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Lo más terrible, después de presenciar "Nadie sabe", es tener la certeza
de que el relato de Kore-eda Hirokazu no es un cuento, no es una
composición poética, no es una fábula (como lo es la reciente "Hierro 3",
de Kim Ki-duk), sino que la historia que describe es una adaptación basada
en un hecho real acontecido en el mismísimo Tokio.
El mundo de la educación, sobre todo a nivel de documento sociológico, ha
sido retratado últimamente de manera exitosa. En nuestras retinas quedan
todavía restos de "Hoy empieza todo" (1999) de Bertrand Tavernier, o
de "Ser o tener" (2002) de Nicolas Philibert. En otra escala podría hacerse
referencia a la emblemática "Los cuatrocientos golpes" (1959) de François
Truffaut, obra que tiene mucho en común con el título que ahora se analiza.
En labores de dirección, guión, producción y montaje, Kore-eda Hirokazu
presenta su cuarto trabajo dentro de su escueta, pero agraciada
filmografía.
De una manera similar al recurso empleado por Martín Scorsese en "Uno de
los nuestros" (1990), en donde decide montar en el prólogo la violenta
secuencia que coincide con el declive del personaje de Ray Liotta; Kore-
eda Hirokazu incluye, como introducción, un plano medio de un Akira
desarrapado, y el inserto de su mano con las uñas sucias y acariciando
una maleta. El espectador no tiene todavía datos suficientes para sacar
conclusiones de la escena, pero al finalizar la película la situará en el
punto en el que Akira cae en el abismo.
La característica más sobresaliente de "Nadie sabe", es la atmósfera de
naturalidad que Kore-eda Hirokazu ha conseguido extraer de los infantes
y, especialmente, de Yuya Yagira que con su papel de Akira, obtuvo el
premio al mejor intérprete en el Festival de Cannes. Todo ello hace que el
film supere, prácticamente, el límite de la ficción y se ubique en el campo
del documental, con el añadido que supone saber que lo que se narra
acaeció de veras.
En este sentido, aunque con un sentimiento más dramático, uno se acuerda
de "La rosa púrpura del Cairo" (1985) cuando Allen brindaba la oportunidad
a Mia Farrow de traspasar la pantalla y formar parte de la trama. En esta
ocasión, ¿quién no hubiera sobrepasado ese umbral para echar una mano
a esos cuatro desgraciados? Siempre que no haya excepciones a esta
pregunta, estaremos salvados.
Alberto Alcázar
"Nadie sabe" refleja el paso del tiempo en las imágenes rodadas de sus protagonistas.
Hermosa película. Real y palpable retrato de una infancia descompuesta por culpa de una dulto irresponsable, inconsciente, inconsecuente...
"Nadie sabe" da al espectador una lección acerca de la ternura: el mundo de los niños olvidado en el mundo de los mayores; se vuelca la atención sobre Akira y sus hermanos, abandonados y condenados a sobrevivir en un espacio en el que no existen para nadie.
Y el tiempo pasa. Como las plantas que crecen más allá de los barrotes de la alcantarilla, Akira, un adulto artificial, hace que sus hermanos germinen fuera del espacio que los esconde de la ciudad de Tokio, más allá de un apartamento de 41 metros cuadrados e inevitablemente conducidos a un final lamentable y conmovedor (ante La tumba de las luciérnagas, los espectadores más aficionados al cine de animación ya se habían lamentado y dejado conmover por Miyazaki, con un recurso semejante... aunque eso es otra historia).
Puede que un sólo plano de esta película transmita más información que medio metraje de cualquier falso documental de los que tanto abundan en el panorama cinematográfico occidental actual, porque puede que la carga emocional pese más que los acontecimientos que levantan una historia sobre la nada, aún tratándose de sucesos reales.
"Nadie sabe2 pesa tras haberse visto y no porque cuente cosas especiales: porque hace que el espectador pueda verlas, mientras cambian porque pasa el tiempo, como todos saben que hizo Velázquez con la luz.
Villarquide
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