A raíz del megaéxito de las películas de Quentin Tarantino que recuperaban con una textura moderna y ultraviolenta los viejos thrillers de serie "b" y las negras historias que convergían en las páginas de las revistas ilustradas baratas llamadas pulp, muchos discípulos han surtido las pantallas de medio mundo con relatos de estilo similar tanto en su continente como en su contenido.
Uno de ellos es el británico Guy Ritchie, quien tras "Lock & Stock" (1998) vuelve a ofrecer con ingentes dosis de testosterona otra parecida propuesta con esta narración gangsteril repleta de mucho humor y más virulencia (aunque ésta se utilice en varias ocasiones de forma socarrrona y cínica) en la que confluyen ladrones de diamantes, gángsters americanos y británicos, boxeadores calés, mafias rusas, perros comelotodo y granjas porcinas. |  |
La cantidad de situaciones conexas que les ocurrirán a los diferentes y singulares personajes que pueblan el guión de Ritchie serán la esencia de una película coral nada desdeñable en la cual el padre del segundo hijo de la diva del pop Madonna se recrea jugando con el tiempo y el espacio, aplicando en su frenética narrativa un hiperbólico uso del montaje, el split-screen o el slow motion, utilizados dentro de un conjunto de gran derroche visual como recursos expresivos que funcionan de manera efectiva al saber armonizar la imagen con la cadencia y el tono interno que manejan las diferentes escenas del film.
La concesión a la excesiva y fácil atracción por la hemoglobina, a los diálogos elementales y a la factura de spot publicitario termina por perjudicar levemente a un rítmico título, simpático y muy divertido en el que destaca un magnífico e hilarante Brad Pitt encarnando a un púgil gitano de plática poco comprensible.
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