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Lo sublime, tarda en llegar.
Bien lo sabe Gröning, cuya soberana paciencia ha merecido la pena, ya que ha
fructificado en un testimonio esplendoroso de las jornadas de un grupo de
cartujos aislados del mundanal ruido.
Y es que el trabajo de Gröning es un documento imperecedero acerca de estos
religiosos de la orden fundada por San Bruno, que transmite fielmente su
labor diaria, su oración y, cómo no, el silencio del entorno, sólo roto por
el tañer de las campanas, los gorjeos de las aves, las gotas que caen como
consecuencia del deshielo o el balanceo de un cuenco puesto a secar. |  |
Entre un prólogo y un epílogo en los que se incluyen unos versículos del
Libro de los Reyes, seguido de un primerísimo plano fijo de un cartujo
orando, Gröning coloca la cámara a la altura de la cerradura de la
monumental Gran Cartuja, para que el espectador fisgonee y sepa qué es eso
de la vida monacal y lo que se cocina en los grandes pucheros.
 | Y así, se pueden apreciar las distintas actividades de los cartujos en la
más absoluta discreción, es decir, siendo consecuentes con el pensamiento
que expresara el literato italiano Arturo Graf en su obra "Ecce homo": "Si
quieres oír cantar a tu alma, haz el silencio a tu alrededor." |
Momentos hay en "El gran silencio" en el que dos artes, el pictórico y el
cinematográfico, convergen de tal manera que alguno de los fotogramas de
Gröning no parecen sino insertos de lienzos del excelso Francisco de
Zurbarán, que si de algo sabía era del cromatismo de los cartujos,
especialmente de la blancura de su hábito.
En la obra de Gröning, en definitiva, se culmina el milagro del cine aunando
una retahíla de sensaciones visuales imborrables, con el innegable aserto
del inmenso poder del ensordecedor silencio.
Alberto Alcázar
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