• Por AlohaCriticón

SALO O LOS 120 DIAS DE SODOMA (1975)

Director: Pier Paolo Pasolini

Intérpretes: Paolo Bonacelli, Caterina Boratto, Umberto P. Quinavalle, Helene Surgere.

Particular adaptación al celuloide de los textos del Marqués de Sade. En la

Italia de Mussolini un grupo de jóvenes es secuestrado con el fin de

satisfacer los oscuros deseos sexuales de unos cuantos fascistas. Prohibida

en numerosos países, fue estrenada en 1975 tras la muerte de su polémico

director, una de las figuras más influyentes del cine italiano que

desarrolló su obra entre los años 60 y 70 y de las cuales podemos destacar

grandes películas como “El evangelio según San Mateo”(1964) o “El decamerón”

(1971) entre otras.

La primera palabra que se me viene a la cabeza al recordar las imágenes de

esta película es “impactante”. Pier Paolo Pasolini nos ofrece en esta obra casi dos

horas de escenas espeluznantes y, porque no decirlo, repugnantes, que no

dejarán indiferente a nadie tras su visionado. Violaciones, torturas,

ejecuciones, y un sinfín de atrocidades, entre las cuales me impactó

profundamente la del banquete con heces como plato principal. Pero, ¿hay

algo más tras estas crudas imágenes? La respuesta es sí. Una fortísima

influencia de la filosofía de Nietzsche (al igual que en las ideas

fascistas) impregna toda la película. En la mansión donde se desarrolla la

acción los esclavos sexuales tienen prohibido cualquier tipo de

manifestación de carácter religioso, siendo esta penada con la muerte. Dios

ha muerto, los fascistas han tomado su trono y se erigen como superhombres

sobre el resto de los seres, sintiéndose con derecho a usarlos para

satisfacer sus deseos. No obstante, estos deseos son inmorales y

abominables, de la cual deducimos que poder absoluto otorga libertad total

sobre el resto de hombres, lo cual desemboca en decadencia moral. Aquellos

que además conozcan los textos del Marque de Sade reconocerán los discursos

del mismo sobre el genocidio del pueblo perpetrado por el poder en nombre

del desarrollo llevados hasta sus últimas consecuencias.

Todo esto se encuentra aderezado con una fotografía de localizaciones interiores bastante

buena, que convierte a la mansión donde se desarrollan los hechos en un

templo de depravación, y una banda sonora obra de Ennio Morricone que

resulta inferior comparada con otras de sus creaciones.

Saló, ¿film de carga filosófica o simple depravación visual?. En mi opinión

lo primero, pero considero que Pasoloni se recrea enfermizamente en muchas

de las escenas y diálogos, creando un ambiente demasiado angustioso y

desagradable. Si quieren salir de dudas les recomiendo que la vean y que se

atrevan a situarse a uno de los lados de esa delgada línea que en esta

ocasión separa el arte de lo obsceno.

Pablo Suarez A.

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