Cuando dos genios se encuentra sólo puede realizarse una obra maestra como "El Proceso". La homónina novela del escritor checo Franz Kafka filtrada por el barroquismo y expresionismo del gran Orson Welles en un apabullante ejercicio de ética y estética, que permite a su director horadar en los mecanismos opresores de la sociedad burocratizada, gracias a esta brillante trama en clave paranoica y surreal, que angustia en un proceso mimético al de Josep K. al espectador envuelto por esta locura visual.
El entramado judicial es el objetivo empleado por Welles y Kafka para exhibir esta acción opresora, ejercida por todo el mecanismo de un sistema corrupto, prevaricador y desalentador.
El ciudadano medio, confundido en medio de una guerra que ya tiene perdida de antemano, espera tranquilamente una ley salvadora, que después del transcurso del tiempo abre sus puertas para que el aguardante sea devorado por las propias normas y condiciones de una comunidad alienante. |  |
En este acerado documento cinematográfico, iniciado con un inteligente prólogo basado en el relato corto de Kafka "Ante la ley", Welles utiliza su excepcional manejo estilístico para crear una atmósfera opresiva y asfixiante, con bizarras angulaciones y encuadres llenos de fuerza, empleo del gran angular, soberbia puesta en escena, claroscuros y un magistral uso del montaje.
"El proceso", con música de Albinoni, es un alucinógeno título a redescubrir, que se encuentra a la altura de los mejores y más admirados trabajos de su ilustre autor e intérprete, quien realiza aquí una soberana interpretación, al igual que Akim Tamiroff, Romy Schneider y un extraordinario Anthony Perkins encarnando a Joseph K.
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Orson Welles
Anthony Perkins

La puesta en escena es magnífica, recreando unos ambientes tan opresivos y surrealistas como narra el propio argumento de la novela de Franz Kafka. A las imágenes acompaña una música que lleva muy bien el ritmo de la película, con golpes rápidos de jazz en los momentos de más agobio, para acentuar así el desconcierto que vive el personaje y, a su vez, el espectador, así como el leitmotiv sonoro, el cual da una emotividad y sensibilidad a otras escenas de mayor lucimiento visual y estilístico. Quizás los diálogos, algo cargantes, ralentizan algo el ritmo de la película. Anthony Perkins me parece sencillamente genial, bordando un papel sin duda hecho a su medida, y trasladando al espectador esa sensación de opresión y desconcierto que experimenta su personaje, Joseph K. Destacar también algunas escenas sobresalientes, como aquella en la que Joseph K, rozando ya la locura y perseguido por una jauría de niños, va a visitar al pintor oficial de los jueces para pedirle ayuda: el ritmo es trepidante, los primerísimos primeros planos de los ojos observando a través de los huecos de la habitación creando así un clima asfixiante, y la persecución posterior con la música de jazz golpeando cada paso de la carrera de Perkins, son de una belleza visual extraordinaria. Sin olvidarse, por supuesto, de la escena final, la cual no podía acabar de otro modo, el apoteosis del desenlace en el que el silencio antes de la explosión hace más inquientante aún si cabe ese gran momento final de suspense. Película, por tanto, muy recomendable para los amantes del buen cine.
Mª José Osorio
Es esta melodía la que se manifiesta como significante de un
significado, cada vez que percibimos su presencia nos acordamos de la puerta
infranqueable por el buen cliente, nos acordamos del guardián que no permite
pasar al hombre, así, obtenemos su verdad; la desesperación de un hombre que
necesita acceder a la cumbre del poder y el drama de su derrota.
Orson Welles puso un especial interés por los decorados, la estación de tren
parisina Gare D'Orsay aporta a la historia ese espacio catastrófico que le
correspondía. En la escena en la que la lisiada porta el baúl de la Srta.
Burstner, vemos un fondo sin vida, triste, los edificios cuadrados son de un
color uniforme y todas las ventanas y puertas están perfectamente alineadas
como si quisieran expresar el orden del sistema, podríamos hallarnos ante
los decorados de un filme bélico, todos los edificios y calles están viejas,
las paredes se caen y a medida que K abre más puertas la realidad se
presenta más cruda.
El autor plasma la naturaleza de los personajes a través de los picados y
contrapicados que reflejan la locura surrealista de la trama. Su personaje,
el abogado Hassler, aparece retratado como un hombre seguro, firme,
codicioso y despiadado, la cámara lo enfoca desde abajo para acentuar su
carácter, esto contrasta con la información que el cliente del abogado
aporta a K acerca de la verdadera posición de Hassler y el aspecto demacrado
de las habitaciones de su casa, además, el detalle de utilizar velas en vez
de luz eléctrica, reflejo de las condiciones del magistrado, hace que la
fastuosa vivienda parezca más tenebrosa, oscura y misteriosa. Por otro lado,
los policías también son retratados desde abajo para acentuar su duro y frío
aspecto, los ángulos contrapicados también son utilizados en el caso de los
ayudantes de su oficina, se les ve como artimañas, casi causantes del caos
que afronta K, aparecen y desaparecen en escena como fantasmas, como si
pertenecieran al imaginario del protagonista.
El director americano emplea de forma extraordinaria ambos ángulos para
mostrar el triple carácter de Joseph. En ocasiones, cuando se siente
superado por las circunstancias, Welles utiliza picados, se nos presenta a
un hombre débil, abatido, indefenso y desesperado, nos transmite su
confusión y delirio de forma que nos sentimos consternados por el asunto. En
otras, se nos presenta a un hombre decidido a acabar con la farsa que
encierra el tribunal, un hombre que intentará defender como él mismo dice
"un principio" y al que no le importarán las posibles consecuencias de la
amenaza( como anuncia el inspector en la terraza de la pensión) que
representa ante el sistema. Anthony Perkins, a través de su excelente
interpretación, nos facilita las herramientas para contemplar la paradoja
del filme, él denuncia la inaccesibilidad del poder, rechaza la vanidad de
las autoridades, del abogado, de Leni y de la señora Grubach pero no se
percata del paralelismo de su actitud con las que el odia. K rechaza
entrevistarse con su prima Irmie cuando va a visitarle, él alardea ante
todos los que puede que es un importante director muy ocupado (en toda el
filme no se le ve ni una sola vez trabajando) y que, como él dice "la gente
espera semanas para verme". ¿Es por ello culpable?.
Orson Welles muestra perfectamente el carácter de las puertas, a través del
sonido de la puerta al cerrarse y con ayuda de la música, refleja todo lo
que la acción (cerrar o abrir) implica. Joseph recorre toda una serie de
laberintos, pasadizos, pasillos que conducen inexorablemente a una puerta
tras otra. No es extraño que Welles filmara en el segundo plano del filme
esa puerta blanca y fría qua la Srta. Burstner le cierra y que no se atreve
a volver a cruzar. Desde este punto de vista, K es retratado como un cobarde
incapaz de flanquear los obstáculos que se interponen en su camino. En la
escena en la que Hassler le dice "llevar cadenas es a veces más seguro que
ser libre" y él, furioso, rompe la puerta al salir, sentencia su final
puesto que ha decidido no esperar a que el guardián le permita la entrada;
además, cuando Perkins está en la sala del tribunal junto con la esposa del
ujier, no osa leer los libros para comprender los pasos a seguir en su
asunto o cómo defenderse, se limita a decir que le está vetado saber de
leyes; cuando Leni le ofrece la llave de la casa del abogado, con la que
podría entrar y revisar documentos para averiguar qué rumbo tomaba su
proceso, la rechaza. Es su vanidad lo que le impide aceptar la ayuda de los
demás.
La ineficacia del sistema se muestra en el proceso, cuando K recorre las
oficinas se ve claramente la inutilidad de la burocracia, cientos de
trabajadores fabricando, personas que realizan una función pero que no saben
más allá de ello. Welles refleja este absurdo gracias a la profundidad de
campo, que le permite encuadrar todo el espacio y al ángulo picado, que
refuerza la sensación de que esos trabajadores son solo "hormigas" de una
inmensa cadena que no tienen importancia. El caos se muestra con toda su
crudeza en la escena en la que Perkins visita al pintor, los gritos de las
niñas eufóricas corriendo por las escaleras agobian tanto al personaje como
al espectador; comprendemos que K se maree, el reducido espacio rodeado de
maderas maltrechas en el que quedan huecos por los que las niñas acosan al
protagonista con su mirada. Welles confiere esta importancia a los ojos para
reflejar que K está siendo observado en todo momento, esa mirada penetrante
de las niñas, los policías, los oficinistas e incluso de la señora Grubach (al comunicarle que ella piensa que le han detenido por algo abstracto).
El final de "The Trial" es, sin duda alguna, absurdo, como todo el filme.
Cuando los policías detiene a K y se lo llevan a un descampado, pasan por
delante de la escultura en honor a la justicia, recordemos la escena en la
que Joseph atraviesa ese mismo descampado para ir a su interrogatorio, el
campo está lleno de personas con un número colgado de su cuello, sucias y
demacradas( nos recuerda a un campo de concentración), K no mira a esas
personas ni muestra compasión. Esta vez el campo está vacío, los policías le
tiran en el foso, le acuestan y se disponen a cortarle el cuello( la
justicia no tiene rostro). El director refleja lo humano de los policías al
no poder cortarle el cuello, se pasan el cuchillo uno al otro sin decidir
cual de ellos aplicará ese elemento abstracto e intangible, con alas en el
filme. Al final, cuando K ríe nos damos cuenta del verdadero drama del
protagonista, sentirse culpable sin saber por qué.
"El Proceso" es un filme diferente, polémico, íntimo y absurdo, Orson Welles,
con su innegable maestría, logra transmitirnos la trama tan compleja que se
inicia con el indescifrable libro de Kafka. En la primera secuencia del
filme, el director aclara que esta película no encierra ningún enigma ni
misterio que resolver, y es esto lo que nos agrada; aunque sabemos que todo
es un absurdo y que nada va a llegar a buen puerto, estamos esperando hasta
el último instante para saber qué es lo que hizo nuestro protagonista para
tener que soportar todas esas calumnias y locuras. Deseamos saber sobre
todo, si es inocente o culpable porque como siempre, caemos en la trampa de
pensar que hay una razón y una verdad indiscutibles para toda realidad, no
nos damos cuenta de que, si alguien puede juzgar al protagonista, somos
nosotros y no la justicia.
Calabaza
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