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LA MEMORIA DEL ASESINO (2003)
Dirección: Erik Van Looy.
Intérpretes: Koen de Bouw, Werner de Smedt, Jan Decleir, Gene Bervoets.

   
Vincke (Koen De Bow) es un comisario de la policía judicial que, junto a su
equipo, está investigando un caso de prostitución infantil. Mientras
trabajan en su resolución, su jefe superior le asignará el estudio de la
extraña desaparición de un alto cargo de planificación urbanística. Tirando
del hilo, Vincke se enfrentará con un veterano asesino a sueldo, Angelo
Ledda (Jan Decleir), de cuya relación surgirán fructíferas pesquisas. |
Sirva el preámbulo de esta crítica para recomendar, de forma vehemente,
la presente película, poco promocionada en nuestro país y estrenada en
pocas salas (desafortunadamente, este hecho suele ser frecuente).
Aunque "La memoria del asesino" sea una adaptación de una novela del
escritor belga Jef Geeraerts, el escabroso asunto sobre el que versa no
es algo ajeno a la realidad de la sociedad belga, conmocionada por el
lamentable episodio de pederastia protagonizado por Marc Dutroux.
El director Eric Van Looy ha cogido el susodicho material y ha construido
un soberbio relato, sustentado en unas brillantes interpretaciones de
actores escasamente conocidos por estos parajes.
Un guión en el que, a pesar de lo sombrío de la trama, Van Looy no deja de
meter con cuña agudas astillas de un fino e irónico humor que alivian, de
alguna manera, la tensión del drama.
"La memoria del asesino" es cine belga con mayúsculas con el que se
demuestra que, también aquí, en Europa, se producen enormes thrillers que
no tienen nada que envidiar a lo que proviene del otro lado del charco.
En esta cinta se pueden apreciar retazos de otros éxitos del género, como
por ejemplo, el juego o reto que plantea el delincuente a la policía ("El
silencio de los corderos" (1990) o "Seven" (1995)), o bien, los problemas
de degeneración mental del asesino ("Memento" (2000)).
Es, en resumen, celuloide en estado puro, parido desde dentro de una
comunidad sacudida por uno de los vicios más execrables que se puedan
cometer.
Y para ratificarlo Van Looy propone en la pantalla la común intencionalidad
del bien y el mal para extirpar esa lacra, eso sí, cada cual con sus
métodos.
Alberto Alcázar
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