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A pesar de que el cuerpo de la trama carece de consistencia, esta película es sumamente disfrutable por la prodigiosa interactuación entre los caracteres animados y los personajes de carne y hueso, y por la aceptable simbiosis entre el cine negro de la época clásica y las características más delirantes de los dibujos animados protagonistas.
Iniciada con un sensacional corto animado de hilarante conclusión (el bebé es uno de los personajes más jocosos del film) la película fluye en formato de comedia jugando con ingenio con multitud de clichés del género negro y utilizando doctamente el frenético slapstick propio del universo del cartoon, concluyendo con una parte final bastante trepidante pero desafortunadamente abigarrada que tiene la valía de poder contemplar en agradable armonía a la mayoría de los grandes nombres de la animación del periodo, desde el Pato Donald hasta el Pájaro Loco, Bugs Bunny o Mickey Mouse pasando por Pinocho, Betty Boop, el Pato Lucas o Campanilla.
El trabajo técnico dirigido por Richard Williams es admirable, como así es también la actuación del británico Bob Hoskins, recreando con suficiencia el típico detective solitario y resentido del cine negro.
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Robert Zemeckis
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