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Charlie y La Fábrica De Chocolate (2005) de Tim Burton - Crítica
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CHARLIE Y LA FÁBRICA DE CHOCOLATE (2005)

Dirección: Tim Burton.
Intérpretes: Johnny Depp, Freddie Highmore, Helena Bonham Carter, Christopher Lee.

Película basada en una novela de Roald Dahl. Con guión de John August ("Big Fish", "La Novia Cadáver").

Charlie Bucket (Freddie Highmore) es un niño de buen corazón y familia humilde que consigue su gran sueño, poder entrar en la fábrica de chocolate propiedad del excéntrico Willy Wonka (Johnny Depp) tras conseguir el billete dorado esconcido en el interior de una chocolatina.

La creatividad para idear historias y personajes de Roald Dahl, un estimable escritor de expresión irónica, cínica, con humor negro, tanto para niños como para adultos, ahí tenemos ese clásico “Relatos de lo Inesperado”, ha servido de base para variadas películas cinematográficas, entre ellas la subestimada adaptación de esta instrucción moral que es “Charlie y la fábrica de chocolate”, “Un mundo de fantasía” (1971), musical lisérgico denostado por muchos (que seguro que ni la han visto), especialmente por aquellos con prejuicios que no soporten el careto de Gene Wilder ni su histrionismo. Algo comprensible en ocasiones.

Pero bueno, el propio Dahl, que había escrito el primer guión, no quedó, exigente él y un tanto enfadado porque le retocasen su texto, demasiado contento con aquella versión de este libro, llevado ahora a la pantalla por Tim Burton, un maestro del escapismo visual y autor de considerable imaginación, quien pone en escena la historia de Dahl de manera suntuosa con su gusto excesivo por el detalle y el impacto estético, que, en muchas ocasiones a lo largo de su filmografía, provoca una descompensación entre continente, personajes e historia.
Este lujo visual era básicamente lo que se le pedía ya que la narración no depara nada excesivamente llamativo para el que haya leído el libro o visto el film previo de Mel Stuart.

El nuevo encuentro entre Johnny Depp en el papel de este Willy Wonka-Michael Jackson y el pequeño Freddie Highmore como el niño de buen corazón Charlie Buckett, después de colaborar juntos en “Descubriendo Nunca Jamás” (2004), vuelve a exprimir con tino la química entre ambos y a exhibir la capacidad de Burton para recrear escenarios coloristas, que remedan con prolijidad el ambiente psicodélico de esta especie de viaje dantesco-chocolatero, con mayor exuberancia que en 1971 ante el lógico avance tecnológico.

No obstante el espectáculo de corte psicodélico ya había sido plasmado con eficiencia por Stuart, Arthur Ibbetson y demás personal en la primera adaptación de este mundo fantástico creado por Dahl, al que no le falta, dentro de la historia moralizante, su característico sentido del humor, similar en ocasiones al desarrollado en su obra por el autor de “Ed Wood”, quien emplea aquí, como es habitual, el acompañamiento musical de Danny Elfman.

Highmore está correcto en el papel principal, en contrapunto psicológico con sus compañeros de visita, estupendas personificaciones de la avaricia, el egoísmo, la desobediencia o la gula, y Depp, aunque un tanto pasado en algunos tramos, vuelve a ser el actor perfecto para acrecentar el catálogo de excéntricos personajes que concurren con su rostro en la filmografía de Tim Burton desde su primer encuentro en “Eduardo Manostijeras”, se llamen Ed Wood Jr., Ichabo Crane o Willy Wonka.
Esta excentricidad inundan para bien los tonos de sus mejores películas, como son la citada “Eduardo Manostijeras” o “Ed Wood”.

La presencia del magnánimo Christopher Lee, de nuevo empleado por el mitómano Burton (Vincent Price, Ed Wood Jr…), vuelve a revelar su apego por las películas de la Hammer, tan claro en la adaptación del cuento de Washington Irving “Sleepy Hollow”.

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Tim Burton
Johnny Depp
Helena Bonham Carter
Freddie Highmore
AnnaSophia Robb
Christopher Lee



Orgullo, gula, pereza, avaricia y bondad, una moraleja escrita por el talentoso autor Roald Dahl, de cuyas obras adaptadas al séptimo artes son “Las brujas”, “Matilda” “James y el melocotón gigante” y “Charlie y la fábrica de chocolate”, siendo esta última la más conocida en el medio literario pero no precisamente en le medio cinematográfico.

En 1971 se hizo el filme titulado “Un mundo de fantasía”, el cual adaptaba de manera favorable y plausible al famosísimo libro “Charlie y la fábrica de chocolate”, pues de forma no muy bizarra se acaparaban las ideas que planteaba el autor del libro Roald Dahl, mismo que escribió el guión para esta obra y quedo tan insatisfecho que se negó a que realizaran la secuela de esta historia, titulada “Charlie y el gran ascensor de cristal”.

Tim Burton, un director con visión, técnica y creador de un sinfín de relatos místicos y lúgubres, es el responsable de este remake, si así se le puede llamar, el cual demuestra una vez más su luctuosa pero mágica modalidad de trabajo.

Debo de confesar que en ningún momento dude del triunfo de dicho filme, pero sí de la manera en que proyectaría el mensaje, en verdad no me preocupaba que Burton insultara algún concepto, siempre me han agradado sus filmes y su exquisita visión de lo tétrico, dramático y psicodélico que manifestada de forma sutil o drástica llegan a comprender tramas que sin mucha profundidad comunican el mensaje deseado, claro que siempre con su detalle, su sello o su marca, aquello que dice “Propiedad de Burton”, pero es preciso aclarar que tal vez sea esto el defecto más grande de la película.

De entrada podemos apreciar una adaptación favorable en la cual se nos introduce a la miseria del personaje principal; para aquellos que ya hemos visionado el filme realizado en el año de 1971 no se presentará algo novedoso y supongo que para el resto del público que no incluya infantes se podrán percatar de las intenciones de la historia, por tal razón podemos decir que no será una producción demasiado impactante para adultos (en el aspecto ético) pero si para niños, pues son aquellos que podrán crear conciencia acerca de las distintas características y conductas que se muestran en la pantalla, usando el sentido común para poder diferenciar el bien del mal.

En sí el trabajo ya estaba hecho, teníamos a los personajes bien cimentados, tratados y desarrollados, la historia hilada de manera espléndida, una moraleja que da como resultado un producto divertido, agradable pero ético, es entonces cuando el director crea a su propio Willy Wonka. Tim Burton, como ya he mencionado antes, tiene su toque personal que infunde a cada uno de sus productos, en este caso es el famoso propietario de la fábrica de chocolate el que se ve afectado.
Normalmente los sellos de Burton son muy buenos, pero en esta ocasión falla indiscutiblemente, pues podemos apreciar un Willy Wonka diezmado, asustadizo y por si fuera poco traumado, de manera insatisfactoria y torpe en sus momentos, el cual es salvado gracias al porte de Johnny Depp, el cual es un magnífico actor, pero en esta ocasión se ha quedado corto y me atrevo a decir que prefiero a Gene Wilder en este papel, pues realmente esperaba más de este producto, si bien como ya he sostenido, si la trama no es nueva, entonces que lo sea la óptica con que se ve.

Aunque siempre habrá factores secundarios y fácilmente visibles que salven al producto, tales como el maquillaje, el vestuario, los paisajes y escenarios así como montajes, aunque en esta ocasión le ha fallado en su mayoría el sigiloso y auténtico manejo de la cámara, el cual se ve notoriamente desperdiciado, así como las canciones que son apreciadas con un poco de desdén al carecer de aliciente.

Para finalizar puedo aclarar que este producto no es tan malo como “Mars Attacks!” o “El planeta de los simios”, pero tampoco tan bueno como “Batman vuelve” y el enternecedor “Eduardo Manostijeras”.

Lucio Avila


El cine de Hollywood fue el que forjó los géneros canónicos que todos reconocemos cuando contemplamos una película. Todo el mundo sabe perfectamente si es una comedia, un drama, una aventura, una historia romántica, una de terror o una de cine negro. El cine norteamericano no ha abandonado esa pretensión genérica, por más que ahora la posmodernidad, que dura ya demasiado, esté obsesionada por acabar con todo arquetipo a favor de una originalidad que, en demasiadas ocasiones, es tan sólo una marca de pretenciosidad.

Lo escéptico es lo que impera en nuestras concepciones sobre la sociedad, de que ahí que exista un relativismo que ya se ha convertido en una seña artística, especialmente en la dominada corriente “alternativa”.
Frente a este escepticismo sólo cabe optar por una búsqueda de soluciones ante la inestabilidad de nuestras vidas. Tim Burton, una especie de fabulador infantil, ha conseguido crear un universo propio construido sobre la necesidad de recuperar la humanidad y lo infantil, la imaginación y lo irreal frente a lo material y la vanidad.

Desde aquella Bitelchus (Beetle juice, 1985) hasta Big fish (Ídem, 2003), Tim Burton ha realizado una obra artística que busca en la exaltación de lo visual el medio de llegar a la fantasía y de estimular la imaginación.
Tanto en sus películas más oscuras o siniestras, como Batman vuelve (Batman Returns, 1992) o Sleepy Hollow (Ídem, 1999), o en sus propuestas más fantásticas tipo Eduardo manostijeras (Edward scissorhands, 1990) el realizador norteamericano ha querido inyectar la fantasía a un mundo real demasiado preocupado por lo banal y lo material.

Burton ha optado por crear algo irreal para poder criticar aquello que es real. Su propuesta es, por lo tanto, estrictamente artística: “…la razón por la que hago este tipo de films es porque veo el cine como un medio visual y disfruto con las películas que hacen un buen uso de la imagen y, por tanto, de la imaginación…” .

Charlie Bucket (Freddie Highmore) es un niño pobre que vive con toda su familia (abuelos incluidos) en una casa ruinosa de una ciudad cualquiera en un tiempo cualquiera.
En la ciudad se erige la fábrica de chocolate de Willy Wonka (Johnny Deep), maestro en el arte de crear golosinas y una especie de mito en todo el mundo. Charlie admira la fábrica de chocolate y su sueño es poder conocerla algún día, pues a ella nadie pueda entrar y nadie puede ver a Willy Wonka. Un día todo cambia cuando Willy Wonka decide permitir a cinco niños de todo el mundo visitar su fábrica de chocolate si encuentran en sus chocolatinas una etiqueta dorada.

La premisa argumental de la película está tomada del libro homónimo de Roald Dahl, cuya adaptación cinematográfica es llevada a cabo por John August. El guión de la película es una perfecta recreación del mundo fantástico del libro, e incide en temas como la infancia, la humanidad contra la vanidad y el valor de la familia.
Se trata de una bella recreación de un universo fantástico basado en los cuentos de hadas, donde los diálogos esconden historias misteriosas y fabulosas, narradas por personajes entrañables, como el abuelo de Charlie, un magnífico David Nelly.

La comicidad también está presente para aportar esa necesaria recreación de la imaginación. Los personajes responden a ciertos arquetipos de las historias de fantasía: Willy Wonka puede ser visto como un mago del chocolate, el abuelo como el maestro sabio que cuenta historias fabulosas y los Oompa-Loompas como duendecillos mágicos.
Pero el mérito de la película es la maestría de Tim Burton a la hora de crear un mundo totalmente irreal. El decorado en el cine de Tim Burton es fundamental. Desde el principio Charlie y la fábrica de chocolate esta enmarcada en un mundo irreal, con esas casas simétricas (que recuerdan a Eduardo manostijeras), la fábrica gigantesca o la casa de Charlie, una deliciosa muestra de la sensibilidad infantil de Burton, pues esconde esa estética añorada de los cuentos de Navidad, a lo que ayuda el paisaje nevado.

La irrealidad también aparece en unos trajes grotescos y muy expresivos; no sólo el de Willy Wonka, de evidente excentricismo, sino los de los demás personajes, como los de la familia pobre de Charlie o los de la niña Violet (Annasophia Robb) y su madre o los del niño alemán que está siempre comiendo chocolate, con un maquillaje cercano a los juguetes.
No es extraño apreciar que, en numerosas ocasiones, pueden recordar a las marionetas de Pesadilla antes de Navidad (The nightmare befote Christmas, 1993).

Tim Burton construye este mundo de fantasía utilizando una planificación basada en la panorámica y el movimiento estilizado.
Los movimientos de los personajes son acompañados por una cámara que los encuadra siempre en un ambiente de fantasía. El uso del plano general y el travelling, muy parecido a los de los musicales de la época clásica del cine norteamericano, enfatizan la vinculación del espectador con esos decorados mágicos, lo que hace que estemos siempre fascinados ante el alarde visual del director.
No se trata de una planificación excesiva, sino preocupada por dar entidad visual al relato.
En este sentido, la propuesta de Burton no es la de un artista preocupado por el encuadre original, al estilo de Quentin Tarantino, sino la de un director que cuenta una historia en imágenes, en donde éstas cumplen la función principal de dar significado al relato.

El paseo de Willy Wonka con sus niños a través de la fábrica de chocolate es el de un viaje hacia la infancia y la imaginación. La fotografía colorista, luminosa y fantástica de Philippe Rousselot es una manera más de aproximarnos a la irrealidad.
Por esta razón el montaje es fundamental en el cine de Tim Burton, y por ello utiliza el flash-back, a modo de introducción a una fábula, de tal forma que podemos sustituir los sucesivos flash-backs de Willy Wonka por la expresión “Hubo una vez un niño…”. Todo está supeditado a una fábula, por eso adquiere pleno sentido. La comicidad de la interpretación es un recurso para crear esta atmósfera mágica.

Willy Wonka, un excelente Johnny Deep, es un excéntrico, un adulto atormentado, de ahí su casi ridícula forma de dirigirse a los demás, quizás debido a su falta de contacto con la realidad.
El gesto de los personajes, enfatizado por primeros planos, es fundamental para caracterizarlos, a modo de protagonistas de cuentos: el niño comilón, el listillo insoportable, la competitiva o la vanidosa y mimada, junto al cariñoso y tierno Charlie, están determinados por como hablan, como miran o como se mueven.

Charlie y la fábrica de chocolate es una muestra más de ese universo de Tim Burton que pretende hacernos comprender la necesidad de la fantasía, la recuperación de la infancia para despertar nuestra adormecida imaginación y soñar con que siempre podemos ser felices si somos capaces de apreciar el cariño que nos pueden dar los demás.

Victor Rivas Morente

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