Si hay algo que la obtención de un Oscar suele otorgar a aquellos directores que
gozan de la inmensa fortuna –y/o mérito- de alcanzarlo (y ése es el caso de
Garci, que lo consiguió –a la mejor película en lengua no inglesa- con Volver a
empezar, en 1981), es la posibilidad de hacer, a partir de ese momento, aquellas
películas que quieren hacer, y, además, hacerlas de la forma en que quieren
hacerlas: o sea, ese mirlo blanco, o maravilloso sueño, que atiende al nombre de
libertad creativa –aunque, a veces, el sueño dorado termine convirtiéndose en
una espantosa pesadilla: es el caso en que el autor termina siendo el esclavo de
su propio estilo, de sus propias formas (pero son éstas disquisiciones que se
escapan del limitado objeto de estas líneas)-. Garci, consciente del
privilegio, y, como hombre inteligente, buen sabedor de cuán absurdo sería el no
aprovecharlo, lo ha exprimido a conciencia, y, en ese aspecto, “El abuelo”
constituye paradigma señero (para lo mejor y para lo peor) de lo que su cine es
y representa: en cualquier caso, un empeño y un producto muy, muy personales.
El abuelo es una película ambiciosa, tremendamente ambiciosa –algo poco habitual
por los pagos de nuestra cinematografía: no todos pueden ni quieren...-; un film
de aliento amplio, con una historia de empaque y profundidad –basada en un
relato de uno de los más insignes novelistas del XIX español, Benito Pérez
Galdós-, y en la que, al hilo de un episodio familiar de fuerte carga dramática
(hasta alcanzar cotas de verdadero desgarramiento), asistimos a un espléndido
retrato de un mundo decadente (el de la aristocracia terrateniente de las
postrimerías del siglo), cuyos códigos éticos –con el honor como santo y seña- y
pilares de sustentación para su funcionamiento –la desigualdad de nacimiento
llevada hasta el borde de la tumba, como base de todo el sistema social y
económico-, están empezando a desmoronarse, cuando no entrando en barrena de
manera alarmantemente rauda.
Y Garci nos brinda la historia sin escatimar medios en ninguno de los rubros
técnicos ni artísticos: se toma su tiempo, sin que la posibilidad de que el
metraje se alargue en exceso le preocupe lo más mínimo, y no tiene problema
alguno en adoptar un tempo tranquilo y premeditadamente demorado, el más acorde
al retrato de ese mundo en que la trama se desenvuelve; despliega esa trama en
una diversidad (y riqueza) de escenarios, tanto interiores como exteriores,
descomunal y bellísima –además de maravillosamente bien fotografiada (excelente
el trabajo de Raúl Pérez Cubero en ese apartado); y cuenta con un conjunto de
intérpretes soberbio, no sólo por la calidad individualmente contemplada de
todos y cada uno de sus componentes, sino por el perfecto ajuste de cada uno de
ellos a los requerimientos de su personaje, ya sean éstos principales o
secundarios (y en tal consideración incluyo a Cayetana Guillén Cuervo, que cubre
con suficiencia las exigencias de su altiva y algo seca condesa Lucrecia
Richmond, pese a que cupiera pensar que se trataría de una elección más influida
por condicionantes afectivos que estrictamente profesionales).
De todos modos, si hay un actor que brilla sobremanera por encima de los demás,
y no sólo por el carácter absolutamente protagónico de su personaje, el conde de
Albrit, ése no es otro que el simpar Fernando Fernán-Gómez, grande entre los
grandes, que suma con ésta a su inmenso catálogo de soberbias creaciones
actorales una más, y de las mejores, sin ningún género de dudas. Si ya su
presencia física determina una exhibición imponente –con sus ropones negros y
su luenga barba rojicana enmarcando un rostro surcado de mil y una arrugas, en
el que destacan por encima de todo dos ojos de brillo luciferino-, su despliegue
declamatorio y gestual, cargados de un histrionismo que los excesos del
personaje le reclaman con toda propiedad, alcanza un nivel sobresaliente a lo
largo de toda su actuación, si bien llega a alcanzar algunas puntas de altura
ciertamente vertiginosa: la secuencia en la que el conde reprocha ácidamente a
su círculo de “amistades” de Gerusa el intento de recluirlo en un monasterio
cercano, con un “repaso” pormenorizado para las lindezas de cada uno de ellos
(esa voz de ultratumba, bramando cual trueno restallante, sobre un silencio de
pasmo) constituye todo un curso de intepretación y bien vale por toda una
película.
En suma, una actuación extraordinaria para una película notable: no faltan en
ella, no obstante, algunos apuntes de lo que el peor Garci también es capaz de
ofrecernos –la ñoñería en la concepción (y desarrollo de la actuación) de los
personajes infantiles, las dos nietas del conde, cuyo constante plañir lastimero
y bobalicón (a lo que contribuye un doblaje infame) termina haciéndose
exasperante; o la falta de habilidad en el despliegue de un contrapunto
humorístico al dramatismo que recorre el nervio central de la trama, a través
del personaje de Pío Coronado, que, pese al notable trabajo de Rafael Alonso,
resulta un tanto torpe y deslavazado-; pero terminan constituyéndose en
elementos que no llegan a restar, desde la perspectiva de una valoración global,
excesivos puntos a una producción de enorme calidad. No deja de tener su mérito
que una historia que, a cargo del alguien con menos pericia, hubiera podido
terminar, perfectamente, resultando plúmbea y soporífera, se nos pase en un
suspiro (de dos horas largas, pero suspiro, al fin y a la postre...): en ese
sentido, Garci da en la tecla y consigue, con “El abuelo”, uno de sus films más
celebrados e interesantes –y no resta a tal consideración un ápice de su validez
el hecho de que, incapaz de resistir el embate del “ciclón Almodóvar”, con la
celebrada (y maravillosa) Todo sobre mi madre, la cosecha final de los numerosos
Goya a que optaba (hasta un total de diez) se viera, finalmente, limitada a uno
solo (el de su actor protagonista). Manuel Márquez
Enlaces
José Luis Garci
Fernando Fernán Gómez
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