• Por AlohaCriticón

LOS 400 GOLPES (1959)

Director : François Truffaut.

Intérpretes : Jean-Pierre Léaud, Albert Remy, Claire Maurier, Guy Decomble.


París, años 50. Antoine Doinel (Jean-Pierre Léaud) es un adolescente incomprendido en su hogar y en la escuela que comparte sus mejores momentos con su amigo René. Tras intenta robar una máquina de escribir, Antoine será encerrado en un correccional de menores.

La nouvelle vague fue un impulso cultural, una corriente cinematográfica que surgió en plena convulsión intelectual francesa, suscitada por las reacciones políticas y sociales contrarias al modelo extremista del general De Gaulle. Francia, en torno a los años sesenta, fue centro de una vitalidad cultural apasionante y excitante, a menudo mal interpretada, lo que ha convertido este período en algo vacío de contenido, en un simple escaparate de ideas, en una moda o tendencia.

Los directores de cine que realizaron sus largometrajes al inicio de la década de los sesenta en Francia provenían de una única escuela: los cine-clubs. La mayoría de ellos poseian dos rasgos generales, los cuales condicionaron su trabajo artístico: su pasión incondicional por el séptimo arte y el ejercicio de la crítica cinematográfica.

De la práctica de la crítica surgió la necesidad de dirigir “películas-ensayo” donde demostrar la nueva visión que sobre el cine tenían aquellos nuevos directores. La nouvelle vague fue una tendencia crítica, que pretendió anteponer el “cine de autor” al “cine de qualité” o comercial que se exhibía a principios de los sesenta en los cines franceses. Se trataba de la búsqueda de un lenguaje cinematográfico capaz de plasmar la voluntad artística y la independencia creadora del director, concebido como un creador que, mediante la puesta en escena, debe dotar a la película de un discurso independiente y autoral. En esta actitud convergen dos influencias: la admiración por la “mirada” transparente y limpia de los clásicos americanos (Hawks, Ford, Hitchcock, Welles) y el realismo desgarrado y social del neorrealismo italiano, con su afán por el exterior y sus personajes-metáfora.

Pero el éxito de este cine estuvo condicionado por la llegada de un nuevo público. Como expone acertadamente Román Gubern: “La nueva ola… se impone en el mercado porque también existe… una nueva ola de espectadores formada en la frecuentación de cine-clubs y cinematecas, que ven el cine el lenguaje artístico de nuestra época y se halla bien dispuesta para acoger toda novedad en este terreno”.

La aportación de la nueva ola supuso una enérgica renovación del lenguaje cinematográfico. Precisamente, y a partir de ella, se formó una nueva manera de abordar el cine, partiendo de una postura más intelectual y artística. Con la nouvelle vague el cine adquiere una mayor densidad cultural, a la vez que se convierte en un instrumento libre e independiente del resto de las artes.

Los 400 golpes (Les quatre cents coups, François Truffaut, 1959) es la película más emblemática de esta nueva corriente cinematográfica, sobre todo por la actividad crítica de su director. La película consiguió el premio al mejor director en el festival de Cannes de 1959, y supuso una verdadera revolución dentro del panorama general del cine francés y europeo. En ella Truffaut realiza un retrato sentimental de la infancia de Doniel, un chico que demuestra una clara voluntad de independencia y rebeldía en consonancia perfecta con el espíritu y la voluntad creadora del director. Es de esta unidad de donde nace la belleza de esta película, un retrato sencillo y humano de la infancia.

La veracidad del relato se consigue mediante la utilización de una puesta en escena transparente, donde lo que verdaderamente importa son los movimientos de los personajes, y donde se huye conscientemente del efectismo. A ello ayuda la prodigiosa fotografía, llena de una fría neutralidad que enfatiza la presencia de la ciudad y sus calles, y la banda de ruidos, con un admirable repertorio de sonidos urbanos.

Truffaut utiliza, de forma subrayada, el travelling y los encuadres de cámara dinámicos. Las panorámicas son abundantes, así como la presencia de ciertas secuencias, de marcado subjetivismo, donde hace uso de la cámara en mano. La nouvelle vague acudió a formas artesanales y baratas de planificación, demostrando su espíritu artístico, ajeno al manierismo imperante en su época. En su puesta en escena, Truffaut remite a sus referencias cinéfilas (carteles, comentarios de los personajes sobre películas o libros, iconos culturales) y nos muestra magnífico ejemplo de Libertad expositiva, con la elección de un personaje conflictivo dentro de un entorno hostil que debido a su ternura e ingenuidad no nos resulta tan desagradable.

Se trata de una película que plantea el eterno conflicto entre lo real y las ilusiones, desde la óptica de un niño. No se trata, como muy a menudo se ha venido defendiendo, de un cine individualista y ajeno a la crítica social. Las instituciones familiares, escolares y carcelarias son puestas en duda, sino criticadas abiertamente. Frente a la rigidez de una educación basada en la obediencia, Truffaut propone la voluntad de vivir y gozar del tiempo. De ahí las correrías de Doniel por la ciudad, su descubrimiento de la literatura o su pasión por conocer el mar. Todo ello demuestra el talante vitalista del autor.

Truffaut, con su primera película, rompió los moldes temáticos del cine francés. Propuso una nueva reflexión acerca de los valores sociales que imperaban en su época, y definió un nuevo romanticismo. El cine de Truffaut es necesario por su propuesta temática, y no tanto por sus hallazgos visuales, mucho menos radicales que los que mostró Jean-Luc Godard en Al final de la escapada (A bout de souffle, 1959), pero más profundos por su limpieza. Lo que en Godard puede ser descrito como exhibicionismo, en Truffaut se trata de necesidad: su propuesta formal está en todo momento condicionada por lo que narra; el cómo y el qué se unen, se entrelazan, formando un único relato. Si Godard resulta pretencioso y frío, Truffaut aparece cercano y simple. Pero ambos participan de una misma voluntad: la libertad creativa.

Víctor Rivas Morente


François Truffaut es el responsable de este lúgubre cuento urbano, la cinta cumbre de la nouvelle vague francesa, uno de los mejores debuts de la historia del cine.

La ópera prima del vanguardista director galo nos narra los avatares de Antoine Doinel, un niño cuya vida no le sonríe, su maestro no lo tolera, su madre lo aborrece y su padre termina por sentir lo mismo luego de que Antoine y su mejor amigo comiencen a hacer travesuras.

Una historia hermosa (aunque muy triste), dibujada con gran maestría por el ex critico del Cahiers du cinema, con un guión concebido por el mismo junto a Marcel Moussey, una obra profundamente auto biográfica y dedicada a su mentor André Bazin.

El film esta perfectamente ejecutado, una melancólica y nostálgica banda sonora, actuaciones excelentes tanto de los infantes como de los adultos, y un argumento que hará escapar lágrimas a muchos por su crudeza pero que sin duda funcionan y llevan a esta cinta a posicionarse entre los grandes hitos del séptimo arte, majestuosa.

Pierluigi Puccini


Si no es la primera, sí que “Los 400 golpes” se puede considerar como una de las claves que consagrarán el camino de la, al final manida, “nouvelle vague”. Y sin duda alguna estamos ante uno de los puntos de inflexión del arte cinematográfico.

Partiendo de la base que la propia corriente vanguardista se caracterizará por lo heterogéneo de su nómina, –sí bien es cierto que con unas bases comunes muy sólidas: no al “cinema calité”, y si al cine natural espontáneo– y ante la evidente diversidad de sus miembros, tampoco se puede considerar ningún film como la única piedra angular sobre la que se soporte el movimiento. Incluso el propio Francois Truffaut, habitualmente deambulará por diversos géneros, de una manera libre y tal vez confusa para entender su trayectoria.

En cuanto a la temática del, entroncaría directamente con el “realismo social” que se venía haciendo ya en las vecinas Italia o España, aunque aquí siempre tamizado por la naturalidad y desposeído al máximo de subrayados dramáticos.

La historia (parece que autobiográfica), nos muestra “simplemente” un chico de trece años en su vida cotidiana del París coetáneo, el clásico muchacho desubicado de las normas sociales. Hijo de madre soltera, al que el “consentido” marido de ésta habría adoptado como propio, se encontrará con la precariedad de un hogar de compromiso, en el que evidentemente sobra el niño (y el padre, y la madre y el hogar entero). Su forma libre de entender la existencia le hará ser el referente negativo del colegio, –junto con su admirado amigo, un niño bien, con un camino menos abrupto, pero igual de estéril–. Los continuos tumbos del muchacho terminarán por incluir la omnipotente y reparadora justicia, para terminar de arreglar el proceso.

Sin cargar las tintas sobre nadie en concreto, Truffaut reprocha uno tras otro, sutil pero claramente, a todos los engranajes de la sociedad –familia, educación, justicia, etc. – el desenlace de marginación de su “alter ego” Antoine Doinel en busca de encajar su pequeña rebeldía en la vida diaria.

Angel Lapresta

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