Ejercicio nostálgico del singular director y guionista Spike Lee, quien retrotrae la acción al año 1977 en la ciudad de Nueva York. Contada en flashback y utilizando como trasfondo los actos criminales de un psicópata en el caluroso verano del citado año, Lee establece una mirada interesante pero un tanto excesiva y caricaturesca a los ambientes dominados por la violencia, el punk (con una remembranza al mítico local CBGB), la música disco (con el furor discotequero de la época en contraste con el escenario punk), las drogas y el sexo, con imágenes videocliperas, subrayados gratuitos, diálogos cargantes y una historia que no carece de atractivo vinculada al asesino que da título a la película.
Lo más destacable es la aportación interpretativa de John Leguizamo como actor principal y de Adrien Brody en el papel de seguidor acérrimo del grupo The Who entusiasmado por el gran disco “Who’s Next”, la estilosa realización de Lee, algunas escenas que recogen en parte la esencia de la época y la singularidad de unos personajes de futuro incierto residentes en el distrito del Bronx. Lo menos sobresaliente son los aportes románticos del film y, sobre todo, la insuficiente definición de la psicología del serial killer.
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John Leguizamo
Adrien Brody
John Turturro

Al mismo tiempo, Richie (Adrien Brody), un antiguo vecino, vuelve al barrio completamente cambiado: se ha convertido en un músico punk que actua en locales suburbiales y se gana la vida haciendo streaptease en clubes gays y ofreciéndose como chapero a los clientes. Su llegada al lugar dónde creció levantará recelos y amenazará con romper la frágil estabilidad de un vecindario que “el hijo de Sam” tiene aterrorizado.
Cuando se tiene una buena historia entre manos, y ésta lo es, ya se tiene mucho ganado. Si además se puede contar con buenos actores y se acierta con las localizaciones, es posible que el resultado sea una buena película. Pero si además eres Spike Lee, lo más probable es que el proyecto acabe convirtiéndose en un film magnífico, aunque no sea del gusto de todos, ya que, si algo se le da bien a este director es retratar, con exactitud y, recientemente, de manera objetiva, los odios y tensiones de la sociedad americana, haciendo una crónica, no ya de la América profunda, sino del Nueva York marginal.
“Nadie está a salvo de Sam” tiene un ritmo continuo, marcado en ciertos momentos por una banda sonora excelente, y se constituye en una encadenación perfecta de secuencias sin pausa, en la que cada fotograma es causa del siguiente y consecuencia del anterior. Nada le sobra a su guión, que no deja cabos sueltos, ni a la construcción de sus cinco personajes principales, aunque si cabe decirse que los secundarios quedan algo desdibujados, como ocurre en otras películas de Spike Lee. Lejos de formar parte directa de la acción, actúan realmente como un elemento de soporte, un telón de fondo amenazador.
Retrato de toda una época y de unos personajes particulares y concretos a un tiempo, recrea con bastante fidelidad unos espacios actualmente desaparecidos, entre los cuales la mítica discoteca 54, a la vez que reconstruye todo el tejido social de un barrio en crisis, constituyéndose en un magnífico drama coral que vale la pena ver. Muy, pero que muy recomendable.
Eva Pesquera
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