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Estupenda esta primera cinta americana del gran maestro Wilder (antes
sólo había rodado "Curvas Peligrosas" en París, en 1934, donde se
instaló durante un tiempo huyendo de los nazis, previamente a su
llegada a la Meca del Cine).
Es una película curiosa y trascendente, no sólo por la exquisita
construcción de un guión algo complejo y delicado para transmitir en
imágenes, sino porque toca de un modo frívolo y superficial el tema del
puritanismo y de las polémicas relaciones sentimentales entre jóvenes y
no tan jóvenes. En este contexto, Wilder aprendió mucho de su maestro
Lubitsch (¡el maestro de maestros!) sobre cuál era el truco para
acercar lo frívolo y dudosamente moral al público, sin que resultara
escandaloso: a través de la complicidad con el espectador, una
complicidad basada en que el espectador supiera más que los propios
afectados, en este caso más que el Mayor del ejército. Es decir, los
espectadores sabemos en todo momento que la "niña" no tiene en realidad
doce años y que es mayor de edad, por lo que no nos escandalizamos por
el hecho de que el militar crea que los tiene y que, a pesar de todo,
se enamore de ella.
Tal vez se pueda interpretar como una hipócrita ‘doble moral’, pero
desde luego es una de las características de la ‘screwball comedy’ que
tanto ha brillado en el panorama hollywoodiense.
Siguiendo con la trama, y una vez que se ha refigiado en los amorosos e
inocentes brazos del Mayor en la academia de cadetes, la "niña" decide
mantener su aspecto infantil para no comprometer al militar frente a su
prometida, a partir de cuyo momento comienza a ser acosada por la
multitud de jóvenes militares que la pretenden para un baile o un paseo
en su exquisita compañía. La situación comienza a convertirse en
desesperante, especialmente porque ella empieza a sentirse atraída por
el Mayor, y a su vez éste ve en sus lascivos movimientos algo más que
el compulsivo y atolondrado comportamiento de una cría.
Para no destripar un final bastante (a mi juicio demasiado) predecible,
creo que sólo cabe destacar la deliciosa capacidad de Ginger Rogers por
interpretar, en primer lugar a una sensual y voluptuosa masajista
capilar con la suficiente picardía como para atraer a los hombres
manteniéndolos siempre a raya con sus armas de mujer y, posteriormente,
a una desamparada e inocente "niña" perseguida por dos revisores que
sospechan de su verdadera identidad. Puedo asegurar que la mujer, pero
también la "niña", me deslumbraron por su belleza y sensualidad (¿será
porque yo también conozco su verdadera edad?). Espero que sí.
Martin Robles
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