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Tiburón (1975) de Steven Spielberg - Crítica
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TIBURON (1975)

Director: Steven Spielberg.
Intérpretes: Roy Scheider, Richard Dreyfuss, Robert Shaw.

En la turística población costera de Amity Island los ataques de un tiburón blanco está causando el pánico entre sus residentes y visitantes.

El jefe de la policía local Brody (Roy Scheider), requerirá la ayuda del ictiólogo Hooper (Richard Dreyfuss) y de un veterano marino llamado Quint (Robert Shaw) para acabar con el temible pez.

Después de su brillante telefilme "El diablo sobre ruedas" y su primera y fallida incursión en pantalla grande con "Loca evasión", el joven Spielberg facturó con esta pelicula su primer gran trabajo y monumental éxito en el box-office.

"Tiburón" es un meritorio anque sobrevalorado film, valioso en muchos aspectos. Se trata de un notable ejemplo de cine de aventuras más que de terror. La película se sostiene con intensidad durante todo su desarrollo, con tenso pulso narrativo y conseguida sensación climática, alcanzando su punto culminante en las impresionantes secuencias de la cacería del escualo, llevada a cabo por el estupendo trío protagonista, un honesto e hidrófobo policía, un afable científico y un malhumorado y vehemente marino.

Basado en un best-seller de Peter Benchley, aquí también co-guionista y con ecos de la perturbadora novela de Melville, "Moby Dick", especialmente en el personaje de Shaw, el film ofrece también una ácida mirada al choque entre los intereses económicos y el sentido del deber, así como a la diferenciación entre la teoría y la práctica, la presunta bisoñez y la agria experiencia.

La película, con un notable montaje y trabajo de producción (el tiburón fue diseñado por Joe Alves) y contando con la galardonada música de John Williams, se convirtió en un fenómeno social que provocó que las playas se poblaran de medrosos bañistas.
Fue posteriormente imitada hasta la saciedad, seguida así mismo por unas secuelas muy inferiores.

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Steven Spielberg
Richard Dreyfuss
Robert Shaw


Comienza el verano y la pequeña localidad costera de Amity Island se dispone a vivir, un año más, su temporada de sol y playa, atractivo para un turismo que constituye la principal base de su sustento y bienestar económico. Sin embargo, en esta ocasión, hay algo que viene a perturbar gravemente la paz habitual de los baños en el lugar, y es la aparición de un enorme escualo que, a su tremendo tamaño y amenazador aspecto, une una voracidad que parece no conocer límites. Caen las primeras víctimas, y, ante el pánico que se desencadena entre la población, y las amenazas de ruina para la prosperidad local, quedan pocas alternativas que no pasen por la caza y captura del terrible animal. La empresa no será tarea fácil, ni muchísimo menos...

Año 1975. Nos encontramos en la mitad de una década desastrosa desde el punto de vista cinematográfico; el nivel medio de calidad de las producciones ha descendido de manera alarmante, y parece ser que el único recurso para atraer al público a las salas es el de la espectacularidad rampante y desmedida. Es la época de máximo esplendor del denominado cine de catástrofes: La aventura del Poseidón, El coloso en llamas, Terremoto, Hindenburg... Se trataba de reunir a un elenco de estrellas decadentes pero con renombre, y situarlas en el epicentro de una orgía de polvo y cascotes de más de dos horas tan repletas de efectos especiales (aun con todas las limitaciones de la época, tremendamente espectaculares) como carentes de imaginación.

En ese contexto, y al calor de esa moda, surge Tiburón; incluso, desde un punto de vista promocional, su propuesta se acercaba bastante a las de los productos antes mencionados. Pero había un pequeño factor diferencial. ¿Pequeño? No creo que sea factible hablar de algo pequeño cuando nos referimos a alguien que si, precisamente, por algo se caracteriza es por dotar a todo lo que le rodea de un halo de grandiosidad (no siempre acompañada de grandeza en idéntico grado...). Sí, señores, era el mago Spielberg el que dirigía la película, y el que, con un punto de partida tan convencional como el de la enésima historia del monstruo gigantesco que persigue y devora, terminaba por cuajar una auténtica obra maestra del género de suspense, situada ya en los anaqueles de las grandes, no sólo por sus resultados comerciales (impresionantes, desde luego), sino también por sus indudables méritos artísticos.

De todos modos, y curiosamente, en Tiburón, suspense, lo que se dice suspense –entendido éste en sus términos lógicos de imprevisibilidad de las situaciones y generación de sobresaltos de ánimo basados en la incertidumbre acerca de los giros de la trama-, hay más bien poco.
En cambio, sí que hay angustia, mucha angustia, y ése es también un elemento psicológico que suele rendir excelentes resultados cuando se cierne sobre la sala de butacas. Esa angustia opera mediante la puesta en marcha de unos mecanismos de funcionamiento del monstruo para los que Spielberg ya había demostrado enormes habilidades en una excelente predecesora de ésta, realizada pocos años antes –concretamente, en 1971, aunque a España no llegó hasta muchos años después (1987)-, y en la que ya se apuntaban buena parte de las fórmulas narrativas explotadas a fondo en Tiburón.
Me refiero a la celebrada Duel, una producción televisiva en la que un misterioso y enorme camión persigue sin descanso a un agobiado y desconcertado Dennis Weaver. También en ésta, al igual que en Tiburón, hay un dominio extraordinario del tempo narrativo (Spielberg nos vuelve casi tan locos como al protagonista) y, sobre todo, una tenacidad e implacabilidad en su ansia persecutoria (que, en el caso del tiburón, se transforma en una contumacia tremenda: el bicho es incansable y pronto llegamos al convencimiento de que sólo con su destrucción se puede detener esa voracidad depredadora), cuya constatación es la que nos desazona y nos hace revolvernos intranquilos en el sillón.

Desde esos presupuestos (la insaciabilidad del monstruo y la ineludible necesidad de eliminarlo), se estructura la película en dos partes perfectamente diferenciadas: la primera, que podríamos etiquetar como de “presentación estelar y primeros estragos”, nos ofrece los ataques del tiburón en la playa, reiterados, electrizantes, sangrientos. Aquí tenemos angustia a raudales, bien pautada a base de movimientos de cámara convulsos y nerviosos y una planificación muy enérgica.
Esta parte se cierra con una especie de interludio preparatorio, antes de dar paso a la segunda y definitiva (tras la presentación y buena parte del nudo, hay que terminar de anudar la historia, y darle un desenlace a la altura...): la de la persecución, en la que Spielberg va a tener ocasión de mostrar no sólo su maestría técnica, a base de una sucesión inagotable de alardes visuales y un sostenimiento magistral del ritmo (el crescendo que nos lleva al clímax final está medido con diapasón), sino también sus habilidades (tan tramposas como cada cual las quiera considerar, pero habilidades, al fin y al cabo) para el desarrollo de los aspectos humanos de la trama. Nos encontramos aquí con tres personajes (el cazador, el policía y el biólogo) que, diferentes hasta lo antagónico (algo bastante lógico, dado lo tremendamente distinto de sus idiosincrasias), sólo tienen en común el objetivo que los reúne en un mismo lugar y una misma acción, a la que cada uno acude impulsado por motivaciones que tampoco guardan la más mínima relación las unas con las otras (¿o quizá, en lo más profundo, sí...?).
Ese contraste, en todo caso, enriquece el perfil humano de la historia, consiguiendo que la misma, aun sin alcanzar las profundidades psicológicas en que sí se introdujeron films posteriores de Spielberg (hasta cierto punto, claro está: todo tiene un límite, que, para este rey Midas, siempre se sitúa en ese pequeño recinto que suele estar antes de la puerta de entrada del cine donde se despachan las entradas...), no se quede en lo meramente espectacular (aun cuando tampoco quepa desdeñar las innegables connotaciones metafísicas, religiosas y de otra índole que de la lucha entre el hombre y el monstruo siempre derivan: desde la literatura griega hasta las películas japonesas de los 50, sobrados ejemplos ha habido de ello).

Después de ésta, vinieron muchas más: con más taquilla, con más calidad, con más prestigio (también hubo, cómo no, algún que otro patinazo antológico); una evolución natural cuando se goza de un talento tan desbordante como el de Steven Spielberg. Pero, en todo caso, ¿cabe mayor logro, y especialmente cuando se aborda este género, que el de conseguir que uno, en esas ocasiones en que va a la playa, ya no sea capaz de introducirse en el mar sin una pizca de desasosiego y recelo... por lo que pueda venir?

M. Márquez

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