 | NADIE CONOCE A NADIE (1999)
 Director: Mateo Gil
Intérpretes: Eduardo Noriega, Jordi Mollá, Natalia Verbeke, Paz Vega.
Simón (Eduardo Noriega) es un joven aspirante a escritor que se gana la vida realizando crucigramas para un periódico sevillano. Comparte piso con Sapo (Jordi Mollá), un profesor de inglés que odia la Semana Santa, al igual que siente aversión por los habitantes de la capital andaluza.
En medio de las celebraciones religiosas acontecen varios actos criminales que comienzan a sembrar el pánico entre la población hispalense. Los atentados son iniciados con un ataque con gas sarín a través de una imagen de la Virgen. |
Debut en largometraje del director y guionista Mateo Gil, el encargado de co-escribir las primeras películas de Alejandro Amenábar y especialista (junto a Amenábar) en intentar bucear en fenómenos socioculturales (muy coyunturales) para elucubrar películas con mucho estilo pero (si se escarba tras su apariencia) con poco o nulo meollo.
Si en “Tesis” se servían de las snuff movies como detonante del mecanismo intrigante para crear una trama de cierta enjundia y en “Abre los ojos” utilizaban la realidad virtual para crear un título medianamente interesante, ahora le toca el turno a los juegos de rol.
Basándose en una novela de Juan Bonilla, Gil nos despliega las ansias de destrucción de un chalado con aspiraciones de sabotear la festividad de la Semana Santa en Sevilla.
A este thriller le sobra artificiosidad en la trama y le falta un guión más sólido y compacto, expone personajes, hechos y comportamientos y rara vez los explica con suficiencia. El manejo de los personajes es fallido, los femeninos no aportan nada, los masculinos están poco desarrollados y la relación entre los mismos, derivada de su implicación en el asunto, resulta exigua y veleidosa.
La búsqueda de una atmósfera de suspense, con alguna que otra escena conseguida, termina por languidecer debido a al despliegue de una historia poco plausible, sin profundización y con clichés (no puede faltar la típica confusión onírica y el pasaje ilusorio sexual sinsentido) y sin la incisión psicológica deseable, debiendo roturar con mayor ahínco en el enfrentamiento entre los principales caracteres y en la sensación de desazón de los habitantes de la ciudad hispalense para lograr una gradación más enfermiza y nervuda, contrastada con la quietud de la fiesta religiosa.
La máxima valía es el escenario sevillano y la aceptable interpretación de Jordi Mollá.
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