• Por AlohaCriticón

Dirección: Fernando León de Aranoa.
Intérpretes: Candela Peña, Micaela Nevárez, Mariana Cordero, Llum Barrera.


El rutinario ejercicio de la prostitución desempeñado por Caye (Candela Peña), se ve alterado por el encuentro fortuito con una compañera de profesión, la dominicana Zulema (Micaela Nevárez). La relación de las dos mujeres será una sucesión de confidencias, de las que ambas sacarán sus propias experiencias.

Prosigue Fernando Léon hurgando con sus dedos de genial y punzante escritor en la herida que no cicatriza de los males y miserias que invaden los enclaves urbanos.

Si en “Barrio” (1998) nos cogía de la mano para darnos una vuelta y enseñarnos lo que se cocinaba en el extrarradio de la ciudad; si en “Los lunes al sol” (2002) nos invitaba a pasar una temporada a la “sombra” del desempleo; en esta ocasión, León nos apremia a mirar por el ojo de la cerradura para observar que en el mundo sórdido de la venta de los cuerpos, además de lo que solicita el cliente, existen sentimientos y razonamientos de las trabajadoras del sexo.

“Princesas” es una película repleta de grandes momentos, merced a un texto lúcido y a una interpretación memorable, dentro de un ambiente lóbrego, duro y despiadado, que sólo en las secuencias rodadas en la peluquería permite al espectador inhalar aire y sumergirse de nuevo en el asfixiante entorno de la meretriz.

Vamos con tres destellos artísticos, por citar algunos, que hacen que “Princesas” alcance la categoría de obra maestra. El primero se encuentra en la docencia filosófico existencial impartida por Candela Peña a su compañera de fatigas respecto al concepto nostalgia.

El segundo se sitúa en la sincera confesión de Caye acerca de cuál sería su fuente de felicidad: que la persona que la quisiera fuera a buscarla a la salida del trabajo.

Y por último, el episodio más brillante de la narración y elaborado con un gran sentido cinematográfico: la escena en la que Manuel (Luis Callejo) descubre el auténtico trabajo de Caye. Sencillamente, magistral.

Son cumbres coronadas en la carrera de Fernando León y alcanzadas en pleno estado de gracia, como lo son el premio de una moto acuática para un chaval que no tiene ni para pipas o la fábula de la cigarra y la hormiga contada por Santa (Javier Bardem).

Alberto Alcázar

Nos encontramos frente a la tercera película del director Fernando León de Aranoa, que en la línea del compromiso social de sus anteriores filmes (“Barrio” y “Los lunes al sol”), reflexiona y nos hace reflexionar sobre el hipócrita mundo de la prostitución.

Si me preguntan de que va el guión, es decir, cuál es el argumento que nos propone Fernando, les diré que el contenido puede resumirse en pocas frases, incluso en una: nos habla de una mirada hacia dentro de dos putas. Así, sin más, no hay más, no vayan a buscar aventuras, ni suspense, ni drama, ni comedia, ni siquiera ensayo, ni siquiera denuncia. Sólo me atrevería a definirla como un poema cinematográfico. Si el contenido se define en una línea, el continente, la cualidad, la forma (que así construirá un riquísimo fondo) sería digno de más de una tesis doctoral.

Fernando reflexiona sobre dos subjetividades principalmente, pero que acaba uniéndonos a cientos de subjetividades, a miles, o tal vez nos acabe devolviendo a una solo, a la del conjunto de la humanidad. Caye (el nombre de la protagonista, de Cayetana, interpretada por Candela Peña) mira, y através de ella, todos miramos, un mundo que no entiende. Cada gesto, cada mirada denota un sinsentido, una inocencia, una ingenuidad, y dolor.. mucho dolor.. pero dolor humano. Zulema (su compañera de reparto, Micaela Nevárez) representa una especie de “Sancho Panza” en los parajes cuyos nombres nadie quiere acordarse. Práctica, realista, observadora del idealismo sin ideales de la ingeniosa hidalga Caye. Mulata de Santo Domingo que expresa en el film el desarraigo de esa inmigración que no viene a consumir paella y cervezas en los meses de verano ni a romper cabezas por los estadios de futbol y alrededores el resto del año. Inmigrante que se dedica a ser puta para que su hijo y su familia puedan ser personas. Caye, puta que se dedica a ser persona, y con ella, nosotros acompañándola. Y entre las dos algo sencillo, una caricia a los brazos, una caricia y algún abrazo que llena toda la película, de atrás a delante y de delante atrás.

No hay violencia en la película, al menos gratuita, ni explícita, ni creo que nadie salga del cine diciendo -¡qué violenta!-, si bien en los ojos de los personajes, los buenos..los malos..los sin nombre, está llena de violencia, de violencia psicológica. Igual que hay miedo psicológico en el cine, hay violencia, agresividad psicológica, aquella en la que por unos billetes y una corrida se humilla y se convierte en puro objeto, en pura cosa a una subjetividad que sin embargo, lucha en toda la película por mostrarse, simple, a brotes, ingenua, callada, y se nos muestra entonces toda esa poesía y toda esa subjetividad que habla como si de una gran filósofa se tratara, reflexionando como reflexiona un niño que sabe que hay cosas que la gente sabe y nunca se atreve a decirlas.

Personas y putas, miembros y familias, individuos y sociedad, violencia y amor… y la cámara de Fernando en un leve movimiento casi imperceptible que nos hace sentir que es nuestro ojo quien mira y quien se esconde en esas calles ( o esa plaza) cuyo nombre cambian todos los días. Una especie de cine documento (que no documental) que nos enseña que la realidad también puede superar a la realidad. Ese juego de cámara que suspendida y con leve zozobra nos muestra una realidad social cruda y marginal y que cuando quiere que un rostro grite con su gesto y no con su voz, se acerca hacia el personaje para enfrentarnos a sus dos realidades; el individuo “sujeto” sujeto al objeto que la sociedad le devuelve.

No esperen a ver en las calles, ni en los interiores, ni en el sexo nada de ésto. Acompañen a la cámara hacia la mirada y el rostro de Caye y Zulema, porque ahí verán todo esto… y algunos, también a sí mismos.

Carlos Martín Fernández-Mayoralas

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Fernando León de Aranoa


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