Takeshi Kitano (o Beat Takeshi, según le veamos como actor o director) nos
regala otra de sus raras joyas en una nueva adaptación del ninja Zatoichi.
Si bien este personaje no es muy conocido en España, en China y en Japón lo
es hasta tal punto que se han filmado varios filmes acerca de esta leyenda
del "samurai ciego". También Estados Unidos lanzó su propia versión, "Zatoichiana", con
un Rutger Hauer en horas bajas interpretando a tan peculiar (¿y popular?)
samurai.
Hay que decir, por encima de todo, que esta se trata de la película más
comercial del director, capaz de realizar ejercicios de suma maestría (“Punto de Ebullición”, “Hana-Bi”, “Flores de Fuego”, “Brother”) como ejercicios
poseedores de cierto maniqueísmo narrativo (“Dolls”, su última película antes
que esta).
Por gracia (o por desgracia para algunos), Kitano vuelve a sus
origenes fílmicos con su ya tradicional uso de la violencia enlazado con
secuencias de (sorprendente) delicadeza. En esta ocasión nos presenta un
uso de la violencia que sirvió como "aperitivo" a lo que iba a ser "Kill
Bill" (curiosamente ambas películas compartieron el premio del público en el
festival de Sitges). Esto es, chorros de sangre exagerados, destellos de
violencia inesperados, sablazos y espadazos sin ton ni son y un guión
milimétrico que indaga en la personalidad de cada personaje lo justo y
necesario (recordemos que se trata de una película de ¿acción?).
Principalmente, y lo que en mi opinión representa, el gran acierto de la
película es que además se atreve a ofrecernos ¡¡números musicales!!
Preciosos e inesperados, estas cortas secuencias ayudan a disuadir un poco
el tono violento del film hacia una cosa menos seria. Y hacen que el ritmo
de la película nunca se ralentice, cosa favorable para esta película.
Sería imposible clasificar el film, porque, aunque la acción predomina por
encima de todo, lo cierto es que encontramos un terrible dramatismo en ella
y un desternillante sentido del humor (véase si no el gordo que va corriendo
por el campo semidesnudo).
Además juega con los elementos ya clásicos de su
cine, como son los yakuzas y sus lealtades y algunas escenas dignas del
mejor Coppola (refiriéndome a El Padrino). Lo cierto es que todo en Zatoichi
es acertado y su director sabe manejar con pulso firme cada secuencia, por
muy distinta que sea de la anterior. Eso sí, aunque no nos pongamos de
acuerdo acerca del genero de la película (¿melodrama?¿musical de
acción?¿cine gansteril?), lo cierto es que, queramos como queramos verla,
cada imagen desprende un cierto aroma a poesía épica que deja un buen sabor
de boca.
Estéticamente perfecta, argumentalmente aceptable y entretenida a rabiar, lo
cierto es que no sabemos si Kitano quería demostrar al mundo de una vez por
todas lo buen director que es (cosa que ya no hace falta) con esta película
o si se quería poner a la altura de Kurosawa. Pero, sea como sea, este film
es una pequeña rareza que mucha gente ha pasado por alto injustamente y que
merece ser recordada como lo que es: una joya más de la larga lista de
películas hechas por este hombre.
Y por si fuera poco nos muestra un desenlace imprevisto y un número músical
final que, si lo anteriormente visto era sorprendente, entonces no podemos
hacer otra cosa que quitarnos el sombrero y aplaudir al verlo. Motivos de
sobra para escribir con letras de oro el nombre de Takeshi Kitano en la
lista de los grandes autores de cine de los 90, que de aquí en adelante, nos
deparará joyas como este “Zatoichi”. De eso sí estoy convencido.
Juan Francisco Fernández
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