de padre e hijo en son de retirada tras una lucha no ganada, sin más. En Camino a casa el film acaba a modo de college de imágenes que se trasponen una a otra y nos recuerdan la historia de amor sucedida, una historia del regreso a casa del ser amado, pero perdido.

Pero es en Niños del cielo donde esa influencia se hace notar más: se acaba con la escena donde Alí, el niño que ha hecho lo imposible (compite en una carrera) para ganar unas zapatillas para su hermana, termina ganando lo que no quiere.

Finalmente, al tratarse de films que resaltan lo humano son historias con altos grados de valores, que cautivan al público y lo sorprenden, le reclaman quizá lo que se está perdiendo en el mundo de hoy agitado con grandes ingestas de violencia, sexo y caos.

Miguel Angel Arreátegui Rodríguez

El aparentemente insignificante robo de una bicicleta supone el inicio de

una serie de avatares entre un hombre y su pequeño hijo, azotados por la

miseria de la Italia de la posguerra.

Apoteósica cinta, orquestada magistralmente por el actor-director Vittorio

De Sica. En ella somos testigos de las vivencias de un hombre de bajos

recursos, que recientemente ha adquirido el empleo de fijar carteles de

películas en las paredes romanas, una metrópoli miserable, sacudida por la

guerra.

Tal vez la obra más grande que ha dejado el neorrealismo, corriente

proveniente del país trasalpino, junto a su precursora “Roma, Citta aperta”

de Roberto Rosselini, dos cintas en las que se fijaron las bases de un cine

hecho por gente de las calles y no por megaestrellas del celuloide, un cine

más personal, de condiciones y presupuestos que rayan en lo precario, una

precariedad que pululaba los aires contaminados de la posguerra en que salió

a la luz.

Este poético film destila, además de romanticismo y melancolía, la triste

atmósfera de ese preciso momento histórico, una obra de denuncia hacia una

sociedad donde lo que para algunos es una bagatela, para muchos otros, como

el protagonista de la historia, es su sustento diario, su instrumento para

obtener aunque sea lo mínimo, alimento.

Como siempre pasa en esta vida, las cosas no salen como lo esperas. “Ladrón

de bicicletas” no es un film donde la esperanza y el amor triunfen sobre la

maldad y todo lo injusto termine por ser borrado por arte de magia con las

palabras “Fine”. Todo lo contrario a esto, la desgarradora realidad de este

maravilloso trabajo lleva consigo un mal sabor de boca que sin duda

terminara por concienciar a muchos seres humanos, entre los que me

encuentro, a tratar por una vez en sus vidas de comprender que la vida no es

más que un juego contradictorio, donde el triunfo no es más que una mera

apariencia.

Para finalizar debo confesar que la primera vez que la observe, un mar de

lágrimas inundó mi rostro. Una de las más grandes cintas de todos los

tiempos. Tan amarga como hermosa.Pierluigi Puccini

Puntuación

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