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LA REINA (THE QUEEN) (2006)
  
Dirección: Stephen Frears.
Intérpretes: Helen Mirren, Michael Sheen, James Cromwell, Sylvia Sims.
Septiembre del año 1997. La princesa Diana ha fallecido tras un accidente de coche. Un día después Buckingham Palace aparece desierto. La familia real se encuentra en el castillo de Balmoral viviendo esta tragedia y el príncipe Carlos (Alex Jennings) se traslada a París para expatriar el cuerpo de su ex esposa. | |
Stephen Frears intentando ganarse el título de Sir. Es lo que parece buscar el autor de “Mi hermosa lavandería”, “Ábrete de orejas” y “Las amistades peligrosas” con este docudrama más de naturaleza televisiva que de otra cosa.
La actuación de Helen Mirren, quien dota de humanidad y proporciona con su magnífica interpretación diversos matices a la reina británica, y la pasable “imitación” de Tony Blair por parte de Michael Sheen son puntos a favor de un film que tiene la virtud de su sencilla y serena exposición y su debilidad en la excesiva asepsia y complacencia de la propuesta, en donde todo el mundo es bueno cuando no mejor. |  |
Los dos personajes centrales, en los que se centra esta fabulación sobre las reacciones e interacciones institucionales tras la muerte de Lady Dy, se rodean de caricaturescos personajes con actuaciones de actores capaces que salvan en parte sus superfluos remedos físicos.
 | En “The Queen”, Frears y el guionista Peter Morgan buscan un retrato entrañable de ambas personalidades (incidiendo más en el estudio del personaje monárquico) con cercanías domésticas de batín y cuartito acojedor con televisión familiar (lo que da lugar al empleo de imágenes de archivo televisivas), intromisiones laborales con discusiones sobre gestos políticos, reflexiones y compromisos que inquieren en la necesaria armonía entre poderes e instituciones, entre la necesaria comunión de tradición y presunta modernidad… |
Esto último es destacable, ya que la propuesta resulta cordial e interesante (y gratamente antimaniquea) en la perspectiva de ligar para el bien común dispares propuestas ideológicas que construyan un clima social y político constructivo, despojado de encontronazos y extremismos que no conducen a nada.
El tono es íntimo, amable, respetuoso, pulido en el semblante de sus protagonistas. Quizá excesivamente reverencial en su afán de intentar mostrar los fundamentos de las reacciones al hecho que detona las relaciones más importantes de la película.
Lo menos destacable es que el film, que utiliza un simbolismo cérvido con una interesante imagen llena de poesía, es su anorexia en la tensión dramática, y que parece residir en la permanente bonhomía universal, no quiere molestar a nadie y evita complejidades en el dibujo psicológico y en las situaciones creadas. |  |
Así, convierte a Blair en un santo varón con su comprensión exquisita (como contrapunto la mujer maneja sobados comentarios antimonárquicos), a la reina Isabel en la virtud personificada con una capacidad de reflexión de naturaleza divina, e incide en la banal hagiografía rosa de la princesa Diana, cuya muerte, según Frears, es capaz de agitar a todo un pueblo sin que haya lugar a la indiferencia más allá de la pérdida vital de un ser humano común.
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Stephen Frears

Sin duda, una de las mayores expectativas del momento en un film traccionado con fuerza por el interés que siempre despierta la monarquía británica y la catarata de elogios que cayó sobre el trabajo de Helen Mirren, vaticinio cumplido como triunfadora segura en el Oscar. Algo menos, por la firma de su director, Stephen Frears. El producto responde a esta curiosidad del público, porque la película está lejos de las virtudes del realizador de Relaciones Peligrosas y Ambiciones prohibidas, entre otras. La reina es un semidocumental astutamente armado, ahorrando costos de todo tipo –económicos y políticos- con la inclusión de material de archivo y aprovechando dos hechos casi simultáneos que ametrallaron la serenidad de piedra de Isabel: el triunfo del laborista Tony Blair y la muerte de la princesa Diana. Había entonces material para indagaciones más profundas y polémicas, pero Frears eligió la taquilla cruda con algunas frases hirientes de sorna típicamente inglesa y el paseo snob por los auténticos castillos de Windsor y Balmoral, casi un número especial de la tan frívola "prensa de castillos" que tiene buena clientela en todo el mundo.
Muy poco más, exceptuando el maravilloso trabajo de Helen Mirren, un alarde interpretativo que no se limita a la fidelidad exterior hacia el modelo sino que sorprende con mil sutilezas interiores para las cuales le basta con una mirada. La breve escena con el magnífico ciervo de catorce puntas en la campiña escocesa le bastan para pintar un cuadro completo de la honda soledad del poder y edificar una metáfora cuya obviedad de contenido se equilibra con la belleza y la emoción.
No sorprenden las otras actuaciones aunque son buenas, porque este casting es un sistema planetario que gira obediente alrededor de su sol, Helen Mirren.
Rómulo Berruti
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Stephen Frears
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