Contratado por David O. Selznick, el gran Alfred Hitchcock aterriza en Hollywood y realiza su primera obra maestra en tierras estadounidenses con esta hechizante adaptación de la novela de Daphne du Maurier, narrada, fotografiada (Oscar para George Barnes) e interpretada de forma magistral.
Contada en flashback, el film permanece como uno de los pocos (junto a "Carta a tres esposas") en que un personaje ausente es el motor principal de las situaciones, Rebeca, una hermosa mujer que causa una tremenda atracción personal entre hombre como mujeres. Hitchcock acomete esta historia de obsesiones, memorias, pasiones y celos amorosos con su habitual e inconfundible capacidad cinematográfica: soberbia presentación y desarrollo de personajes, intensidad en la acción, majestuosa realización y narración con sutiles movimientos de cámara que atrapan sabiamente al espectador (es usual en Hitchcock desplazar la cámara al personaje principal cuando un diálogo presente en la escena ya ha ejercido su función emocional a pesar de que éste continúe; también es única su elegancia en la evolución de planos para enfatizar sentimientos de un personaje, una acción o un escenario desde el pequeño detalle a lo general o viceversa).
Los personajes más interesantes y que son manejados lúcidamente por el maestro son el de Joan Fontaine, una mujer dominada por los recuerdos de Rebeca que va acumulando un enorme complejo de inferioridad y el Judith Anderson, que encarna espléndidamente a la ama de llaves de Manderley, enamorada de la anterior esposa y celosa de la posesión del grandioso edificio.
Es tan enorme el talento cinematográfico de Sir Alfred que hasta se le subliman sus famosas transparencias.
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