• Por AlohaCriticón

UN FINAL MADE IN HOLLYWOOD (2002)

Director: Woody Allen

Intérpretes: Woody Allen, Tea Leoni, Treat Williams, Debra Messing.

Val Waxman (Woody Allen) es un director de antiguo prestigio, que ahora mismo tiene que sobrevivir económicamente rodando anuncios publicitarios. Su gran oportunidad de retorno al éxito le llegará cuando su ex mujer Ellie (Tea Leoni) proponga a su actual compañero, el productor Hal Yeager (Treat Williams), la contratación de Waxman como director.

Ante las primeras reticencias de Hal, Val terminará siendo contratado. Lamentablemente, quedará ciego temporalmente, lo que le puede impedir llevar adelante el rodaje. Con la ayuda de su agente (Mark Rydell) y el traductor chino (Barney Cheng) del operador, intentará proseguir su trabajo sin que nadie se percate de su ceguera.

La verdad es que en estos tiempos que corren, de achicado valor artístico, lánguidas películas de autores de mucha perorata y nada interesante que contar, junto a montones de títulos significados por cansinas pautas efectistas de corte imberbe, es todo un privilegio contar con una mente tan lúcida y mordaz como la de Woody Allen, todo un maestro del séptimo arte que puntualmente ofrece al cinéfilo un placentero caramelo fílmico, para saborear sin lasitud y con empatía en sus propuestas intelectuales y miramientos sarcásticos.

Es de esos autores, como Ford, Welles, Hawks o Wilder, que su gran categoría como cineasta, hace que cualquier título menor de su filmografía sea una película mayor de cientos de mediocres realizadores de ínfima categoría que, especialmente en los Estados Unidos, gozan de un mimo popular más elevado que este genial director neoyorquino, véase gente como Ron Howard (con la melifua “Una mente maravillosa) o Michael Mann (con el plomo “El Dilema”).

El planteamiento de su cine, inteligente y crítico con la realidad social y cultural de su país, está ensalzado por una sencilla pero meditada plasmación cinematográfica, alejada de la fatua ostentación visual, siempre dotada de agilidad rítmica y aposentando sus méritos en la escritura de perspicaces textos y en la creación de ingeniosas situaciones cómicas.

En esta deliciosa película, Allen, desde su autodefinición neurótica e hipocondríaca y con el habitual aporte de relaciones sentimentales hombre/mujer de retumbos misóginos, utiliza una ligera sátira y una entretenida farsa para burlarse de su propio estatus como director de culto europeo, a la vez que incomprendido por la crítica y público de su país.

También emplea metafóricamente la ceguera para ironizar sobre los procedimientos del cine actual de alto presupuesto, enfocados simplemente a la comercialidad y al beneficio, la poca imaginación de Hollywood con el abuso de remakes (la película que está rodando es un remake) o el presunto talento de ineptos directores cuya propuesta no sobrepasa una limitada y extrafalaria visión, cuando la narración tiene que gravitar en dotar de clara información, sea descriptiva o sensitiva, sobre la materia tratada al espectador, sin abusar de maniobras de estilo de naturaleza onanista.

La base del éxito de una comedia, al margen de la validez de sus objetivos temáticos, es que la construcción de los gags logre la provocación de la sana carcajada. Aquí existen momentos de slapstick muy logrados, algunos diálogos y frases resultan sublimes y la interacción entre los personajes y sus respecivas tipologías y características psicológicas depara momentos muy divertidos.

Las interpretaciones son de primer orden, entre las féminas, Tea Leoni y Debra Messing están soberbias (Tiffani-Amber Thiessen, por su parte y en su breve aparición, muestra una anatomía explosiva) y entre los varones, Treat Williams (cuantos años han pasado desde “Hair”), George Hamilton y especialmente Mark Rydell, cumplen a la perfección su papel.

El final, un tanto abrupto, y la sobrante relación paterno-filial como detonante psicosomático, son algunos puntos flacos de una película muy recomendable, como casi todas las de su hacedor.

Siempre se comenta que al cine de Woody Allen o se le ama o se le odia, sin posturas medias. Sinceramente, quien no ama su cine, no ama el cine, el cine de verdad, no narraciones de fantasmas y fantasmones.

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Woody Allen

Tea Leoni

Debra Messing

Mark Webber

Tiffani-Amber Thiessen

La última entrega, fiel a su encuentro anual con todos los espectadores, detractores o partidarios, del genial director Woody Allen, no hace mas que corroborar lo que desde “Desmontando a Harry” es algo mas que un hecho: Allen esta en uno de sus mejores momentos cinematográficos.

Con las obras de los últimos cinco años da un giro hacia la comedia de sus inicios pero lo hace con una madurez y una mesura que convierte sus peliculas en entretenimientos interesantes y reflexivos, nada huecos y para efectistas. La conclusion seria que su capacidad creativa pasa por un muy buen momento, dando a sus peliculas verdaderos toques y giros que bien podrian hacernos pensar en geniales maestros del giro argumental como Lubitsch o Billy Wilder, de los que, no solo ahora sino siempre, Woody Allen ha sabido recoger influencia y talento.

En “Un Final Made In Hollywood”, Allen reflexiona elegantemente sobre el propio medio en el que esta inmerso realizando una critica efectiva, mordaz y divertida sobre Hollywood.

Un Hollywood que desde la vision de Allen, reniega del talento y el sentido comun, gobernada por personas que en su vida han visto una pelicula y que ,incluso, ni siquiera conocen lo que significa e implica el cine como forma de expresion, arte o como quiera que lo llamemos.

Por fortuna para todos, Allen no esta inmerso en esta industria en la misma proporcion ni de la misma manera en que estan la mayoria de los directores de Hollywood.

La tirania del productor, larga y prolija en la Historia de Hollywood (véanse casos como los de Orson Welles, Von Stroheim, y tantos y tantos) no tiene en Allen ningun sustento: como el dice, “gracias a personas tremendamente generosas”, puede trabajar razonablemente en libertad, lo que nos permite disfrutar cada año con su entrega puntual y fiel, llena de elegancia y no exenta de reflexiva ironia.

Es una suerte que lo tengamos tan vivo y tan en forma.

Marco José Bernal

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