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Una gran película de Sam Peckinpah, que ayudaron a renovar y revisionar las constantes clásicas y heroicas del género del western.
Carente de su ejemplar violencia, todo lo contrario que otros famosos títulos del realizador californiano, y con un tono cómico (a veces utiliza el fast motion que acentúa alguna fase humorística), "La balada de Cable Hogue" es una fábula de efluvios románticos sobre el fin de una época, el salvaje oeste, realizada con altas dosis eróticas (siempre gustoso de ello en la mayoría de sus películas) y ciertos retazos de lirismo y nostalgia de un tiempo perdido a causa de la ¿evolución? humana.
La película muestra a tres personajes solitarios en busca de un avance existencial y su adaptación a una nueva era, tras la lenta desaparición de un período mortecino pero de indudable encanto.
Esos personajes son incorporados de manera inmejorable por el británico David Warner, un actor extraordinario muy poco aprovechado que volvería a colaborar con Peckinpah en "Perros de paja" y "La cruz de hierro", la sensual Stella Stevens, que aquí encontró el mejor papel de su carrera y el excepcional Jason Robards, quien realiza una prodigiosa actuación.
Los interludios musicales que salpican el desarrollo de la trama, con canciones compuestas por Jerry Golsmith y Richard Gillis, acentúan la gradación lírica que domina esta simpática y magistral obra.
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Stella Stevens

Hacer comedia no es cosa fácil, se requiere una visión particular del
espacio cinematográfico, un sentido del tempo físico y verbal,
características que le sobraban, digamos a un Charles Caplin o a un Billy
Wilder, pero de las que carecía por completo Peckinpah. Las virtudes de Sam
Peckinpah eran otras, su humor era diferente, y es difícil pensar que de la
cabeza de un misántropo-paranoico-reaccionario pudiera salir una buena pieza
para reír. Cuando el realizador quiere ser simpático recurre a facilotas
tretas anquilosadas como el hacer correr a sus personajes en cámara rápida
en un efecto cómico que fue ampliamente explorado por Hal Roach en la
prehistoria del género.
Lo mejor de la película es ese gusto triste que permea toda la cinta,
la espera de un hombre estacionado en un puesto de servicio, su muy bien
masticada y digerida venganza en el estatismo, el reconocimiento de lo poco
que necesita un hombre para vivir, el sexo pagado como cimiento para un
asomo de amor-frazada, el contacto con dios a través de un ministro-fauno
lleno de lujuria, la sorpresiva llegada de la muerte recibida con sabiduría
y ligereza.
La paradoja es que esta película imperfecta, llena de baches y grandes
fallos es tal vez la obra más personal y perfecto acto testamentario de uno
de los realizadores más complejos en la historia del cine de los Estados
unidos.
Mario Alejandro Dávila Castañeda
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Stella Stevens
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