Al margen del protagonismo principal de una fémina, las ideas planteadas y desarrolladas en esta película de Ridley Scott carecían de auténtica originalidad, ya que se remite con diáfana claridad a las películas desarrolladas en la época dorada del cine de ciencia ficción, los años 50, y a múltiples cómics espaciales. No hay más que ver "El terror del más allá".
No obstante, "Alien, el octavo pasajero" se ha establecido como un clásico moderno del género principalmente a causa de su conseguida ambientación y al cetrino e inteligente sentido de su atmósfera, en muchos momentos opresiva, paranoica y asfixiante.
El británico Scott, cuando todavía dominaba con suficiencia los resortes del buen cine, despliega una historia llena de acerado ritmo, presentando extremas situaciones de tensión e intriga, y una admirable disposición visual dentro de una trama centrada en el natural sentido de supervivencia en un medio inhóspito (el "malvado" Alien simplemente está defendiendo su vida), aunque no puede evitar temas coyunturales a la época y una meliflua ilustración de caracteres, inmersos en lo realmente importante, extremar la peligrosa situación en la que se hallan.
El fenomenal diseño del alien realizado por H. R. Giger y los efectos visuales de Carlo Rambaldi logran acrecentar la valía de un relato que sirvió para convertir a Sigourney Weaver en una superestrella. Su éxito crítico y comercial allanó el camino para diferentes secuelas, la siguiente dirigida por el posteriormente titánico James Cameron.
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