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En la que será una de sus últimas películas, “Campanadas a medianoche”,
Orson Welles recopila, de una forma soberbia y en una sola historia de
dos horas, una serie de obras y personajes de William Shakespeare, de
una manera que tan solo su extraordinaria genialidad lo puede permitir.
Después ya de muchos años afincado en Europa, no es la primera vez que
afronta ni en el cine, ni teatralmente la obra del dramaturgo ingles,
pero sí es aquí, en este filme, mediante una singular simbiosis de
varias obras y varios personajes, que recogen fielmente el espíritu
“shakespeariano”, donde logra su mayor aportación personal, a través de
las figuras del grotesco Falstaff o la del egocéntrico Enrique V. |  |
Una visión personal, que se trasluce en primer lugar mediante la lectura
del cóctel de textos originales. Poniendo de relieve la abstracción que
ejerce el poder en quienes acceden a él, renegando, si es necesario para
conservar la privilegiada situación, a cualquier tipo de vida,
ideología, o relaciones personales, con las que hubieran estado
identificados en algún momento.
De otra parte, la visión mordaz y grosera que hace de los textos de
Shakespeare, (muy cercanas a las del siglo de oro español), distan mucho
de la pulcritud con la que los representa la dramaturgia inglesa,
imprimiéndoles de esta forma una vitalidad y una fuerza propia del
genial director americano.
Por último, y en el plano cinematográfico, la maestría desarrollada en
su dilatada carrera, y aplicada a “Campanadas a medianoche”, hacen de
esta película una verdadera lección de expresionismo magistralmente
puesto al día.
Ángel Lapresta
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