|
El interés y la atracción por curiosear en la vida íntima de los demás, lo
que vulgarmente se denomina cotilleo, son cualidades inherentes al ser
humano desde el principio de los tiempos (aunque pueda pensarse que es
un fenómeno relativamente reciente). Esta es la sintomatología ubicada en
el corazón humano que el realizador francés Patrice Leconte, disecciona
en su última película.
Con la personalidad que aporta a su obra ("El marido de la peluquera" o "El
hombre del tren", por citar algunas de sus recientes perlas), en donde el
común denominador es la captura de momentos emocionales entre dos
personas, Leconte nos adentra en la historia, con secuencias montadas
de forma alternativa, donde, por un lado, vemos las pisadas firmes del
personaje de Anna, interpretado por Sandrine Bonnaire, y por otro,
reparamos en la portera de la finca a la que se dirige, que está literalmente
pegada a la pantalla del televisor, absorbiendo un serial de campeonato (y
de medalla de oro asegurada).
El equívoco de la visita de Anna, da pie al inicio de la relación entre ésta y
William (Fabrice Luchini) sobre la que se sustentará la película y que, a fin
de cuentas, será su mejor baza. Efectivamente, de la confrontación de la
genial interpretación de Luchini, mezcla de perplejidad y de romanticismo, y
la Bonnaire insuflando sensualidad y nicotina al ambiente, saltarán chispas
y destellos de atracción que culminarán en el epílogo con el que concluye
Leconte su nuevo e interesante recorrido por la intrincada senda de la
mente y el alma.
A resaltar las gotas de humor que impregnan el relato, como por ejemplo,
las sesiones de psicoanálisis a las que se debe someter William con el
auténtico psicólogo para afrontar sus encuentros con Anna, o el baile que
ejecuta William (desahogo pasional donde los haya) que, dicho sea de
paso, deslumbra y sorprende. Alberto Alcázar
Enlaces
Sandrine Bonnaire
© Aloha Criticón. Todos los derechos reservados.
|