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Las invasiones barbaras (2003) de Denys Arcand
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LAS INVASIONES BÁRBARAS (2003)
Director: Denys Arcand.
Intérpretes: Rémy Girard, Stephane Rousseau, Marie-Josée Croze, Dorothee Berryman.


Rémy (Rémy Girard) y Louise (Dorothee Berryman) están divorciados, residiendo su hijo Sébastien (Stephane Rousseau) en Londres. Las diferencias personales de Sébastien y su padre se verán aparcadas cuando Rémy sea hospitalizado en Montreal a causa de una enfermedad terminal y Sébastien regrese para reanimar a su madre y procurar una existencia más llevadera a su padre, reuniéndolo con las personas que fueron más significativas en su vida.



No puede presumir Dennys Arcand de originalidad al situar como epicentro alrededor del cual gira la trama de sus invasiones bárbaras -título, por cierto, que induce bastante a la confusión, habida cuenta las escasas referencias que el guión hace al motivo del mismo, y su escaso peso como elemento argumental-, la reunión de un grupo de amigos: este ya fue un leit-motiv para films como Reencuentro (The big chill), de Kasdan, o Los amigos de Peter (Peter's friends), de Branagh; incluso él lo utilizó anteriormente en El declive del imperio americano (Le déclin de l'empire americain), de la cual esta su última película viene a suponer, precisamente, una suerte de coda final, o continuación con broche de cierre.

Sin embargo, esa falta de originalidad no priva a su propuesta de una riqueza intrínseca, que es la que deriva de una mirada profundamente humana a sus personajes y circunstancias y una exquisitez en el tratamiento de las situaciones argumentales, todo ello envuelto en un ritmo narrativo suave y cadenciado, que convierten a esta película en una de esas pequeñas joyitas que, más allá de sus posibles fallas y debilidades -que también las tiene, desde luego-, hacen de su visionado una experiencia tan amena (desmintiendo al tópico que pretende identificar lo entretenido con lo insustancial) como ilustradora sobre la condición de este animal social a cuya especie, en mayor o menor medida, pertenecemos todos los espectadores.

El drama de esa experiencia vital fronteriza que constituye el último tránsito, es tratado por Arcand con un planteamiento, valga la paradoja, tremendamente desdramatizador, a base de salpimentar la peripecia de su protagonista, Rémy, con multitud de situaciones más o menos gratas, cuando no abiertamente cómicas; y ello, sin perder perspicacia en la visión, una agudeza desde la cual el director critica, de forma despiadada -si bien con un punto de sonrisa seráfica-, fenómenos de la más diversa índole: desde la sacralización del vil metal (poderoso caballero...) como motor que todo lo puede hasta la ineficiencia de administraciones e instituciones, presas de desidias y corruptelas, o el fariseísmo social ante el mundo de la droga, pasando por el eterno desencuentro generacional entre una vieja gauche divine cultista y comprometida y una nueva escuela de jóvenes cachorros (de la cual el hijo de Rémy, Sebastien, constituye paradigma perfecto) cuyo único culto -convicto y confeso- es el que se profesa por el becerro de oro.

Si bien no será ésta una película que perdure en nuestra memoria por sus alardes técnicos o formales -algo por lo que muestra escasa preocupación-, a buen seguro que las reflexiones a que nos induce nos acompañarán de manera persistente y positiva; eso sí, con una dulce sonrisa en los labios: ¿quién dijo que la vida era un valle de lágrimas?

Manuel Márquez

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