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También conocida en España como "Los padres terribles (Les parents terribles)", esta excelente
película es una adaptación de la obra de teatro homónima del propio Jean
Cocteau. El director lejos de disimular el origen de la cinta muestra su
pasión por las tablas incluyendo un escenario en los créditos y levantando
el telón cuando arranca la película (hasta se escuchan los tres golpes de
rigor que anuncian el comienzo de la función). Pero no nos engañemos, lo que
viene a continuación es cine con mayúsculas.
Cocteau se encarga de
demostrarlo con una sucesión de planos imposibles al más puro estilo de
Welles, que dan el tono correcto a una complicada trama: Una familia
compuesta por un matrimonio, su único hijo y la hermana de la mujer, viven
en un apartamento asfixiante,"el carromato" como lo llaman ellos. Las
relaciones entre ellos nos anuncian una tragedia, el hijo (Jean Marais,
amante del propio Cocteau) con complejo de Edipo incluido, está enamorado de
la amante de su padre sin saberlo; la tía resentida por no haberse podido
casar con su cuñado maneja los hilos de todos los personajes (insuperable
Gabrielle Dorziat) y la madre, egoísta hasta el final, quiere ser el centro
de todo (Ivonne de Bray).
Con estos mimbres Cocteau hace un cesto de lo más original, Gabrielle
Dorziat nos da una pista cuando exclama "No sé si es un drama o un vodevil"
al enterarse del triangulo hijo-amante-padre que reproduce el ya existente
esposa-marido-cuñada. El genial realizador hace uso de esta forma de teatro
popular para rebajar la tensión introduciendo elementos de comedia y puertas
que se abren y se cierran por doquier. |  |
Uno de los puntos fuertes de la cinta es la dirección de actores. Si alguien
nos dijese antes de ver la película que el Jean Marais de "Orfeo" o de "La
bella y la bestia", con 35 años, iba a hacer de niño mimado no nos lo
creeríamos, sin embargo hace uno de los papeles de su vida. Josette Day no
le va a la zaga y Marcel André se encuentra a la misma altura de los
anteriores (los tres, compañeros de reparto en la citada "La Bella y la
Bestia"). Pero lo que sin duda marca la diferencia en cuanto a interpretación
es el duelo Gabrielle Dorziat e Ivonne de Bray (a quien Cocteau dedicó la
película).
Otro de los aciertos (para mí lo mejor de la cinta) es la puesta en escena.
El film se estructura en secuencias donde los personajes interaccionan entre
sí por parejas, las dos hermanas, el hijo y la madre, el matrimonio, los
amantes, etc. Para resaltar los momentos de tensión Cocteau realiza un
montaje a base de primeros planos, jugando con los rostros de forma que los
encuadra uno enfrente de otro, los dos en diagonal o incluso uno sobre otro
para conseguir el efecto dramático deseado. Me gustaría destacar un plano
fantástico, cuando Marais le confiesa a su madre que está enamorado: él se
encuentra detrás de ella y justo en ese momento Cocteau coloca la cámara de
tal forma que vemos la boca del hijo sonriente, hablando sin parar, y justo
debajo los ojos entristecidos de la celosa madre. Impresionante.
En resumen creo que si alguien se atreve con el reto de llevar a la gran
pantalla una obra de teatro debería revisar esta adaptación, esta obra
maestra de Jean Cocteau que, insisto, no reniega de su origen, como lo
demuestra en un brillante (no lo voy a revelar) plano final.
Fernando de Cea
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