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Dirigida por el interesante Hal Ashby y producida, escrita (junto a Robert Towne) y protagonizada por Warren Beatty, "Shampoo" es una comedia agridulce que despliega una sátira sobre los tejemanejes eróticos establecidas entre gente de diferente ámbito social, ubicados en el lujoso barrio angelino de Beverly Hills.
La farsa sexual se ve salpicada con momentos dramáticos de introspección vital, ansias de medraje económico con el atractivo físico como medio, una evaluación moral sobre la promiscuidad genital y algunos miramientos a las pautas políticas y culturales de la época, retrotrayendose a la cultura psicodélica de finales de los años 60 con la utilización de la música de Paul Simon y las canciones de gente como The Beatles, Buffalo Springfield, Jimi Hendrix Experience o The Beach Boys.
En el reparto encontramos a la bella Julie Christie, la minifaldera Goldie Hawn, una joven y lolita Carrie Fisher y los espléndidos Jack Warner (nominado al Oscar) y Lee Grant (ganadora del Oscar), defenestrada en los años 50 por la deplorable Caza de Brujas que supo recuperar su carrera cinematográfica a finales de la década de los 60 gracias a su talento interpretativo.
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Hal Ashby
Julie Christie

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Megalomanía: dícese del rasgo de carácter en virtud del cual las personas que lo
poseen, tienden a considerarse el centro del universo y a pensar que, en
atención a sus méritos, todo y todos cuantos le rodean han de rendirle
admiración y pleitesía. Y, aunque pudiera pensarse, a tenor de tal definición,
que se trata de un rasgo poco habitual, o poco extendido, existen ciertos
territorios, generalmente lindantes con lo que se da en llamar el mundillo
artístico, en los cuales campa a sus anchas, siendo fácilmente encontrable en un
buen número de sus especímenes.
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Por ejemplo, en Hollywood. Por ejemplo, en Warren Beatty. No es, ciertamente, el
único caso, ni, posiblemente, el más digno de reseña, pero sí que constituye un
paradigma de cómo algunas estrellas han llegado a convertir su carrera en una
suerte de exaltación continua de su ego desmenelado. Y es en ese contexto en el
que una película como Shampoo puede ser apreciada en su más justa medida, si la
consideramos un jalón más destinado a apuntalar el éxito comercial de su
fáctotum principal (que, cual émulo de Juan Palomo, no se limita a
protagonizarla, sino que, además, la coescribe y la produce: ¿quién habló de
cabos sueltos...?).
Comedia de enredos sexual-sentimentales a la mayor gloria de su protagonista, no
resulta complicado comprobar en qué sumo grado ese peluquero guapo, atolondrado,
indeciso y seductor que atiende al nombre de George Roundy viene a ser una
especie de trasunto poco camuflado de la propia estampa de Beatty, ya por aquel
entonces (mediados de la decada de los 70) una estrella en pleno apogeo, cuya
fama de amante de rendimiento estajanovista, capaz de dar cumplida satisfacción
a buena parte del star-system femenino hollywoodiense, empezaba a adquirir
dimensiones legendarias. Y no puede sorprender, en consecuencia, que a sus
encantos se rinda sin remisión todo un elenco de actrices de gran nivel,
encabezadas por Julie Christie y Goldie Hawn, cuyos personajes -cuyas no muy
abundantes neuronas han debido de cambiar su residencia habitual, trasladándose
del cerebro a un punto bastante más próximo a la entrepierna- parecen
imposibilitados de todo punto para ofrecer la más mínima resistencia a los
arrolladores modos de nuestro ínclito estilista capilar.
Y poco más que tomar en consideración, porque la película flojea
considerablemente en todo aquello que debería dar consistencia al planteamiento
apuntado: su trama es bastante insustancial, y nunca termina de despegar de los
tópicos más manidos de la subcorriente genérica en la que cabe enmarcarla -y de
la cual,en todo caso, sólo se aparta ligeramente, y más en una cuestión de
formas que de fondos, por sus audacias en la visión de las relaciones sexuales:
algo lógico, si tenemos en cuenta que la acción se sitúa en el año 1968, en
plena era del flower power y el amor libre, al calor de efluvios psicotrópicos
varios...-; y su pretensión de constituirse en un retrato social de unos
determinados grupos y estratos representativos de la época en que centra la
historia, tampoco termina de cuajar, lastrada por el excesivo peso que adquiere
su personaje protagónico, el cual eclipsa y arrolla al resto de personajes que
giran demasiado en rededor suyo.
Que, pese a los apuntes efectuados, Shampoo tuviera, en su momento, un éxito
relativamente fuerte, no deja de tener su lógica y explicación, dadas sus
connotaciones transgresoras en un momento histórico en que el cine
estadounidense aún no era muy dado a permitirse ciertas alegrías desde un punto
de vista moral. Pero, vista en la perspectiva que ofrece el paso de casi treinta
años, no me cabe sino concluir que, más allá del envejecimiento que pueda
aquejar, por motivos obvios, a sus elementos formales y accesorios (decorados,
vestuarios, maquillajes, peinados, etc...), se trata de un film al que las canas
no le sientan nada, nada bien. Y a buen seguro que este problema ya no lo podrá
arreglar un estilista a la búsqueda de un establecimiento propio; ni aún
llamándose Warren Beatty... Manuel Márquez
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