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CATERINA VA IN CITTÁ (2003)
Dirección: Paolo Virzì.
Intérpretes: Alice Teghil, Sergio Castellitto, Margherita Buy, Antonio Carnevale.

  
La familia Iacovoni ha decidido trasladarse a Roma para ocupar la casa que
fuera el hogar de los padres del progenitor.
En la ciudad eterna, la hija adolescente de la pareja, Caterina (Alice
Teghil), vivirá los vaivenes típicos de la edad difícil en la que se encuentra,
con el añadido del nuevo entorno al que tiene que aclimatarse. |
Recién llegada a Roma, Caterina escupe su pensamiento sobre lo que
supone su primera impresión del enclave descubierto: "es una ciudad llena
de gente, en donde cada uno va a lo suyo".
Una descripción que, dicho sea de paso, es aplicable no sólo a la capital
italiana, sino a toda urbe impregnada por el vertiginoso y contagioso
biorritmo que se da en sus calles, bulevares, avenidas o plazas. |  |
Pues bien, la definición que da el ingenuo personaje llegado de Montalto di
Castro, bien interpretado por Alice Teghil, sustenta el entramado sobre el
que se estructura la sexta película de Paolo Virzì.
Si en "Gente de Roma" (2003), Scola nos mostraba una serie de curiosas
pinceladas protagonizadas por sus habitantes, Virzì, por su parte, decide
reflejar una Roma ininteligible y caótica a través de los inocentes ojos de
Caterina, una chica de provincias.
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Una vez más, los exteriores agradables y coloristas de la ciudad de las
siete colinas, incluyendo el interior del legendario "Café Greco", ubicado en
la Vía dei Condotti, sirven para criticar la hipocresía reinante, es decir, que
más allá de las diferencias juveniles que separan a la incipiente y
tempestuosa prole, el mutuo interés que guía a los influyentes y
contrapuestos padres termina por acercarles. |
Personalidades del mundo del celuloide como Michele Placido, o Roberto
Begnini (éste último incluido en una secuencia rodada en una de las
famosas manifestaciones izquierdistas que aparecen también en el filme
aludido de Scola) colaboran en una película que, si bien derrapa un tanto
en la marcada descripción de las posiciones sociopolíticas, no deja de
agradar por la excelente interpretación de un Castellitto jeremíaco,
denunciando el control de la mayoría por la misma minoría de siempre.
Alberto Alcázar
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