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1984. No pudo escoger mejor año el director y guionista alemán Florian Henckel von Donnersmarck para desarrollar esta notable intriga política y drama humano-social ambientado en un régimen totalitario, opresivo, odiosamente intervencionista, y limitador de libertades individuales y colectivas como era el que se respiraba (o se parecía respirar) en las calles de la extinta (y destintada) Alemania Oriental.
Lo exhibido no deja de ser un arquetipo de actitudes gubernamentales de pensamiento único, hermanado con los sentires del “1984” de George Orwell, y con influencia probable cinematográfica de “La conversación” de Coppola. |  |
La atmósfera taciturna, de castración de independencias personales, de búsquedas de espacios privativos en donde aliviar la abusiva situación, de celebración de fiestas con opciones subversivas, de lugar en permanente alerta ante voyeurismos de esterilización intelectual, de escapismos suicidas, se desarrolla en un año y contexto importante, época previa a la caida del muro berlinés, un hecho significativo de apertura y comunión libertaria.
 | La historia, sencilla y de apariencia minimalista, no deja de resultar un cautivador relato iniciático de un hombre de la Stasi asimilado en el engranaje absolutista que poco a poco va empatizando con el objeto de sus pesquisas.
Descubre el afecto que él no tiene y las inquietudes de libertad que motivan la existencia de sus investigados y que provocan, desde su actitud contemplativa, una reflexión sobre la valía de su propia existencia y sobre el sistema que defiende. |
Ese hombre es Gerd Wiesler, maravillosamente interpretado por Ulrich Mühe, un personaje solitario que parece que jamás haya amado ni haya sido amado, aliviado en sus partes bajas por indiferentes prostitutas de pechos grandes, un autómata con rostro frío, verdugo-instructor pero también víctima de un sistema opresor-paranoico, de un proceder rutinario, inquisidor, cuyo destino de trascendencia se manifiesta en un simple número y/o unas letras.
A pesar de sus virtudes de construcción de personajes, de reflejo y penetración psicológica en un escenario que subyuga comportamientos y pensamientos y con contrastes ilustradores, de actuaciones muy destacadas, y de tratamientos narrativos maduros a pesar de la bisoñez de von Donnersmarck en tareas de autoría, la película posee interés indudable pero no termina de arrebatar emocionalmente, con apuestas intelectuales logradas pero básicas, exposiciones de enfoque lírico con escasa potestad poética, y una conceptuación en asuntos de fácil plausibilidad general.
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Ulrich Mühe

Pese a caer en el clásico, y quizás inevitable, maniqueismo de esta clase de
peliculas ( "el que manda es malo" ) " La vida de los otros" es un notable
filme de suspense que mantiene al espectador en vilo hasta el final, aparte
de ofrecer un diseño de producción mas que correcto, que retrata la
monotonía y el gris desaliento de quienes viven bajo el regimen. Los
personajes no entrán en ningún arquetipo acostumbrado.
Se nos ofrecen
personas reales, de carne y hueso, adaptadas a las situaciones, con las que
nos identificamos emocionalmente. Destacar también el clima de fatalidad y
tensión que se respira a lo largo de la cinta junto con un guión bien
hilvanado, de esos que nos hacen salir del cine pensando que han
transcurrido siglos, rememorando las mejores escenas.
Buen filme que nos demuestra hasta que extremos puede llegar un regimen
dictatorial para no ver peligrar su estructura y de como el romanticismo
siempre termina triunfando.
El final tiene chicha e invita a cierta reflexión.
Javier Travieso
El “torpe discurrir” nos lleva hacia una conclusión tan estremecedora como desesperada, un amigo que carece de respuestas y una situación que comienza a resultar cercana. A fin de cuentas, “¿Qué tiene un autor si no puede escribir? Igual que un proyeccionista sin película, que un molinero sin trigo. No tiene nada”. ¿En cuántas ocasiones se formularían esta misma pregunta muchos escritores españoles en 1.936? Por otra parte, ¿cómo se sintió Luis Rosales?
Un punto de inflexión, y la obra, siguiendo el procedimiento compositivo de la pieza musical que elogia, acentuando el contraste existente entre la exposición de los factores técnicos y la elaboración del guión, encara una trayectoria de evolución ascendente que culmina en la joya cinematográfica que conocemos.
Es probable que Lenin tuviera que dejar de escuchar La Apasionata, la número 23 de Beethoven para poder terminar la Revolución. Es seguro que la sonata que dedica Gabriel Yared a un hombre bueno consigue derribar los muros de la incomprensión, los más sólidos que somos capaces de construir los seres humanos, los del pensamiento.
A partir de este momento, la ópera prima de Florian Henckel Von Donnersmarck irradia un magnetismo sobrenatural que envuelve al espectador, desbanca los prejuicios que pudieran subsistir contra el cine europeo, el menos comercial, y satisface el sentido crítico. La escasez de producción queda justificada. La pálida fotografía en el que el cielo nunca es azul y la penosa dirección artística –en muchas ocasiones, caótica- que procede del ala este de la Historia no se ven compensadas con un excelente guión, sino que son relegadas a un segundo plano de manera intencionada, desposeídas de cualquier elemento atractivo que pretenda restar protagonismo al relato, que pueda distraer de la trama. Es entonces cuando el montaje demuestra su consistencia y se aprecia con claridad el notable ritmo narrativo impreso en la base argumental, en la que la más certera de las predicciones se diluye.
Nos encontramos, por lo tanto, ante un desarrollo prácticamente perfecto, que parte de uno de los planteamientos más inteligentes de las últimas décadas para desembocar en una impecable dirección de actores.
La imponente apuesta de casting se fundamenta en un curioso y efectivo triángulo. El carácter inseguro y fácilmente impresionable de la Martha más Deliciosa, Martina Gedeck. La flema casi británica del conformista alemán impasible, que tan bien retrata Sebastian Koch en el personaje que tanto recuerda al que interpretara Ralph Fiennes en El Jardinero Fiel. La mirada penetrante e indescifrable del capitán de la Stasi al que da vida Ulrich Mühe, actor fetiche de Michael Haneke, digno sucesor de los mejores registros dramáticos de Anthony Hopkins.
Esta película se posiciona dentro del emergente cine germano de los últimos años, ubicando a su debutante cineasta en esa cantera de directores que con exquisita precisión ha sabido afrontar su Historia. No conviene olvidar la osadía de El Hundimiento de Oliver Hirschbiegel que, en el año 2.004, se atrevió a tratar la figura del Führer desde una perspectiva humana. Tampoco la mirada nostálgica que arroja Wolfgang Becker en Good Bye, Lenin!. Ni ahora las noticias que nos llegan de la Alemania “democrática”, fechadas hace tan sólo veinte años y que nos parecen de ciencia ficción, tan alejadas de las peripecias repletas de simpatizantes occidentales que conocimos en 1.966 gracias a la Cortina Rasgada de Hitchcock. |  |
Tres títulos imprescindibles que obedecen a un denominador común, la habilidad de sus realizadores para incorporar al público en el reparto, haciéndonos partícipes, testigos directos de los hechos que se narran. Una importante lección sobre cómo se ha de contar una historia.
Evidentemente, Hollywood la premia. Su peculiar y siempre tendencioso criterio no reparara en el impresionante trabajo del actor principal, en la majestuosa dirección, ni en la calidad de su guión original, pero la reconoce en conjunto, quizás por motivos no sólo cinematográficos. Es posible que también por la añoranza de los viejos tiempos, aquéllos en los que aún contaban con un enemigo tangible de fácil localización.
En cualquier caso, la confección de listas negras, la búsqueda de confidentes delatores, el espionaje y la marginación de los posibles focos subversivos no les son desconocidos. Marta Soria
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