Tras la optimista (dentro de lo que cabe) “La Reina de África”, John
Huston acepta el encargo de filmar una seudo-biografía del genial pintor
impresionista Henri Toulouse-Lautrec, seguramente, viendo en el
personaje el prototipo de su extenso repertorio de perdedores.
Con el famoso cabaret parisino como excusa de fondo, Huston centra su
film en la desoladora frustración del minusválido pintor francés, la
cual, es contrastada en continuos flash-back, con la realidad material
del personaje: aristócrata, rico, pintor de éxito,..., pero inaceptado,
principalmente, por sí mismo.
Quizás por imposiciones de la producción, la verdadera posición del
conde de Touluse-Lautrec, queda únicamente apuntada en las sutiles
referencias a su acomodada familia, muy distante de los bohemios
impresionistas de su época, lo que le convertirá en un privilegiado
social frente a sus contemporáneos.
Solamente la obcecación y la falta de aceptación de su situación física
–no peor que la de tantos–, su carácter frío, egocéntrico y amargado, lo
llevarían al alcoholismo y demás perversiones (inevitablemente
censuradas en el film).
Esta ausencia de autoestima, su fijación en sus peculiaridades físicas,
agudizadas por sus fracasos amorosos –como las de cualquier otro humano–
no le permitirá reconocer la comprensión, admiración y cariño, que llega
a recibir de quienes realmente le aman, le conocen y le aceptan como tal.
Paralela a la decadencia del ambiente bohemio del Moulin Rouge
(convertido ahora en peregrinaje de turistas), donde Toulouse-Lautrec
inspiró su obra, se desarrolla la auto destrucción del pintor
discapacitado, consecuencia de su fracaso como ser humano, y
evidentemente muy al margen de sus problemas físicos.
Esta vez, entre agresivos colores y vanguardistas formas, claramente
inspiradas en la obra del protagonista, Huston, vuelve a describir
despiadadamente la imposible comunicación de su amplia colección de
solitarios.
Angel Lapresta
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