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Lamentablemente, los trabajos de Carlos Saura en los que aúna danza,
imagen y música ("Flamenco" (1995), "Tango" (1997)), no gozan ni han
gozado del favor del gran público y, consecuentemente, su difusión ha
quedado reducida a contadas salas de exhibición, precisamente el lugar
más apropiado para disfrutar de las citadas obras.
La originalidad en el planteamiento cinematográfico de Saura, respecto a
una más lógica puesta en escena teatral, reside en el hecho de presentar
al espectador una explosión coreográfica y musical que derrama colorismo,
colocando la cámara en el sitio exacto que requiere el número presentado.
Esta inclinación por el esteticismo fotográfico ha sido una constante en la
carrera de Saura, sobre todo en los últimos trabajos, merced a la afición
que ha profesado el director oscense hacia la imagen fija.
Así como en anteriores producciones Saura contó con la colaboración de
Vittorio Storaro, en esta ocasión la mayor parte de la culpa de la vivacidad
cromática que desprende "Iberia", corresponde a José Luis López Linares,
responsable de haber encontrado la luz más idónea que debía impregnar
cada fotograma.
Pero no sólo es sobresaliente la mirada retrospectiva a Albéniz por la
escenografía creada para el rodaje, también los artistas que desfilan por la
pantalla brindan todo un recital de poderío y entrega que engrandece el
conjunto.
Desde las vibrantes representaciones de grupo ("Bajo la palmera",
o "Almería") hasta los virtuosismos individuales (Sanlúcar en "Torre
Bermeja", Nuñez en "Cádiz", Domínguez en "El Puerto", o las voces de los
Morente), "Iberia" insufla en el ánimo del espectador (español y con un
mínimo de sensibilidad) un justificado orgullo patrio.
Finalmente, la cinta no deja de ser un canto a la belleza y sensualidad de la
mujer española, reflejada tanto en las piezas musicales colectivas como en
las composiciones elaboradas por Aída Gómez ("Cádiz") y Sara Baras ("El
Albaicín").
Alberto Alcázar
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