Karl Freund es uno de los grandes fotógrafos de la historia del cine, pieza clave en películas míticas de gente como Fritz Lang, Tod Browning o F. W. Murnau. Su trabajo como director es escaso pero valioso, así lo manifiesta este clásico título de la Universal producido por Carl Laemmle, “La momia”, en donde el mito egipcio alcanzó elevadas cotas de lirismo con su sentido etéreo y refinado de la narración, de la atmósfera hechizante y de la plasmación sugerente de un romanticismo mágico envuelto en sombras y misterio, captado por una cámara templada y móvil, de desplazamientos elegantes.
El extraordinario Boris Karloff vuelve a crear, tras su éxito anterior con “Frankenstein”, un personaje memorable, con su porte majestuoso, voz mesmerizante y unos ojos hipnóticos, que dentro de una índole mágica sabe humanizar los sentimientos de un monstruo implicado en una bella historia de amor prohibido e imposible, en donde para Freund y su guionista John L. Balderston es mucho más importante sugerir que mostrar. El estupendo trabajo en maquillaje, al igual que el film dirigido por Tod Browning, fue realizado por el legendario Jack Pierce.
Lamentablemente, uno de los mejores momentos del film, el interesante flashback transcurrido en el Antiguo Egipto, fue cercenado en parte debido a la censura de la época.
Pese a ello el resultado es excelente, con momentos muy sugestivos, en especial los otorgados por la presencia magnética de Karloff (sin él la película perdería casi todo su poder letárgico), resultando ser uno de los mejores trabajos de Laemmle Jr. para la Universal dentro de su esencial ciclo de terror.
Una advertencia final para los amigos del cine-videoclip y acostumbrados a ritmo pachanga-MTV: manténganse alejados de esta cinta.
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Boris Karloff

Años después, un curioso personaje disfrazado de egipcio y que se hace llamar Ardath Bey (Boris Karloff) ayuda “desinteresadamente” a los ingleses a encontrar la tumba de la princesa Anckessen-Amon. Es su amada del pasado y él la confundirá con la persona de Helen Grosvenor (Zita Johann), acompañante de los miembros de la comitiva de Joseph Whemple (Arthur Byron), de cuyo hijo, Frank (David Manners), ella se enamorará realmente.
Concebida en el momento de máximo esplendor de la “Universal Pictures” y sus filmes de terror, supone uno de los trabajos más redondos y logrados de toda la carrera artística del inglés Boris Karloff, que logró una creación magnífica de un personaje que confunde e inquieta al espectador: sobre el papel es un egipcio con un fez en la cabeza y con una vestimenta típica de los habitantes del lugar. Sin embargo, su piel arrugada, su semblante extremadamente serio y su oposición a aceptar invitaciones y a que ni siquiera le toquen en el hombro, hacen sospechar poco a poco a los arqueólogos de que no es un ser humano corriente.
Las apariciones en primer plano con los ojos brillando en la oscuridad son acaso las imágenes más recordadas en la retina de los espectadores y le otorgan asimismo una tremenda veracidad y credibilidad a un ser capaz de hipnotizar y con una fuerza absolutamente sobrehumana, a la que sólo se podrá combatir con astucia.
Se trata, en definitiva, del mejor homenaje que ha realizado el cine al mito de la momia y el autor de esta obra maestra fue el otrora director de fotografía de “Metrópolis”, el clásico firmado por el alemán Fritz Lang.
Karl Freund acierta incluso en emplear la bella partitura de “El lago de los cisnes” para abrir la película, magníficamente introducida por las escrituras de Tot, (el Dios egipcio de la sabiduría que llevaba según la mitología un registro de las acciones de los muertos), donde muy oportunamente se nos recuerda que para los egipcios de entonces la muerte no es más que un estado temporal hacia una nueva vida; es decir, el alma puede recobrar la forma humana en miles de años si el cuerpo estaba adecuadamente conservado.
Es aquí donde entran en juego la realidad y la ficción, lo que sabemos acerca de las divinidades egipcias y el culto que esta civilización guardó a los muertos con lo que se nos relata en la narración...
El film nos cuenta la historia de un resucitado, de un alma en pena que todavía sueña con reunirse con su amada. Si en el pasado fue enterrado vivo y su nombre borrado del ataúd al intentar resucitar a escondidas a su amada con un pergamino, se debió a que lo arriesgó todo por recuperarla: cuando miles de años después tiene ocasión de recobrar la vida, no dudará en emplear sus poderes para conseguirlo. Por ello, el espectador se verá dividido en ocasiones entre el amor terrenal y verdadero entre Helen y Frank, y el que siente Im-Ho-Tep por su antigua amada, que identifica erróneamente con Helen. Uno puede llegar a sentir lástima y compasión por tan siniestro personaje, pues su maldad, por así llamarla, no es irracional sino que le mueven los sentimientos.
Es posible que Karl Freund no le imprima todo el ritmo necesario a la narración y que la película se resienta de ello en algún momento; pequeños defectos, en definitiva, que quedan totalmente compensados con un elenco de buenos actores (superados todos ellos por Boris Karloff, que está inmenso) y con una excelente recreación de la historia fantástica de un mito que cobró vida y que se hizo realidad.
Son destacables, por último, la espléndida fotografía en blanco y negro, la ambientación, y esa gran sensibilidad y sentido del arte de la que hace uso el autor en muchas de sus escenas, especialmente en la que Boris Karloff se ha llevado hipnotizada a Zita Johann y, vestidos ambos de egipcios, realizan un viaje al pasado del protagonista.
En conclusión, una auténtica joya del séptimo arte, que conoció versiones posteriores que no han podido igualarla ni menos aún superarla. Salvador Linares
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