Ingmar Bergman adopta un poema medieval sueco con incisión en su habitual miramiento religioso, basando su relato en una serie de contrastes al ubicar la historia de venganza y pérdida de inocencia en la confluencia próxima entre el bien y el mal, la perversión y la pureza, la candidez de una vida de ensueño y la cruda realidad. Todo desarrollado en un contexto de espiritualidad, superstición e inquebrantable fe, a pesar de la existencia de un Dios al que difícilmente se intenta comprender cuando la devoción y la limpieza virginal es vejada por el “maligno” y aquel no hace nada por impedirlo.
El meollo del relato, sin utilización de música, resulta muy sencillo, pero la fascinante traslación fílmica del autor sueco enaltece la simpleza de los hechos, con su maestría en la puesta en escena, en el manejo del tempo, en el desabrimiento tonal de carácter naturalista, o en la absorbente concepción de planos, provocando que la película tenga mayor interés del que la llaneza de la fábula podría suponer.
“El manantial de la doncella”, un film excepcionalmente interpretado como es norma en los títulos de Bergman, conseguiría el Oscar a la mejor película de habla no inglesa, pero resulta inferior a otras obras del director nórdico, como “Fresas salvajes”, “El silencio” o “El séptimo sello”.
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