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La Balada De Cable Hogue (1970) de Sam Peckinpah
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9.3/10Vota tú esta película

LA BALADA DE CABLE HOGUE (1970)

Director: Sam Peckinpah
Intérpretes: Jason Robards, Stella Stevens, David Warner, Strother Martin.

Un buscavidas llamado Cable Hogue (Jason Robards) es abandonado por sus dos compinches en un árido y extenso desierto.
Después de varios días vagando sin bebida y a punto de desfallecer, consigue dar con un manantial de agua, del que intentará sacar provecho.

Tras conocer a un falso predicador (David Warner) viajará a la localidad más próxima para registrar la propiedad hallada.
En el pueblo conocerá a una rubia prostituta llamada Hildy (Stella Stevens).

Una gran película de Sam Peckinpah, que ayudaron a renovar y revisionar las constantes clásicas y heroicas del género del western.

Carente de su característica violencia, todo lo contrario que otros famosos títulos del realizador californiano, y con un tono cómico (a veces utiliza el fast motion que acentúa alguna fase humorística), "La balada de Cable Hogue" es una fábula de efluvios románticos sobre el fin de una época, el salvaje oeste, realizada con altas dosis eróticas (siempre gustoso de ello en la mayoría de sus películas) y ciertos retazos de lirismo y nostalgia de un tiempo perdido a causa de la ¿evolución? humana.

La película muestra a tres personajes solitarios en busca de un avance existencial y su adaptación a una nueva era, tras la lenta desaparición de un período mortecino pero de indudable encanto.
Esos personajes son incorporados de manera inmejorable por el británico David Warner, un actor extraordinario muy poco aprovechado que volvería a colaborar con Peckinpah en "Perros de paja" y "La cruz de hierro", la sensual Stella Stevens, que aquí encontró el mejor papel de su carrera y el excepcional Jason Robards, quien realiza una prodigiosa actuación.

Los interludios musicales que salpican el desarrollo de la trama, con canciones compuestas por Jerry Golsmith y Richard Gillis, acentúan la gradación lírica que domina esta simpática y magistral obra.

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Stella Stevens

Cable Hogue era un hombre que encontró agua en donde no la había; eso es cuando menos lo que dice su epitafio al final de "La balada de Cable Hogue", una de vaqueros en tono de comedia que contiene tanto lo mejor como lo peor de su realizador: Sam Peckinpah.

Hacer comedia no es cosa fácil, se requiere una visión particular del espacio cinematográfico, un sentido del tempo físico y verbal, características que le sobraban, digamos a un Charles Caplin o a un Billy Wilder, pero de las que carecía por completo Peckinpah.
Las virtudes de Sam Peckinpah eran otras, su humor era diferente, y es difícil pensar que de la cabeza de un misántropo-paranoico-reaccionario pudiera salir una buena pieza para reír.
Cuando el realizador quiere ser simpático recurre a facilotas tretas anquilosadas como el hacer correr a sus personajes en cámara rápida en un efecto cómico que fue ampliamente explorado por Hal Roach en la prehistoria del género.

Lo mejor de la película es ese gusto triste que permea toda la cinta, la espera de un hombre estacionado en un puesto de servicio, su muy bien masticada y digerida venganza en el estatismo, el reconocimiento de lo poco que necesita un hombre para vivir, el sexo pagado como cimiento para un asomo de amor-frazada, el contacto con dios a través de un ministro-fauno lleno de lujuria, la sorpresiva llegada de la muerte recibida con sabiduría y ligereza.

La paradoja es que esta película imperfecta, llena de baches y grandes fallos es tal vez la obra más personal y perfecto acto testamentario de uno de los realizadores más complejos en la historia del cine de los Estados unidos.

Mario Alejandro Dávila Castañeda

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