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Rossellini cierra la trilogía sobre la inminente posguerra con “Germania
anno zero”, en la que se traslada a una totalmente devastada ciudad de
Berlín, para captar, como ya lo hiciera en su país, los desastres de la
contienda.
Aquí, se repiten los lugares comunes a todas las ciudades que sufrieron
el paso de los ejércitos, unos y otros: destrucción, hambre y muerte.
Adoptando el punto de vista alemán, Rossellini, dentro de su habitual
estilo sobrio y directo, trata de justificar al pueblo llano, que poco o
nada tuvo que ver con la masacre europea de sus dirigentes.
No obstante, y en contraste con su primera “Roma ciudad abierta”, el
trato a los personajes germanos, evidentemente no es el mismo. Mientras
en Italia se ensalzaba el patriotismo de los partisanos, aquí se hace
hincapié en la miseria de un pueblo que no ha sabido enfrentarse a la
dictadura.
El resultado acabará en tragedia. Un final exagerado, contra un país y,
sobretodo, contra un futuro, –representado en los jóvenes y los niños–,
en el que el director italiano deja entrever una clara animadversión
hacia los vencidos y su escasa confianza en su recuperación. Postura que
el tiempo se encargará de desmentir contundentemente.
“Alemania año cero”, quizás represente el neorrealismo más criticado,
con un guión cargado de excesos dramáticos, de situaciones
deliberadamente extremadas, acabando por producir una sensación de
exageración, a veces, poco verosímil.
Al margen de las historias contadas, las anécdotas tendenciosas o los
personajes fanáticos, la habitual realización realista hasta el extremo,
seguirá trasmitiendo una escalofriante parte de la historia de forma
contundente y difícil de obviar. Angel Lapresta
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