No puede presumir Dennys Arcand de originalidad al situar como epicentro
alrededor del cual gira la trama de sus invasiones bárbaras -título, por cierto,
que induce bastante a la confusión, habida cuenta las escasas referencias que el
guión hace al motivo del mismo, y su escaso peso como elemento argumental-, la
reunión de un grupo de amigos: este ya fue un leit-motiv para films como
Reencuentro (The big chill), de Kasdan, o Los amigos de Peter (Peter's friends),
de Branagh; incluso él lo utilizó anteriormente en El declive del imperio
americano (Le déclin de l'empire americain), de la cual esta su última película
viene a suponer, precisamente, una suerte de coda final, o continuación con
broche de cierre.
Sin embargo, esa falta de originalidad no priva a su propuesta de una riqueza
intrínseca, que es la que deriva de una mirada profundamente humana a sus
personajes y circunstancias y una exquisitez en el tratamiento de las
situaciones argumentales, todo ello envuelto en un ritmo narrativo suave y
cadenciado, que convierten a esta película en una de esas pequeñas joyitas que,
más allá de sus posibles fallas y debilidades -que también las tiene, desde
luego-, hacen de su visionado una experiencia tan amena (desmintiendo al tópico
que pretende identificar lo entretenido con lo insustancial) como ilustradora
sobre la condición de este animal social a cuya especie, en mayor o menor
medida, pertenecemos todos los espectadores. |  |
El drama de esa experiencia vital fronteriza que constituye el último tránsito,
es tratado por Arcand con un planteamiento, valga la paradoja, tremendamente
desdramatizador, a base de salpimentar la peripecia de su protagonista, Rémy,
con multitud de situaciones más o menos gratas, cuando no abiertamente cómicas;
y ello, sin perder perspicacia en la visión, una agudeza desde la cual el
director critica, de forma despiadada -si bien con un punto de sonrisa
seráfica-, fenómenos de la más diversa índole: desde la sacralización del vil
metal (poderoso caballero...) como motor que todo lo puede hasta la ineficiencia
de administraciones e instituciones, presas de desidias y corruptelas, o el
fariseísmo social ante el mundo de la droga, pasando por el eterno desencuentro
generacional entre una vieja gauche divine cultista y comprometida y una nueva
escuela de jóvenes cachorros (de la cual el hijo de Rémy, Sebastien, constituye
paradigma perfecto) cuyo único culto -convicto y confeso- es el que se profesa
por el becerro de oro.
Si bien no será ésta una película que perdure en nuestra memoria por sus alardes
técnicos o formales -algo por lo que muestra escasa preocupación-, a buen seguro
que las reflexiones a que nos induce nos acompañarán de manera persistente y
positiva; eso sí, con una dulce sonrisa en los labios: ¿quién dijo que la vida
era un valle de lágrimas?
Manuel Márquez
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