 |
LA ÚLTIMA PRIMAVERA (2004)
Dirección: Charles Dance.
Intérpretes: Judi Dench, Maggie Smith, Daniel Brühl, Natascha McElhone.


Ursula (Judi Dench) y Janet (Maggie Smith) son dos adorables, venerables
y ya ancianas hermanas que viven apaciblemente en su casita en
Cornualles, en la costa de Inglaterra. Un día la aparición de forma
accidental de Andrea (Daniel Bruhl), un joven polaco, trastocará la
rutinaria vida de las mujeres y originará cierto revuelo en la comunidad en
la que está integradas. |
Lamentable. La verdad es que Charles Dance no puede reprocharle nada a
nadie, salvo a sí mismo, porque lo tenía prácticamente todo para haber
aprovechado su estreno en la dirección.
Repasemos: tenía a dos divinidades de la escena inglesa, amén del elenco
que les acompañaba, tenía una historia que contar, no con mucho gancho
pero al fin y al cabo un proyecto en sí muy cinematográfico e incluso tenía
una excelente ambientación y un magnífico paraje para rodar los exteriores
(las escenas de interior fueron rodadas en los estudios Pinewood).
Pero Dance coge y como si fuera el cuerpo de nuestro protagonista,
Andrea (Daniel Bruhl), lo tira todo por la borda. Y es un suponer, porque la
aparición del virtuoso violinista en las costas inglesas, cual escualo
varado se tratara, es un misterio que no se nos desvela por causa de un
guión que no hay por donde coger.
Charles Dance, después de desarrollar una dilatada carrera en la
interpretación, ha querido asumir la responsabilidad de la escritura a partir
de un relato de William J. Locke y, viendo el resultado, debería haber
pedido asesoramiento a algún especialista en la materia.
De su pluma ha nacido una historia deslavazada, inconclusa en muchas de
sus partes e incoherente en algunas de sus escenas. Como muestra
valgan estos botones: ¿Hay o no hay historia de amor entre Bruhl y
Natascha McElhone? ¿Pudiera ser Bruhl un espía infiltrado en territorio
inglés? ¿Cómo es posible que la propia McElhone no presencie la puesta de
largo del joven prodigio que ella misma ha descubierto? Por no hablar de la
forma tan brusca de finalizar este descalabro fílmico.
En fin esperemos que, como reza el título, esta tarde primaveral sea la
última. Menos mal que al salir del cine la noche estaba despejada y podían
vislumbrarse los destellos de un par de estrellas que todavía brillan allá
arriba, en el firmamento interpretativo: Judi Dench y Maggie Smith. Sobre
todo ésta última, cuyo porte y elegancia no le han abandonado a pesar de
los años. Para quitarnos el mal sabor de boca, volvamos a recordarla
en "Mujeres en Venecia" (1967) de Joseph L. Mankiewicz. Por favor, ¡los
experimentos con gaseosa!
Alberto Alcázar
Dicen que la realidad supera la ficción, y hay a quien la circunstancia le sumerge en un estado tal de desesperación que anhelaría despertarse en otro país, en otro mundo desconocido, como es el caso del músico en este film, del que no es el único protagonista, pues las dos ancianas encarnadas por las geniales: Maggie Smith y Judie Dench, superan en tal manera y con creces la entidad emocional de todos los personajes de este relajado pueblo pesquero de Cornuelles en la escarpada y gélida costa oeste de Gran Bretaña, sin olvidar la más que buena interpretación tanto del doctor como de la cocinera (Myriam Margolyes) con sus curiosos toques humorísticos, que debemos reconocer que prevalecen frente a la interpretación de un hierático y aturdido violinista precoz, que no termina de convencer ni siquiera excusando su mudo misterio en el guión o por la limitación del idioma, ni en la calidad interpretativa, que queda en segundo plano tras las magistrales damas caritativas de la historia, las verdaderas protagonistas.
Este actor, Charles Dance, que irrumpe conmovedoramente en la dirección, ha conseguido internar al espectador en esta osada historia de sentimientos, en la que una vez más resalta la fuerza de personajes de avanzada edad que aún conservan la ilusión, y se atreve con un tema tan controvertido como el del amor en la senectud, y esa inspiración tan Shakespeariana de los celos, esa exhalación del enamoramiento que invade con indiferencia cualquier mente en la que aún permanezca la fuerza de la vida, ya sea de un joven o un anciano, una reflexión poética sobre la esperanza, el tiempo perdido, la soledad y el amor incondicional...
A pesar de cierta lentitud en el tempo, acorde con el drama y la sencillez de la vida rural y aldeana de un pueblo retirado que mira hacia el oeste (donde más allá del Atlántico se encuentra América), el guión gira en torno a ese aparente contraste entre el amanecer de la juventud y el ocaso en la edad senil, donde aún viven los recuerdos, y se potencia siempre a través del misterioso porvenir del joven y de la relación afectuosa del virtuoso violinista con las dos entrañables ancianas, sobre todo con Úrsula; y al final resulta una trama bastante interesante tanto por sus planteamientos como por la vida que transmiten las protagonistas, compensando los claroscuros del músico y su enigmático atractivo, que hacen que la película merezca una alta calificación, destacando además el acierto en la música y la fotografía, e instantes tan emotivos como el del momento en que la anciana traspasa el deseo latente y decide sentir el tacto de los cabellos del joven en sus manos, el mechón de esos frágiles cabellos que escapan al viento, como su juventud, la última primavera pintada y retratada por un impresionista y romántico violín.
Santiago Galván C.
Enlaces
Natascha McElhone
© Aloha Criticón. Todos los derechos reservados.
|