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Se adivinan ecos del cine de R.W. Fassbinder en este delirante melodrama
sobre un amor loco e improbable, malogrado por la fatalidad. Dos suicidas se
casan por conveniencia y acaban enamorándose contracorriente. El recuerdo de
una mujer muerta, una cultura que criminaliza la promiscuidad, la vida que
todo lo envenena. Como ocurría con el cine de Fassbinder, el mayor hallazgo
de este film es su honestidad. Faith Akin, partiendo de un material que
confiesa autobiográfico, mueve la cámara con las vísceras, sin considerar
siquiera si lo que cuenta, una historia pasional más allá del bien y del
mal, del crimen y la autodestrucción, puede parecer grotesca. Se agradece
ese ejercicio de sinceridad, desnuda como el filo de un cuchillo, incluso
cuando la película parece navegar sin rumbo, virando de la comicidad al
dramatismo, en un irremisible descenso a los infiernos.
El director hace gala de una poética de la imagen de una plasticidad
asombrosa, deudora de una cultura visual de estética pop. En la línea de
cineastas como Tarantino, piensa en fotogramas, hilvana secuencias y plasma
contradicciones, en un proceso inverso de lo ínfimo a lo absoluto. Cronista
del instante, recolector de emociones dispersas, de inspiraciones súbitas,
de melodías que evocan estados de ánimo. Akin, talento precoz, avalado por
su trabajo documental, demuestra la excelente salud del neorrealismo turco,
con destellos tan luminosos como la magistral Lejano de Ceylan, premio del
jurado en el Festival de Cannes.
Cinta que discurre en el filo de la navaja, salvaje, de una soterrada
violencia de la derrota y la soledad. Poema del desarraigo y el desprecio,
cine que se desangra gota a gota, canto a la desesperanza. No es cine de
emigrantes, apátridas por decreto, sino de abandonos, de alienaciones
irrespirables. Eventuales a perpetuidad, encarnados por dos amantes
imposibles, excesivos, ebrios de soledad, habitantes de un limbo de
autodestrucción y mudanza perpetua, con tendencias suicidas, rebelándose
contra la ruina de unas vidas fragmentadas.
Akin genera atmósferas, con un talento innato para la gestión del
hiperrealismo más feroz, reñido con las concesiones, y capaz de definir
romanticismos indigestos e imperiosos en condiciones extremas. Drama
romántico, de redenciones a través del amor, y de esperanza en los ojos del
otro, de violencia física, y psicológica, de sexualidades traumáticas que
marcan la pauta de este desolador retrato de almas torturadas. Magnífico
creador de imágenes, que combina sonidos y fotogramas, música con estampas
de la noche irrespirable, entre barras de bares de mala muerte y evasiones
de vino y rosas, logrando la cadencia del genio. Cierra en falso su poema,
sin contemplaciones.
Tal vez el relato del viaje de Sibel a Turquía, su incesante coqueteo con
las drogas y la muerte, pueda resultar forzado, como si Akin se sintiera
obligado a canturrear un más difícil todavía. Pero la convicción de la
actriz debutante Sibel Kekilli al interpretarlo, su falta de prejuicios a la
hora de entregarse a su personaje, explican el sentido de esta película de
Akin conmovedoramente desmedida. ”Contra la pared” es, por encima de todo, un
retrato de mujer con pasado, la crónica de un proceso de emancipación que
culmina en otro viaje, esta vez hacia un lugar incierto, el futuro. Los que
siguen creyendo en el amour fou amarán esta película, canto a la libertad
sin coartadas.
José A. Tindón
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