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Apocalypto (2006) de Mel Gibson
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APOCALYPTO (2006)

Dirección: Mel Gibson.
Intérpretes: Rudy Youngblood, Dalia Hernández, Jonathan Brewer, Morris Birdyellowhead.

Jaguar Paw (Rudy Youngblood) es un cazador que vive feliz con su tribu en el bosque. Tiene un hijo y su mujer está esperando otro.

En ese ambiente cotidiano su aldea es arrasada por un grupo de violentos guerreros enviados por los regidores mayas.
Asesinan, queman hogares, y toman prisioneros, entre ellos Jaguar Paw, para ser sacrificados ante los dioses.

Tras cultivarnos en dicción aramea y latina con “La pasión de Cristo”, Mel Gibson nos regala el oído con sonidos maya en “Apocalypto”, un film que nos adentra en las actitudes y comportamientos más primarios de esta notoria civilización mesoamericana (de sorprendente legado arquitectónico y astronómico), en el contexto temporal del film en decadencia y en vísperas de ser conquistada por las expediciones marinas españolas.

A pesar de ser asesorado por el especialista en cultura maya, Richard D. Hansen, e instruirse en el Popol Vuh, conservado vía textos de Fray Francisco Ximénez, Gibson, aunque es cierto que la perspectiva intenta plasmar el declive de la civilización, parece obviar los aspectos más grandiosos de la cultura retratada al margen de cuatro apuntes en imaginería religiosa piramidal, colorismo ambiental con grotescas apariciones y algún retazo místico.

Este “Apocalypto” es básicamente una aventura épica-gore de supervivencia en tiempos de reemplazo de civilizaciones, cuando una en decandencia es alimentada o sustituida por otra, con sus virtudes y sus defectos.

Tal sustitución de “reinados” puede encontrar antipatía por alguna gente torpe que compara anacrónicamente (de forma superficial y demagógica) actitudes de siglos pasados con pensamientos actuales.

Seguramente podrán quejarse del optimismo de sus minutos finales con aspecto simbólico de nacimiento esperanzador, cuando anteriormente se describe a los detentadores del poder maya como salvajes que tanto degüellan sin piedad a inocentes como arrancan, cual carnicero de la esquina, el corazón de un ser humano para ofrecerlo a sus dioses.

Es cierto que la película oferta una perspectiva sesgada de salvajismo sobre un pueblo de conocimientos avanzados, con un admirable legado cultural (y con costumbres menos admirables), lo que resulta un tanto injusto.

Además se producen los usuales y, en cierta manera, comprensibles (esto es una película, no una clase plomiza del profesor de turno) deslices históricos y astronómicos (por ejemplo lo del eclipse en luna llena, recurso que por otra parte parece copiado de “Tintín y el Templo del Sol”).

Quizá lo peor de todo sea que las singularidades de tal civilización, al margen del respeto a su lengua, la imaginería citada o el pintoresquismo presentado en un interesante viaje, pesadillesco, desde la aldea hasta el centro de poder religioso-político, no perviven en la película, que se mueve en base a esencias trilladas de trama de acción y supervivencia con vínculo romántico en un ambiente opresivo, que tanto podría ser protagonizada por mayas como por chinos, checos o esquimales.

La película tiene momentos de agradable impresión estética a pesar de cierto preciosismo sobrante, con exuberantes paisajes de verdor claustrofóbico, rostros ensimismados, miradas cruzadas, tan penetrantes como expresivas, primeros planos en donde se acentúa la emoción trágica en paralelo a representaciones generales de brutalidad (con Gibson regocijándose en demasía con la sangre y el dolor), extensas secuencias de acción en campo abierto con el aire cortado por flechas y lanzas…

El inicio de este “Apocalypto”, con bromas fáciles entre los miembros del poblado, el típico lugar para la danza tribal y el cuento del viejo sabio ante la hoguera, no parece deparar nada bueno.

Pero hay que reconocer que, a pesar de lo facilón del gore, tras la captura del personaje principal y sus amigos de aldea, el film remonta en su naturaleza de película de acción y, en especial la larga persecución tras el eclipse, tiene momentos de rara intensidad, está excelentemente narrada (aunque en ocasiones demasiado enfática y de cara a la galería), con un ritmo implacable, apariciones de leopardos, enormes cascadas, abuso de ralentí, serpientes, trampas de caza…
Una espiral de acción y violencia que no da respiro y que en ocasiones parece más una película de Rambo que otra cosa.

Enlaces

Mel Gibson



La llegada a las salas europeas de la cuarta película como director de Mel Gibson ha estado acompañada de la ya habitual polémica que sigue el estreno de sus últimos films.
La película ha sido acusada de exhibir una visión maníquea, deformada y racista de la civilización Maya, de defender valores reaccionarios y de menudear en imprecisiones de tipo histórico...

Lo cierto es que estas impiadosas observaciones probablemente se reducirían notablemente si, quienes las suscriben, no vieran aparecer en sus créditos el nombre del antipático Mel Gibson. Y es que, desgraciadamente, parece que a muchos les sigue costando separar -y no sólo en este caso- el cineasta del personaje público.

Desde que los terribles atentados del 11-S y la invasión de Iraq echaran por tierra, definitivamente, la utopía capitalista americana y abrieran los ojos de sus ciudadanos a un mundo sórdido y ambiguo, en el que los cimientos morales de la sociedad se presentan cada vez más cuestionables y las visiones políticas y sociales tradicionales del siglo XX menos sólidas, una nueva forma de ver y hacer el cine ha surgido. Unidos a los directores de ancestral compromiso social, se han unido muchos que hasta entonces no habían manifestado ninguna clase de preocupación social y política en su cine (los Wachowski con su “V de Vendetta” serían un claro ejemplo), e incluso cineastas de raíz conservadora -o con fama de ello- han puesto el grito en el cielo, y se han dedicado, como artistas, a cuestionar los valores de un mundo en evidente crisis. “Mystic River”, de Clint Eastwood; Tierra de abundancia, de Wim Wenders; “21 gramos” y “Babel”, de A. G. Iñárritu; o “El asesinato de Richard Nixon”, del novel Niels Muller, son sólo algunos ejemplos de este cine "post 11-S", donde la heterogeneidad de directores y temáticas no impide ver una preocupación común, más allá de ideologías y bandos.

Sin ánimo de encasillar –ya que, hoy en día, conviven en el mercado una heterogeneidad absoluta de enfoques-, me atrevería a hablar de Apocalypto como una de estas películas, una mirada más a una sociedad insegura que sufre una crisis de valores.

Lo cierto es que Apocalypto es una película de cualidades universales y atemporales, y que, antes que otra cosa, reivindica el placer del viejo cine de aventuras, de aquéllas primeras películas donde lo importante era una historia bien contada.
Con un estilo visual apabullante, que hipnotiza y subyuga, a la par que sorprende y abruma, somos transportados a un mundo ya perdido en el tiempo, exótico y cargado de misterio. Allí seremos testigos de cómo una pacífica tribu de indígenas, cazadores con un fuerte sentido de la lealtad entre familiares y amigos, es atacada y masacrada por los sanguinarios mayas, en cuyo retrato el maniqueísmo del director (Todo un rasgo de autor en él) les iguala a los pérfidos judíos de La pasión de Cristo o a los ingleses de Braveheart.

A pesar de la exageración, Mel Gibson logra un retablo inquietante, veraz, sombrío y alucinado en la "visita" que los protagonistas se verán obligados a hacer a la capital maya. Centro de corrupción y degeneración, donde el propio ser humano es un objeto a comerciar, y donde las deslumbrantes riquezas y la esplendida arquitectura contrastan de manera brutal con la extremada decadencia moral de sus habitantes, seres alienados y corruptos gobernados por unos líderes que, en su desesperado afán de contentar a la masa que gobiernan, derraman sangre enemiga en absurdos e inútiles sacrificios que no impedirán su inminente destrucción.

Después de este punto de inflexión, la película pasa a convertirse en la apasionante, frenética y desesperada huída de Jaguar Pow, el protagonista, a través de las selvas de la región, esquivando a sus crueles perseguidores. Cincuenta absorbentes minutos de huída que, quizás en la recta final, se vuelven algo previsibles e inverosímiles, pero que en todo caso, están llevados con oficio por un Mel Gibson que, descontando el lapso de La pasión de Cristo, cada vez narra mejor.

Con una potencia visual realmente impresionante, que burla y esquiva el mero preciosismo y le da a la película un aura épica y poética, un sensacional sentido del ritmo, una ejemplar utilización de la música y el sonido y la recurrencia justa y sin excesos a los efectos especiales, Mel Gibson logra una de las mejores películas de aventuras de lo que llevamos de siglo.

Pero además de ser un espectáculo trepidante, que aúna el clasicismo del viejo y gran cine de aventuras ("Las minas del rey Salomón", "King Kong") con un esteticismo y un uso de la violencia de raíz posmoderna, Apocalypto es una perturbadora y oportuna reflexión sobre el actual estado del mundo. Gibson no ha utilizado en vano, al principio de la película, la premonitoria frase de Durant sobre el proceso por el que las civilizaciones desaparecen.
Con toques visionarios y mágicos eficientes y nada gratuitos, durante la película seremos testigos de cómo los opresores perseguidores se convierten en perseguidos y, finalmente, cómo ellos mismos hunden su civilización para que esta sea sustituida por otra. Esta perspectiva se puede aplicar a nuestro mundo de hoy: ¿quizás los mayas de Mel Gibson sean los Estados Unidos de América, cuya decadencia trata de ser escondida tras inútiles muestras poder, derramando día tras día la sangre de cientos de personas?. ¿Cómo tomarse si no esta película en forma de profecía, de “revelación” (Apocalypto, en griego clásico, sería “Yo revelo” en castellano) a las opulentas y sanguinarias grandes civilizaciones?. Las constantes de su cine también están presentes: la lucha entre oprimidos (muy, muy buenos) contra opresores (muy, muy malos), la reivindicación de una forma de vida más espiritual y apegada a la naturaleza, la toma de conciencia del papel del propio individuo en el mundo, la necesidad de la esperanza, la familia como base de toda sociedad que desee perdurar...

De todas formas, quienes no busquen un mensaje o no sientan interés por él, se encontrarán con una película de acción y aventuras, hecha de emociones puras, de impresionante potencia visual e inconmesurable epicidad: otra propuesta libre, radical, arriesgada y salvaje de este director que, nuevamente, ha vuelto a hacer la película que le daba la gana, al margen de la demanda del mercado y bombardeado de críticas negativas desde antes que el propio rodaje comenzara.

Los actores, en su mayoría no profesionales, hacen un eficiente trabajo que termina por redondear una película a la que se le pueden achacar pocas cosas (tal vez un uso abusivo de recursos como la cámara lenta).
Apocalypto recupera las esencias del viejo y gran cine de aventuras sin que su autor renuncie a los principios y bases de su cine. Véanla y disfruten.

Ignacio Rico

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