Un western agridulce que toma algunas pautas en tono, desarrollo y personajes del exitoso film de George Roy Hill “Dos hombres y un destino” (1969), incluso recibiendo un título en español muy similar cuando en realidad se denomina originalmente “Wild Rovers”.
En esencia es una buddy movie del oeste, con la usual contraposición de personajes (en este caso joven-añoso) expuesta a nivel vital en claves elegíacas y deterministas, cansina en ocasiones, brillante en otras y realzada en su estética gracias al espléndido trabajo fotográfico de Philip Lathrop, quien nos proporciona con su saber hacer paisajes espléndidos, sean éstos nevados o áridos.
La película, con música de Jerry Goldsmith y pocos momentos de auténtica excitación, contiene un buen puñado de elementos clásicos del western: ambiente hombruno, persecuciones, peleas violentas en saloons, mujeres para que los personajes masculinos sacien su apetito sexual, escenarios abiertos, robos, partidas de póker y una espléndida doma de caballos, en este caso el de una yegua sobre la nieve, el mejor momento del film con una magnífica utilización lírica del slow motion.
Protagonizan esta elegía westeriana, agradecida de cara a su valoración en algunos sectores por su gradación lastimera, un crepuscular William Holden y un Ryan O’Neal que en aquellos momentos se encontraba en el cénit de su carrera.
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Blake Edwards
William Holden
Karl Malden