• Por Antonio Méndez

Dirección: Ernst Marischka
Intérpretes: Romy Schneider, Karl Heinz Bohn, Magda Schneider, Uta Franz.

Con guión de Ernst Marischka (“Sissí Emperatriz”, “El Destino De Sissí”).

La duquesa de Baviera Ludovika (Magda Schneider) y sus dos hijas, las princesas Helene (Uta Franz) y la pizpireta y despreocupada Sissi (Romy Schneider), se dirigen a una recepción del emperador de Austria Francisco José (Karl Heinz Bohn) para intentar concertar la boda de Helene (llamada familiarmente Nene) con el joven y apuesto monarca. Finalmente el emperador se enamorará de Sissi.

Cuento rosáceo protagonizado por la malograda actriz vienesa Romy Schneider, quien, gracias a esta interpretación se convirtió en una de las actrices más populares de Europa en la época de los cincuenta.

sissi-romy-schneider-fotoEste famoso título, basado en la relación entre Francisco José I de Austria e Isabel de Baviera, hará las delicias de los amantes de las historias románticas en ambientes de lujo y esplendor. Vestidos fastuosos, grandes estancias palaciegas y actividades lúdicas propias de las raleas monárquicas es lo que encontramos en este humilde relato histórico, fabulación amorosa bastante banal pero visible por su agradable colorido (los paisajes naturales son espléndidos), cierta excentricidad en los secundarios, y simpleza emocional en una amable propuesta que incluye momentos cómicos de parodia policial e identidad oculta.

Los buenos sentimientos que culminan con el previsible “todos felices, todos contentos” y la cursilería general corroboran esa sencillez y apacibilidad melosa (a veces empalagosa) del conjunto.

Como curiosidad indicar que la actriz que interpreta a la duquesa de Baviera es la verdadera madre de Romy Schneider.

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Romy Schneider


Esta primera entrega de la trilogía sobre Sissi, la emperatriz austriaca, es tan edulcorada como funcional dentro de ciertos límites, sin embargo no creo que sea del todo inofensiva, pues a pesar de abogar por una trama rosa pastel, crea una imagen errónea sobre Elizabeth de Austria.

El objetivo de Ernst Marishka es claro, el director creó una trilogía para entretener al público de la posguerra europea (la trilogía abarca de 1955 a 1957) tomando la mítica imagen de una emperatriz que dejó la vida pública después de haber cumplido treinta años de edad, siempre con un abanico en mano o portando un hermoso velo sobre su cara, la emperatriz había decidido que su rostro sería recordado joven y que pasada cierta edad ella dejaría de mostrar su envejecido cutis.

Elizabeth de Austria tuvo una visión espectacular, creó un mito alrededor de su imagen, el de una mujer preocupada por su cuerpo, su cara, con un gusto por los viajes (de incógnito) a Grecia, Italia, Hungría, España y otros países en Europa, siempre hastiada de la corte, la monotonía y el encarcelamiento, se podría decir que le gustaba la socialité, pero con ello no podemos decir que fuera una dama de sociedad, pues nunca se le preparó para ser emperatriz y por eso sufrió de muchas maneras, ya fuera por la manipulación de su tía y suegra (la archiduquesa Sofía), el desprendimiento de sus hijas, así como la tortura de dar un heredero al trono y el hecho de que su único hijo varón muriera bajo circunstancias totalmente misteriosas y escalofriantes, después de ello optó por un luto permanente.

Por todo lo anterior el director supo sacar una versión tan utópica como onírica sobre dicha emperatriz, una historia, que si bien muestra a Sissi como un alma en busca de la libertad, también la expone como una niña tontorrona y despreocupada.

El problema es que incluso dentro del descafeinado cuento de hadas, los personajes se presentan sin profundidad alguna, son un conjunto de personas que se mueven aquí y allá con un vestuario tan elegante como ocasionalmente kitsch, entre grandes palacios y hermosos parajes, con diálogos fútiles que hacen poco creíble la versión “clásica” de Sissi emperatriz, y es aquí donde se encuentra su mayor ofensa, pues crea una imagen no sólo falsa y mal lograda, sino perdurable en la mente de los espectadores que creen que Sissi era sólo una mujer que disfrutaba de ver animalitos a través de las ventanas y a príncipes en lindos carruajes, y aunque fue la figura jovial de la juventud dentro de su corte, Sissi era impasible, siempre quería más, llegar más lejos, algunos comentan que tenía una fijación por el infinito y lo inalcanzable.

Aún así se puede apreciar la película, encabezada por la carismática Romy Schneider (a quién le costaría desprenderse del personaje de la emperatriz) como un producto palomero y sensiblero de los años cincuenta, que de alguna manera funciona mejor que algunos de nuestros productos palomiteros del siglo XXI.

Lucio Rogelio Avila Moreno

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