"Mi madre me dio todo lo que soy, me parió cantando en vez de llorar".
Para entender el fenómeno Camarón, las palabras precedentes que
pronuncia ante la prensa son la clave que ayudan a descifrar ese misterio.
Las andanzas del emperador del quejío son ahora llevadas al cine por
Jaime Chávarri, ayudado en el guión por Álvaro del Amo.
Desde la humilde cuna de la familia Monge hasta el resurgir de la estrella,
Chávarri nos muestra la afición que desde chaval el cantaor sentía por la
Fiesta Nacional; las primeras perras que ganaba cantando en fiestas
privadas; la entente que formó con otro genio de la música, Paco de Lucía;
sus escarceos con las sustancias psicotrópicas; y, finalmente, su
doloroso declive físico.
Además de la afición que le inculcaron sus padres, Camarón se pudo
empapar, desde muy niño, de la cercanía de grandes del flamenco como
Manolo Caracol o Pastora Pavón, "La Niña de los Peines".
No faltan referencias a salas de fiesta tan emblemáticas como "La Venta
de Vargas", en su tierra y "Torres Bermejas", ya en Madrid, donde
maduraría su oficio sobre las tablas.
Ni tampoco se excluye la grabación de un álbum de culto para cualquier
aficionado al flamenco, "La leyenda del tiempo" (1979), en el que, por
primera vez, introduce nuevos instrumentos como la batería, algo que
sentó mal a los que él denominaba "flamencólicos", es decir, los más
tradicionales.
No obstante la minuciosa y, sin embargo, no dilatada relación de
acontecimientos de la vida del artista, se han dejado fuera otros hechos
que habrían contribuido a aportar luces y sombras adicionales en la frágil
existencia del biografiado: el accidente de tráfico que sufrió y sus trágicas
consecuencias, su breve paso por prisión, la polémica sobre los derechos
de autor, o el interés que suscitó su persona en el famoso productor
musical, Quincy Jones.
Algo que merecería recordarse en este comentario son los pinitos que el
gaditano realizaría en el mundo del celuloide. Ahí quedan sus trabajos
en "El amor brujo" (1967) de Rovira Beleta, "Casa Flora" (1972) de Ramón
Fernández y "Bodas de sangre" (1980) y "Sevillanas" (1992) de Carlos
Saura.
En todo biopic, el trabajo de quien da vida al protagonista es esencial. En
este sentido, tanto Óscar Jaenada, como Verónica Sánchez, ésta en su
papel de Dolores Montoya, "La Chispa", están a la altura de las
circunstancias.
El desahogo de dolor de José Candado en el aeropuerto de Barcelona,
después de llegar de la clínica Mayo en Rochester y la interpretación de
la "Nana del caballo grande", supone un broche emocional a la historia de
alguien a quien se llegó a considerar un santo en vida.
Alberto Alcázar
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