Roland Emmerich es un digno heredero de Irwin Allen, uno de los máximos exponentes del cine de catástrofes (“La aventura del Poseidón” o “El coloso en llamas” llevan su firma) que tan popular se hizo en la década de los 70, y, como Emmerich, un obsesionado de los efectos especiales, de la aventura, de la fantasía, de la ciencia-ficción y sobre todo, de la destrucción.
El director alemán retoma su fascinación por destrozar ciudades, en especial la de Nueva York, para firmar un título espectacular, de personajes básicos y trama formulista que sigue sin rubor los cánones de títulos previos del subgénero con una orgía de efectos especiales, gracias a los cuales consigue convertir la catástrofe en belleza, conformando un festín visual muy atractivo, una popcorn movie vacía, superficial, poco realista, pero llena de emociones, ritmo y diversión.
Livianos trazos de sátira política y reflexiones ecologistas en un título escapista que supone un aceptable ejemplo de cine de catástrofes, en lo que lo más importante es conseguir dotar de intensidad a las situaciones y otorgar un derroche visual que permita al espectador liberarse de su presente y transportarse a urgentes situaciones fabuladas durante dos horas.
Cuando se ocupe en desarrollar mejor los personajes, se sepa crear mayor tensión dramática, se trabajen los diálogos, se eliminen algunas subtramas de escaso atractivo y se olvide de absorber el guión por parte de la tecnología, estos títulos épicos de mensaje apocalíptico serán pequeñas obras maestras del entretenimiento. Mientras tanto sirven para pasar un buen rato, lo que ya resulta suficiente.
Enlaces
Dennis Quaid
Jake Gyllenhaal
Emmy Rossum
© Aloha Criticón. Todos los derechos reservados.
|