Hay algunos directores españoles a los cuales el hacer, o haber hecho, un buen
puñado de excelentes películas parece no otorgarles el prestigio necesario para
convertirlos en referentes señeros de nuestra cinematografía. ¿Será una cuestión
de falta de carisma, o de falta de presencia mediática –o de esto segundo
motivado por eso primero-? Algo debe haber de ello, y por ahí deben moverse las
motivaciones por las cuales el nombre de un director como Mario Camus no
aparece, casi nunca, cuando se habla de los grandes. Una injusticia, y una
auténtica lástima, porque eso priva de una mayor proyección a películas de una
calidad innegable, como es el caso de “El color de las nubes”.
“El color de las nubes”, que arranca de una idea –y guión- original del propio
director, es un relato recogido, intimista, que abraza diversos episodios o
sucesos que giran, en su totalidad, alrededor de un mismo eje: la batalla que,
por amor –por su recuerdo, su pervivencia- entablará la protagonista, Lola, en
pos de continuar habitando la vivienda en que fue feliz junto a su amado, ya
muerto, para lo cual tendrá que luchar contra la voluntad en contrario del hijo
de éste, Mateo. Destejiéndose al hilo de ese núcleo central, asistiremos a otras
historias que también cuentan con el amor como telón de fondo y motor de las
intenciones y movimientos de sus protagonistas, aun cuando sean otras formas de
amor, con otros trasfondos y motivaciones: el amor de Colo por Lola, o, más
bien, por la fidelidad a la memoria del amigo muerto, lo cual le moverá a
implicarse en un turbio negocio de drogas –a fin de conseguir el dinero
necesario para poder conservar la casa, enervando el desahucio que pesa sobre
ella (este episodio da pie a una trama secundaria de intriga criminal, en la que
Camus, a qué negarlo, no se desenvuelve con la misma soltura que con las
demás)-; el amor fraternal de Bartolomé y Mirza, los dos niños que recalan en
esa casa, uno huido y otro acogido, y ambos en busca de los afectos de los que,
por motivos tan dispares, carecen (y aquí el campo para la reflexión que se nos
ofrece, al hilo de una preciosa fábula moral, sobre los moldes de la sociedad
urbana bien pensante –y bien alimentada- es enorme); o el amor sencillo y sin
estridencias de Valerio por Tina, capaz de hacerle recapacitar y cambiar de
postura acerca de un asunto del que empieza ocupándose profesionalmente para
terminar abordándolo de manera personal –la fuerza del amor no radica en lo
tormentoso: el reflujo de la marea también existe en el mar calmo-.
Camus nos muestra estas “historias mínimas” con un narrar pausado y sereno, a
tono con el ambiente de esas costas y valles cántabros en que la misma está
rodada: un escenario físico que conjuga grandiosidad y recogimiento con la misma
naturalidad con la que se nos presenta el desarrollo de los hechos y que,
espléndidamente fotografiado, se convierte en un personaje más del film: es
difícil concebir esta historia, con su tempo reposado y la paz de espíritu que
transmite, ubicada en otro marco físico (de hecho, esta importancia del entorno
se ve acentuada por el contraste que se establece respecto a la gran ciudad,
monstruosa y acelerada, en la cual se desarrollan las secuencias
introductorias), y, en cualquier caso, la contemplación de las estampas que,
fotograma a fotograma, se van desgranando, ya constituye, más allá de la
historia contada, un estímulo suficiente y poderoso.
También hace méritos más que suficientes para su mención buena parte del plantel
de intérpretes, encabezado por una Julia Gutiérrez Caba, que, en un tono de gran
señora de la escena –ese terreno en el que se prodiga bastante más que en el
celuloide-, cuaja una soberbia creación de su personaje: la mezcla de amargura
soterrada y dignidad herida que constituyen la médula de su carácter y actitud,
es conseguida a través de una presencia imponente, toda contención y mesura, que
esconde mucho más de lo que muestra. Por otro lado, no es la única
interpretación de alto nivel: a pesar de lo que proclaman los tópicos acerca del
trabajo de los niños y los animales en el cine, las prestaciones de los dos
chavales –Pedro Barrejón y Adis Suijic- están plenamente acordes con el fuerte
peso de sus personajes en la trama y ambos cuajan, con una naturalidad
desarmante, dos actuaciones muy buenas (algo muy meritorio, si se tiene en
cuenta, sobre todo, la dificultad a que se ven sometidos en la mayoría de sus
presencias, dominadas por el silencio, con lo que ello conlleva de limitación en
las herramientas expresivas); y en lo que respecta al trabajo de los
secundarios, no se puede obviar la mención de dos nombres, en particular: José
María Doménech, cuyo Colo, lleno de una sensibilidad callada y sencilla, se
erige como uno de los puntales de la historia; y Blanca Portillo, la madre de
Bartolomé, que, con mucha menos presencia en pantalla, se alza como una
auténtica revelación (de hecho, su trabajo en esta película le valdría una
nominación al Goya como mejor actriz revelación).
Resulta evidente, a tenor de lo comentado, que a aquellos que buscan en pantalla
emociones fuertes y acción trepidante, no les seducirá en lo más mínimo la
propuesta que Camus plantea con una película como ésta; pero si lo que va
buscando el espectador es una bella historia bellamente contada, podrá contar
con la completa seguridad de que El color de las nubes puede ser un film de su
interés, que, además, cuenta con el regalo añadido de unas magníficas
vistas –calido y rendido homenaje- de esas tierras tan salvajamente hermosas de
Cantabria; no es poca cosa, no. Manuel Márquez
© Aloha Criticón. Todos los derechos reservados.
|